He llegado a casa de madrugada en un taxi, parece que fue
ayer que cogía el mismo medio de transporte y abandonaba la ciudad (y a Jóse)
escapando a Bucarest, aún compungida me toca levantarme dentro de cuatro horas
y enderezar mi cuerpo para asistir a una jornada de trabajo frente al
ordenador.
¡Uff!
Miro el móvil con su energía a tope, y sus quichicientos mensajitos y llamadas. Deslizo mi dedo por las actualizaciones y las borro todas. Ya volverán a llamarme.
Mis ánimos están por los suelos, trabajo a modo zombie, y me emociono con un rico café.
Pienso, con qué poco puedo ser feliz, un café con espuma
de leche y tres cucharadas soperas de azúcar.
Por fin, mi día ha terminado. Vuelvo a ponerme los zapatos, ya que suelo quitármelos disimuladamente por debajo del escritorio y cojo mi bolso.
Salgo a la acera, el otoño me recibe con lluvia y mi pelo parece un erizo enfadado. De repente entreveo a una rubia en un mini rojo, que no deja de dar la lata con la bocina.
En la puerta de mi trabajo se giran todos a mirar a esa mujer, que baja a grito pelado, apretada en un vestidito negro, pelo mojado hacia atrás y tacones, aullando:
―¿Dónde coño has estado? ¡Sube ya al coche!
¡Ups! Reconozco a Irene, que está formando una doble cola en la avenida y haciendo que se gire media ciudad formando un atasco.
Corro inmediatamente y me subo a su impecable joyita de asientos en piel blanca. No nos damos si quiera un beso o un abrazo, ella está enfurecida.
―Mujer, esto ya es el colmo, no y no. No entendemos nada, primero súper borracha y tenemos que ir las cinco al rescate, y luego desapareces tres día y no te dignas a coger el teléfono o avisar. ¡Qué no somos tus padres!, coño, somos tus amigas. ¡Qué lo estas haciendo todo mal! ¡Todo fatal! Estamos cabreadas, todas, dime algo, contesta…
―Tienes razón… ―me animo a soltar.
―No me vengas con qué tienes razón, esto no es normal, ¿has hablado con alguien? Hace días que no hablas con ninguna de nosotras. No me digas que has estado con el gilipollas de tu ex, ¡no me lo digas!, porque te bajo ahora mismo, vamos que abro la puerta con el coche en marcha y te empujo.
Irene estaba muy enfada, conducía rapidísimo y noté como se saltaba algún semáforo. Mientras me caían algunas lágrimas por la mejilla, pensaba, -¿Dónde me estará llevando tan de prisa?-. De repente tuve un dejavù y recordé a Regina llevándome unos cuántos decibeles más calmada, a tirarme de un puente.
―Irene, no he hablado con nadie, no sé lo que me pasa, una mala racha, me imagino. Te acuerdas que la última vez estaba cenando con Jóse, pues me llamó él y se me vino el mundo encima… ―le conté tímidamente siendo la primera vez que lo verbalizaba.
―¡Ese cabrón! No te dejará en paz. ―Sentenció indignada
―No, no. No hablé con él. Pero no sé, tuve que irme del restaurante… ―contesté sintiendo una lástima por Jóse. ¿Quién coño me creo que soy? ¿Qué mala persona soy? Pobre mi chico con lo bueno qué es. Sentí unas desmedidas ganas por llamarle.
―¿Has dejado a Jóse ahí? ¿Solo? ¡Estás loca!, ¿lo quieres o no? ¿qué te pasa?¿qué coño pasa? ―preguntó Irene a los gritos.
Cómo no obtuve respuesta, ya que Irene seguía conduciendo como una loca escribiendo con la otra mano un mensaje en su móvil.
Le confesé: ―Quiero empezar algo con Jóse, algo serio, ya no sé si él querrá porque claro, siempre le salgo con alguna locura, pero me di cuenta que me gusta, que me encanta y me he equivocado.
―Ese chico no querrá verte, hazte una idea.
―No me digas eso, ―contesté sintiendo una nueva marea de lágrimas recorriendo mi rostro.
―Sí que te lo digo, niña, alguien te tiene que abrir los ojos ―dijo Irene y se dio cuenta que se estaba pasando―. Vale cariño, ya hablaremos más tranquila, coge el volante que tengo que responder esta llamada.
―Irene, ¡¿Qué dices?! No sé conducir, lo sabes…
―Sólo tienes que mantener el coche recto ―contestó sin percatarse en nada, ni de mis lágrimas, ni del peligro, ni nada. Estaba irreconocible, con lo dulce que es ella conmigo.
Irene coge la llamada y se pone a más furiosa que antes; ―¡Lo sabía, lo sabía, es qué son lo peor! ―dice, y en cuestión de segundos, me quita la mano del volante se apodera de él con fuerza y girando bruscamente a tal velocidad, no le da tiempo a detenerse. Mientras las dos gritamos sabiendo que íbamos a llevarnos por delante a esa persona en bicicleta. Vuelvo a coger el volante y trato de girar el coche lo máximo posible.
¡Puffffff! ¡Ahhhhhhhhhhhhh!
Nos hemos llevado por delante a un chico, que ha volado por encima del capot y ha aterrizado a unos… ¡Ahhhhhhhhh! no sé cuantos metros más lejos.
¡Estamos en shock!
―¿Tú estas bien? ―Nos preguntamos casi a unísono y bajamos desesperadas del coche.
Mientras Irene llama a una ambulancia, me acerco al chico
y veo que respira. Me siento aliviada.
Hay mucha sangre. Le tranquilizo y le digo que hemos llamado al 112.
―Yago ―responde y cierra los ojos.
―¡Yago! ¡Yago! ―comienzo a gritarle presa del pánico, mientras la gente hace un corro alrededor del accidentado.
Irene tiene una cara de estupefacción indescriptible,
―¡Mierda!
Sí que ha sido un día difícil ―me
dice. Mientras me abraza y susurra: ―Lo
siento si me he descargado contigo, te quiero princesa.
―Y yo. Quédate aquí por lo del coche, que yo acompaño al chico al hospital.
Me subo a la ambulancia y cojo la mano de Yago, pienso en
mis problemas y los veo chiquitines, tontos, sin importancia… Cuándo la vida
depende de un segundo que diferente se ve todo.
―Yago, no me dejes, yo estoy contigo ―le digo al desconocido, mientras acaricio su mano.
Continuará…
No os perdáis mañana
a Karol Scandiu con sus gemelas y más sorpresas…





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