domingo, 23 de diciembre de 2012

No estamos solas.



Pues no creáis que sé yo muy bien cómo va esto de dar las gracias. Sé que tiene mucho de relaciones públicas y yo no soy buena en eso. Para esa tarea solemos utilizar a la Comendador o a la Jet que son monísimas, agradables y huelen bien, reparten besitos y abrazos y se hacen querer.
Cuando hay que ponerse serías pues tiramos de morenas y Alicia se planta una chaqueta de tweed con coderas y Karol unas gafas de pasta gordas y dicen palabras raras como «macrogenitosómico» y «sinalefa». Solo una morena puede decir «sinalefa» en público comiéndose un plátano y sobrevivir al experimento.

A Regina y a mí nos dejan para esas ocasiones en las que hay que desviar la atención del texto y fijarla en cosas como teta, muslo o culo. Es muy triste pero más lo es que nadie te haga caso y termines hablando con la máquina de tabaco.

Todas en conjunto, y alejadas de tópicos y gilipolleces, pues hacemos este blog de corte casi experimental. Nos quita tiempo y nos da algunos quebraderos de cabeza, pero tiene una contrapartida que no encontraríamos en esos ratos robado al sueño, a las compras, a las teleseries o a las clases pelvic floor endurance: La gente. 

En cifras nuestros tacones son bastantes bajos, pero en fidelidad y cariño son tan altos que se convierten en ese calzado que solo te lo puedes poner para la foto y para estar tumbada.
Tenemos nuestros incondicionales que no dejan una de nuestras chorradas sin comentar, también esos tímidos que nos leen y callan mientras le dan al Google+. Hay atrevidos que te abordan en privados y románticos que te mandan mails de más de seis líneas. Hay caballeros que te ceden su brazo, su pluma o su pincel sin pedir nada a cambio.

Y hay amigas, compañeras de la red y del oficio rastrero de escribir que tienen el detalle de acordarse de nosotras cuando comparten enlaces, fotos y organizan concursos en sus propios blogs.

Esto último nos ha pasado esta semana desde el de Elizabeth Da Silva  y antes desde  el de Érie Bernal y , joder, os aseguro que a esta rubia eso le ha llegado y yo no soy una fulana 
de lágrima fácil. Así que imaginad cómo están las otras nenas.

Hay frases que se te quedan y que te animan a ponerte a escribir cuando te duelen los pies, tienes dos lavadoras que tender, el niño no quiere dormirse, el móvil no para de sonar o el novio está tonto y te persigue semi erecto por toda la casa.

«Contra el fin del mundo, bienvenida la risoterapia :).Genial»

«Si este viernes no se acaba el mundo, creo que me convertiré a la religión del buferismo. » 

«Muy bueno, son la leche, vaya par, que risas, es buenísimooo jejejeje»

«Gracias, me has ayudado, de verdad.»

«Con vosotras se me hacen las semanas más cortas.»

«No siempre comento pero te sigo, me encantas.»


Por todo esto queremos daros las gracias, aprovechando este día en el que no os escribimos, este día que guardamos para nosotras y que estamos encantadas de regalaros.

Por leernos, por seguirnos, por comentarnos, por compartirnos, por acordaros de nosotras, por estar ahí: Gracias.

Ahora, que suene la música, que se bajen las luces, que se enciendan las velas. Los procesadores de texto nos retan con una hoja en blanco, la habitación esta vacía y los dedos no bailan sobre el teclado pero no importa, llegará; porque sabemos que no estamos solas.

Mil besos de parte de Regina Roman, Irene Comendador, Connie Jett, Karol Scandiu, Alicia Pérez Gil y de una servidora, So Blonde.

Eeeeeeeeh que el año no ha terminado todavía. Durante esta semana tenemos el «Especial Navidad». A tomar por culo la dieta, cogorzas justificadas, desfase horario, villancicos horteras y lencería roja en Con un par de Tacones.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Vaya par de Gemelas: De... ¡I´m a bad unicorn!




Vaya par de Gemelas: De... ¡I´m a bad unicorn!





    "Pues porque se supone que iba a acabar el mundo". Bueno, partiendo de esta frase que seguro habéis oído tantas veces que, cómo yo, habéis terminado hasta los mismísimos y deseando que de una vez se acabara con tal de dejar de oírlo, creo que dejo claro por dónde va el tema.
     No me voy a presentar ni chorradas de estas; no soy mal educado, qué conste, pero es que sobran las presentaciones a estas alturas, que tengo un resacón de la leche y no me apetece contaros mi vida, que aquí no estamos de primera cita y no tengo que impresionar a nadie, ya me queréis aunque no lo sepáis todavía, así que no tengo que hacerme el interesante.
     Por dónde iba… ah, sí, ¡que se acaba el mundo! Yo no sé vosotros, pero si yo fuera un Maya hace siglos y siglos amén, y se me ocurriera cómo joder incluso después de muerto, pero joder lo que se dice joder a lo gordo, pues haría exactamente eso: inventarme el fin del mundo, y como además tenía acceso y era el encargado de hacer el calendario (eso de delegar funciones tiene sus consecuencias), pues materiales sobre el cual y trabajar, y entonces, solo sería cuestión de sentarse, esperar, y dejar que los demás hicieran el trabajo sucio. Oyes, no estaría para verlo, pero el gusto de saber que iba a seguir jodiendo, tiene su punto.
     Imaginaros la de gente que realmente se creyó que el mundo se acababa. Ahora, imaginaros los que han pretendido que se lo creían con tal de hacer algo que tenían muchas ganas y así no sentirse culpable después, porque claro, "el mundo se acababa, pensé que no tendría otra oportunidad". Y por último, imaginaros a los que no se creían en absoluto, pero ya que estamos, pues ha hacer lo que nos de la santa gana, total, si eso luego decimos: “si es que pensé que se acababa el mundo”.
     Creo que en todo caso tengo que explicar porqué estoy yo aquí hablando en lugar de los pesados de siempre: se les fue la pinza. Así de claro y directo. Hey, cuidado, que no digo que me caigan mal, convivo con ellos a diario y sería de tontos atacar a quienes tienen acceso a tu comida y champú (que no quiero terminar rubio platino y perder el tono ese tan mono que tiene mi crin), pero un pelín atontados sí que son.
    Las gemelas. Hemos llegado dónde yo quería. La morena a estas alturas estará todavía metida en el baño ingeniándoselas para deshacerse de los dos maromos en coma sexual que tiene en su cama. Hija de Dios, es que eres tonta… ¡habértelos llevado a un hotel! Al menos así te escaqueabas por la mañana, ahora, además de tener que explicarles que no eres “así de liberal”, les vas a tener que dar de desayunar, y por el metro noventa que se gastan los chiquillos, creo que no tenemos cereales suficiente. Leche hay… y mejor me callo. ¿Y el tatuaje? Ah, es que no lo he dicho: se ha hecho un tatuaje. Tan mona ella con su melena morena, entra en la tienda más cara de tatuadores y pide que le tatúen un conejito a lo playboy en la ingle. Original mi chica, dónde va a parar. Leí una vez que dentro de treinta años, estaremos rodeados de abuelitas ex conejitos de playboy, a mí particularmente me da grima imaginarme el estado del conejo para entonces… he llamado un par de veces, está viva, tranquilos, me ha mandado a la mierda y tirado algo que podría tratarse del secador de pelo o la escobilla del váter contra la puerta, así que sé que respira. Y más la vale respirar, hondo y diez veces, la que le viene encima. Los tipos, por cierto, no son los típicos casa nueva, tienen pinta de chicos majos, de estos que se te enamoran con un polvo, así que supongo que además de mandarlos a la mierda con calma y purpurina, tendrá que cambiar de número de teléfono y de dirección, y no solo la de correo electrónico… Ala, he vuelto a asegurarme de que está viva (sí, era la escobilla lo que tiró, eso o le da asco el secador y lo metió en el inodoro), he inspeccionado a los sementales (me voy a ahorrar lo que vi por la noche, ¡deletar imagen, deletar!): duermen como dos angelitos, si roncan y ronronean y todo, cuando salga del baño le diré que si le da demasiada pena, les adoptamos de mascotas… Pero ella no es la única que ha decidido acogerse a la moda otoño invierno de este "fin de año" (y mira que ya llegó el invierno al Corte Inglés…), la gemela rubia decidió que se iba a desmelenarse también… Ai, creo que necesito una copa y no que se me pase la borrachera.
    Nuestra gemela rubia está ahora mismo en paradero desconocido (metida dentro del coche en el garaje comiendo gominolas de coca-cola y rezando para que el día se acabe pronto), y es que, y mira que es lista la cabrona la mayor parte del tiempo (cuando no se deja embaucar por esa neurona romántica empedernida que tiene en el lóbulo derecho, justo al lado de la que grita “wii” cada vez que ve Titanic), pero eso de ser mala y traviesa, está hecho solo para algunas, y desde luego que no para una muchacha que llora con los anuncios de compresas y los fondos de pantallas con imágenes de cachorritos. No se lo ocurrió otra que, ya que se acababa el mundo, ligarse al tipo que la tiene enamorada desde hace un par de años, obviando la norma general que la mayoría de mujeres tendría muy clara nada más verle, y es que el señor en cuestión es el típico chulo listo, de estos guaperas que llevan gafas porque les queda bien no porque las necesite, con su camisa a rayas desabrochada bajo un chaleco que le da un aire cool intelectual, que utiliza palabras rebuscadas, y guiña el ojo derecho cuando suelta alguna perla con triple sentido suspirador hacia las jovencitas, y, por si no ha quedado claro, es profesor universitario. ¡Claro que sí, rubia! Ahí, te has lucido. Le escribió una carta muy seria y llena de sinónimos turbadores y excitantes (luego hablaremos del que tuvo la brillante idea de ayudarla con la cartita de las narices), y claro, el tipo que se ha tirado a todas menos a la rubia que mantiene las distancias a toda costa, no se lo pensó ni medio segundo. No sería nada del otro mundo, anda que no hay polvos mágicos volando en el aire, if you know what I mean… el problema es que nuestra rubia seguro pensó que ya que estaba, por qué no sacar a relucir todo eso que lleva dentro, y no es que haya sido precisamente la mojigata que él se pensaba cuando estuvieron a solas en su casa tras un par de copas, y terminó el polvo literario del siglo, con un “te quiero, y ojalá no se acabara el mundo”. No sé si lo tenéis claro ya, pero a mí me da que filosofía, de dos una, o aprueba con sobresalientes, o tiene que cambiar de asignatura.
     Seguro os estaréis preguntándoos por qué no he contado todavía qué hice yo en el “último día del mundo”. He dejado clara la borrachera (detalles no, thanks), pero quiero que se sepa que no he bebido porqué se acababa la tierra bajo una lluvia de meteoritos fluorescentes dignos del mejor espectáculo de Lady Gaga.  Si no lo sabéis aún, y que quede claro, quiero con locura a las dos petardas estas que viven en mi casa desde hace unos meses, vale, “nuestra” casa. La jefa me las metió ahí y no me quedaba más que aceptarlo, al final las cogí cariño, es inevitable en mí (por todo eso de los colores y que soy tó raibow, ajam…) no puedo evitar el síndrome de mimosin que me invade cuando se trata de ellas, y había decidido que me dedicaría a impedir que la cagaran este día, pero desde hace un tiempo no somos solo tres en casa y eso cómo que pudo conmigo la noche pasada…
    Voy a resumirlo brevemente antes de seguir: esa casa es un puto caos. El casero es la jefa, así que ella decide a quién meter aquí. Yo fui el primero, eso me daría algo de preferencia, pero la señorita “S” (no diré su apellido para salvaguardar a los demás Scandiu del mundo), tiene un grave problema de “múltiples inquilinos” en la caja esa que ha construido. No sería nada grave, oyes, he convivido con un par de vampiros la mar de interesantes (se peleaban mucho pero eran buena gente), una chiquilla pelirroja de lo más dulce y maravillosa, y una infinidad de personajes que han estado de paso para uno que otro relato corto (los que aún no conocéis, no puedo hablar de ellos), pero entonces, llegó “Él”.
     El Observador es un tipo arrogante, prepotente, callado… de acuerdo, como que “S” no le dio voz, y eso tiene mucho que ver, pero, ¿sabéis de estas personas que no necesitan hablar para decirte las cosas? Le basta una mirada y o apartas la vista mientras sientes como se te ponen los pelos de punta, o sales corriendo. Con los pelos de punta. Lo peor de todo es que en nuestra casa hay particiones… ¿y adivina quién vive con él? Mientras que las gemelas van a su aire, entre libros, críticas, locuras y lo que les venga en gana, me toca desayunar con el amigo cada mañana. Y ahí tenéis porqué me he emborrachado. Tengo un defecto (de los pocos puesto que apenas los tengo, qué mono soy…), y es que, hagas lo que hagas, no apuestes conmigo. Me da igual: apuesto a que no le llamas capullo al de seguridad, apuesto a que no puedes comerte un kilo de helado, apuesto a que no sales a la calle con un triquini dorado, te apuesto que no llamas a este y le dices todo lo que sientes aunque que quedes en ridículo… no me importa, da igual de qué clase sea, yo siempre acepto la apuesta.
    Me imagino que estáis deseando que se acabe el mundo mientras que podáis terminar de leer todo eso, pero es que no podía dejar pasar la oportunidad de hoy. Las gemelas están temporalmente fuera de servicio (y no creo que vuelvan hasta pasado año nuevo), la “S” se descuidó y dejó abierta la página de blogger, y el capullo del Observador por fin se ha dormido y ha dejado de enseñarme palabrejas con el diccionario este o de corregirme cada vez que abro la boca, entonces pues, ¡ese es mi momento y reivindico!
Señorita “S”, estamos en estado de overbooking en estos instantes. Deja de meterme gente rara por casa, que cogen mis cosas, usan mi cepillo de dientes, quieren acariciarme el cuerno, ni que fuera tripa de embarazada, y si escucho una sola vez más lo de: “Aiii, qué mono eres, te podría achuchar”, me cargo al que lo diga. Si no sabes dónde meter los personajes estos que se te acoplan en la cabeza, construye otro castillo en el aire que este está lleno. Creo que tengo el derecho a elegir y pedir mis espacio, al fin y al cabo, yo estaba aquí y ahí en ti, antes mismo que cualquiera de ellos. A las chicas ya les cogí cariño, déjalas que no molestan, el tipo raro de la RAE… bueno, digamos que he perdido la apuesta y me tengo que callar, pero llega ya de tanto loco pululando por aquí.
    ¡I`m a bad unicorn! Así que ya estás controlando el paso en aduanas, o la semana que viene, vuelvo a publicar yo,  y no creo que os guste a ninguno (y mira que amenazar a la jefa tiene su peligro), pero yo, aviso… (Y no, no contaré de qué iba la apuesta…)


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Y no os perdáis el lunes, la rubia por excelencia, So Blond con una From my Blond Mind única, y si no, os comerá el "unicornio del saco", que es malo, ya he avisado... 

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viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Qué hacer antes de los 30? País Tropical...





―Te tocará declarar. Yago quiere verte… ―comentó Irene

―Yo no ―respondí por instinto, mientras un pinchazo de terror acusaba mi estomago.

―Lo sé, cariño, pero es necesario ―volvió a insistir intentando convencerme.

―Es lo mejor, siempre hay que colaborar con la ley… ―dijo So irónicamente.

El ruido de una llave que abre la puerta de la casa de Regi, nos desconcentra. Un manto de silencio nos envuelve y en ese instante se me erizaran hasta las pestañas.

―¡Chicas me voy! ―anuncia Karol con una maleta en la mano.

―¿Dónde? ―preguntó Regina sorprendida.

―Si tú odias los aviones ―afirmó Irene mientras le temblaba el labio inferior a punto de escaparle una lagrimilla.

―¿Llévame? ―Supliqué.

―Nos vamos Connie, tienes que salir de esta ciudad ―dijo la morena con la verdad en la voz.

―Por un momento pensé, que ya… que… ―continuaba Irene hablando mientras abrazaba a Karol.

―Me repito lo sé, pero es lo mejor chicas, tenéis ojeras de no haber dormido en años. Llegan las navidades, mmm… lo mejor es pirarse. ―dijo So acercándose al abrazo.

 ―¡Vamos a mi casa, vamos a por mis cosas! ¡Va – ca- cio –nes! ―grite encendiéndome un cigarrillo en el balcón, y aunque me daba un poco de pereza hacer algunas llamadas y organizar el tiempo, sabía que necesitaba desconectar.

―¡Rio! ¡Allá vamos! Brasil país tropical, na, na, nanana...

” A todos mis lectores, amigos y compañeros de viaje: Os deseo unas felices fiestas que disfruten de la compañía de gente que os haga feliz y que el 2013 os encuentre con energía para enfrentar la vida con AMOR. ¡Os quiero y gracias por todo!



 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Encuentro en tacones. El último encuentro (II)



 (PRIMERA PARTE AQUÍ)


Hola me llamo…no, mejor no diré mi nombre porque quiero que escuchéis la historia desde el principio sin que se sepa quién soy, aunque muchos de vosotros quizás adivinéis a la primera mi identidad.
Pues bien, empezaré diciendo que yo he vivido toda la vida sin muchos contratiempos, hasta que un buen día encontré a un grupo de chicas que me hicieron la existencia más entretenida, por así decirlo, aunque a veces me haya metido en problemas a causa de nuestras neuras o de lo locas que todas estábamos, nuestra relación siempre ha sido como tener otra familia aparte de la que dan los lazos sanguíneos.
Exacto, muchos ya lo habréis adivinado, más que nada por el lugar donde estáis leyendo esto,  me refiero a las comúnmente conocidas como taconeras, yo soy una de las integrantes de este grupo tan peculiar y maravilloso.  
Hace unos meses, todas pasamos por diversas fatalidades en nuestras vidas que, sumadas al saco que ya teníamos a nuestras espaldas, desencadenó una serie de acontecimientos que produjo la destrucción del mundo conforme lo conocemos. Supongo que al leer esto habréis pensado que estoy exagerando, que no puede ser para tanto lo que seis chicas monas y con tacones le pueden hacer al mundo en general, pero en este caso, se nos fue la mano y de lo lindo. 
Una de mis compañeras, cansada de ver tantas injusticias y aberraciones a su alrededor, nos reunió a todas en el salón de casa, nos contó que había encontrado una sustancia poco común y peligrosa en una de sus investigaciones literarias, según ella, solo estaba buscando nombres chulos como documentación para su nuevo libro, y que por accidente logró colarse en uno de los servidores secretos de la Nasa, no tengo ni idea de cómo cojones hizo aquello, pero creo que incluso ella misma estaba mucho más impresionada que nadie. 



Ella imaginó y nos hizo imaginar a todas un plan que terminaría con todo rastro de humanidad y que daría una segunda oportunidad al mundo y a los humanos que lo habitamos. Era un proyecto descabellado en el que había estado pensando durante mucho tiempo y que por lo visto, no podría llevar a cabo si no tenía nuestra aprobación y ayuda.
Algunas de las del grupo se mostraron reticentes con la idea, otras, como yo, le dimos el visto bueno en cuanto captamos lo maravilloso que sería poder curar la tierra en tan solo unos días, terminar con tantos males que el mismo hombre había sembrado sin compasión.
Al cabo de unas semanas, todas estuvimos de acuerdo y nos involucramos en cuerpo y alma a la tarea de subsanar las heridas terráqueas.
Lo primero que había que hacer era ponerse en contacto con diversas personas que creían en el fin del mundo o que en su defecto, estaban conformes con el nuevo diluvio universal, donde todo quedaría arrasado y sobrevivirían los más fuertes para un nuevo comienzo. No fue fácil, pero entre las seis conseguimos el grupo perfecto para llevar a cabo el plan, escogiendo a diversas personas de todo el mundo, que tuvieran el suficiente poder para reclutar a su vez a más adeptos y así conseguir nuestro propósito. No quiero decir nombres, pero algunos de los sujetos se trataban de actores famosos de Hollywood, científicos de la India o eminencias de Japón, ellos fueron carne de cañón para nuestra red de conspiración.
Incluso, un chaval muy majo y agradable que vivía cerca de nuestro piso, se entregó como conejillo de indias para hacer experimentos con su cuerpo, probando ese brebaje de aspecto sospechoso y así poder comprobar si verdaderamente cumplía con nuestras expectativas.
El experimento fue todo un éxito, el chaval en tan solo tres días perdió la memoria por completo, hasta el punto de no saber pronunciar si una sola palabra. Lo metimos en un centro de salud para que estuviera atendido hasta el día del juicio final, en el que no importaría nada, puesto que perdería la memoria y sus recuerdos nuevos en cuestión de segundos. Quiero deciros que el chaval en cuestión se llamaba Pancracio, un nombre que además, agradecerá haber olvidado.  
El día en el que todo se fue a la mierda empezó muy movidito, problemas con la batería de la furgoneta que habíamos escogido para el transporte del tablero de corcho con el mapa mundial, y los bidones de líquido oscuro; luego a una de las chicas le empezó a doler el estómago y tuvimos que retrasar un poco el numerito, no queríamos que todo se fuese a la mierda por una minucia de aquel tipo.
Una vez estuvimos todas de acuerdo y comprobamos que todos nuestros vasallos extranjeros habían cumplido con su tarea, decidimos hacer lo mismo a nuestros cuerpos ingiriendo el veneno y causándonos la amnesia prometida.
Hasta ahí todo bien, hasta ahí todo maravilloso, el problema vino cuando yo, una de las taconeras, empecé a sentirme mal, tosiendo y mareándome con aquella sustancia del demonio, intenté no vomitar pero me fue imposible, el resto de mis amigas estaban tiradas en el suelo inconscientes, sin memoria. 

Las metí a todas en la furgoneta y las llevé a casa, las dejé a cada una en sus camas y cerré la puerta de la calle, sabía que en cuanto nuestras familias recibieran las cartas de despedida irían a buscarnos, por lo que tenía que buscar un plan alternativo, escondiéndonos en cualquier otro sitio para no ser localizadas, hasta que el resto del mundo cayera en la más profunda oscuridad, volviendo a la edad media, y recuperando la tierra por completo, desde el principio.
Pasé una semana encerrada en un piso, con mis amigas en la puerta de al lado, intentando no coincidir con ellas, no quería que me vieran hablar o reconocer sus caras, ya que ellas no tenían ni idea de dónde se encontraban y mucho menos quiénes eran.
Una vez me cercioré de que toda la gente a mi alrededor estaba en las mismas condiciones, tomé la decisión, me bebería de nuevo el brebaje y empezaría con la nueva vida que habíamos creado.
Ahí fue cuando lo supe, cuando caí en la cuenta de que si un poco, una mínima molécula de aquella sustancia había contaminado el cuerpo de una persona, ésta caía en el olvido al poco tiempo. Entonces, ¿por qué yo después de haber bebido un vaso entero, no había olvidado ni la hora que era? Incluso habiendo vomitado aquella mierda, mi cuerpo estaba infectado, el gas tóxico que se desprendió en el ambiente a las setenta y dos horas de nuestra reunión también me había llegado, era imposible que los efectos no me hicieran daño si había estado expuesta como el resto de la raza humana.
Yo, soy inmune.
Y ahí está el problema. Vivo en un mundo que no recuerda, donde las personas ancianas no tienen fuerzas para buscarse la vida solas y terminan muriendo, los niños si no han tenido la suerte de encontrar algún adulto cerca terminan muriendo por inanición, los enfermos tras varios días sin su medicación ya no aguantan y su sistema se paraliza o agonizan hasta su día final. No funciona nada, ni luz, ni radio, televisión, no hablemos ya de Internet o los teléfonos móviles. No hay nadie que recuerde sus trabajos o los conocimientos adquiridos para desempeñar las tareas más sencillas. No hay nadie inteligente, solo bebés con cuerpos adultos paseando y buscándose la vida para sobrevivir, para conseguir alimentos o lo que ellos creen que son alimentos, muchas personas han fallecido por ingerir productos de limpieza y otros venenos, confundiéndolos con cartones de leche que el día anterior les quitaron el hambre. No hay familias, no hay lazos que unan a las personas más allá de la compañía que se puedan hacer al encontrarse cerca tras despertar a esta pesadilla.
Las taconeras, bajo todo pronostico, siguen juntas, son cinco chicas que se cuidan en la medida de lo posible, incluso ya han empezado a utilizar una especie de sonidos en forma de idioma para comunicarse, todo el mundo está haciendo algo similar.
En las cárceles, los presos están muriendo poco a poco por falta de comida, nadie va ha atenderlos, pero igualmente pasa en psiquiátricos, hospitales, asilos y demás sitios donde la gente no puede moverse a placer para sobrevivir.
Poco a poco van muriendo las personas débiles y solo los fuertes parecen despuntar, se ha creado una anarquía que da miedo, y salir a la calle por la noche es sumamente peligroso, por la falta de luz artificial y los ladrones de alimentos y otras cosas menos vitales.
La gente se protege con todo lo que encuentra. El mundo es un caos en el que no quiero vivir, y me da miedo seguir como hasta ahora.
Cada día que pasa estoy más desesperada, puesto que si llegara a encontrar la manera de infectarme, no sé si mis compañeras me acogerían en la familia que han formado, incluso dudo de que yo misma las encontrara para que me aceptaran en el grupo, una vez perdida toda la información que ahora poseo en la cabeza. Información por otra parte que no me sirve de nada, puesto que con mi lengua no puedo comunicarme, así que intento no hablar en voz alta y eso me está volviendo loca de remate.  

Esto que os escribo no lo leerá nadie, ya nadie sabe leer, nadie lo comprenderá, ni siquiera sé qué tipo de dialecto se utilizará con el tiempo.
Pero lo que si sé, es que tengo que escapar de este infierno lo antes posible y esta tarde he decidido que me quitaré la vida para siempre, iré a ver a Pancracio (o el chico sin nombre que sea ahora) para saber qué es de su nueva vida; quiero comprobar que tras ser nuestra rata de laboratorio ha tenido una nueva oportunidad como todos los demás.
Al entrar en el centro de salud donde lo ingresamos, hace ya unos meses, oigo gritos ensordecedores y me quedo paralizada, no sé qué está sucediendo, pero no quiero meterme en una pelea por un par de sándwich de alguna máquina expendedora o un refresco que varios tipos se estén disputando. Me escondo dentro de un armario y espero que todo pase.
¡No puede ser! Consigo escuchar parte de los gritos y encuentro en ellos palabras conocidas, frases a medio hacer que me dejan helada.
Corro como loca por los pasillos, y allí, en el centro de una sala iluminada con velas, veo a Pancracio dando una especie de clase frente a varios individuos que lo miran con asombro.
El chico no habla correctamente, pero si sabe expresarse en nuestro idioma, intenta enseñar cómo se utiliza un abrelatas, usando como ejemplo un bote enorme de melocotones en almíbar. Entró en la sala y lo miro directamente a los ojos, él me mira a mí y me indica con la mano y una sonrisa radiante, que me siente en una de las sillas al fondo del aula.
— ¿Dónde has aprendido a hablar? — Digo en voz alta y con cierta incredulidad en el tono.
El chico tras quedarse atónito con mi pregunta, se acerca rápidamente y me agarra de los brazos con fuerza.
— Tú sabes palabra. Cómo haces— me pregunta alterado.
— Yo he preguntado primero, ¿quién te ha enseñado a hablar y qué se supone que estás haciendo con esta gente? — Le vuelvo a preguntar.
— Meses hace estaba así— dijo señalando a los asistentes— ellos enseñaron poco que sé. Luego pasó ellos, yo enseño ahora. Me llamo John Doe. Ayúdanos. 





Y como cada viernes, mañana nos sorprende nuestra taconera más radiante, Connie Jett con esa historia que nos tiene a tod@s enganchados, ¿qué hacer antes de los 30? Ella seguro que os resuelve todas las dudas....

martes, 18 de diciembre de 2012

Se derriten en tu boca, no en tu mano


Venía hace un momento en el autobús sin saber con qué masa cocinaría hoy las galletas. Por lo general mi problema es el contrario: mucha idea suelta y el deber de renunciar a una u otra cosa para centrar el tema. En fin. En un momento de desesperación una chispa pequeña pero brillante ha saltado de mi maltratado cerebro y ha dicho: “¡La tienda de los emanems!” (Sí, se escribe M&Ms, pero se lee emanems); a lo que Emilio, que viajaba a mi lado ha contestado: “Estamos de saldo ¿eh?”

Demos todos las gracias a Emilio que me ha dado todo un hilo argumental de la suerte. GRACIAS, EMILIO.

Ahora volvamos un momentito a Londres: ya sabéis, ese fin de semana de hace ya tres que pasé caminando 5 horas al día por la capital inglesa.

A lo largo de mi vida mi relación con aquellas piedras ha pasado de ser puramente doméstica (vivía allí), a una idealización patológica, a un periodo de mi vida del que alardear, a un pozo de buenos recuerdos, a un pozo de recuerdos malos, al lugar en el que han sucumbido varios hombres en mi vida, a… qué sé yo. Cada uno tiene sus mitos, sus leyendas. Londres era una de las mías.

Ahora solo es una ciudad, así que pasé los cuatro días –fin de semana largo, cierto. No me odiéis mucho por ello.- caminando quince horas a temperaturas cercanas al punto de congelación para ver lo que ya había visto docenas de veces. Quizá con otros ojos, quizá con otra perspectiva. Una no envejece en vano.

Lo malo de algunas ciudades es que además de cargar con lo que significaron para mí, que ya es carga para una buena recua de mulas, cargan con lo que dice la prensa sobre ellas: París, Milán, Londres, Nueva York. Si a alguien no se le ha ocurrido inmediatamente el nombre de alguna revista de moda o, en su defecto, la palabra pasarela, que me pida en matrimonio. Posiblemente le diga que no, pero ya sabéis por dónde va la cosa.

Londres, el glamour, la sofisticación, la bendita puntualidad británica, la elegancia, el tweed, el te de las cinco, los pastelillos. No se puede visitar la ciudad del Big Ben sin pasear por sus mercadillos, sin admirar su arquitectura de Mary Poppins, sus parques de hectáreas interminables, su acervo cultural.

¡Qué cansado es eso! No voy a negar que además de cansado sea en parte cierto, pero supone un corsé tan apretado que no se puede ni respirar. No se debe hacer eso con una ciudad. Cuando visité Santorini el verano pasado ya me pareció obsceno que el camino de los turistas estuviese trazado como con tiralíneas, así que saqué fotos a jardines abandonados, casa derruídas y otros despojos que se supone que no existen.

Las ciudades son como las personas, tienen sus dobleces, sus callejones oscuros, sus barrios poco recomendables, sus momentos de depresión, sus complejos y sus debilidades, sus incoherencias (como ese pene gigantesco que se ve desde todas partes o la torre OXO y la chimenea de la Tate Modern).

Acercarse a Londres y limitarse a buscar tiendas de lujo, además de estar al alcance de muy pocos, es como quedar con una amiga y hablar únicamente de filosofía presocrática. Te pierdes el cotilleo, las risas, las lágrimas y lo que hace humana a esa amiga, lo que hace que esté viva esa ciudad. Y aunque todas queremos ser las chicas de la foto inicial, con esos cuerpos y esa ropa interior para que nos la arranquen de un mordisco en la cama king size de un hotel de muchas estrellas, tenemos derecho y debemos reivindicar la posibilidad de ser horteras, superficiales, coloristas y un poco tontas.

Y como estoy en plan predicar con el ejemplo, os dejo unas instantáneas de mí misma en el lugar más lleno de plástico y con menos interés cultural que encontré y que os recomiendo encarecidamente visitar. Es también uno de los más divertidos que conozco.



Hay que divertirse. Hay que reírse, hay que dejar de tomarse en serio. Hace años que me dijeron esto y no lo entendí. Con toda probabilidad porque quien me lo dijo no lo hacía ni con buena intención ni el sentido adecuado. Sin embargo hoy sé que es un hecho. Algunas rubias lo llaman buferismo. Yo digo que si no le quitas peso a todo lo que te pasa, al final en vez de caminar vas haciendo surcos con los pies, como si fueras de plomo.


Hagamos el tonto, hagamos el ridículo. Riámonos de nosotros mismos y así, entre otras cosas mucho más terapéuticas, iremos un paso por delante de quienes quieran reírse de nosotros. Además estaremos más guapos, pareceremos más agradables y, cuando soltemos el monólogo de Hamlet en inglés de la época sin dudar, es posible que alguien se quede a escucharnos. Al fin y al cabo no es lo mismo un plasta ocasional que uno profesional.







Y mañana con todos ustedes la adusta, la académica, la seriota...