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viernes, 20 de diciembre de 2013

From my blonde mind: El gato que jodió la Navidad.



Este año la navidad no me hace ilusión.

 Por lo general me gustan estas fechas aunque luego me decepcione el resultado que nunca es igual que en las series de la tele. 
Pero este año ando demasiado ocupada, liada y dispersa. Además tengo frío todo el rato excepto cuando voy a tomar café a un bar con terraza que tiene las estufas esas chulas de butano (que me dejan churruscada la cepa de la oreja). 
He pasado de decorar la casa, entre otras cosas porque la puta gata no deja títere con cabeza y sus gustos son cambiantes, volátiles y sin concierto. Es una diva.
 Una de las preocupaciones de mi maternidad gatuna se concentra en un interrogante así largo ¿Cómo es posible que un animal de menos de tres kilos y que come unos doscientos gramos de Wiskas, sea capaz de generar a diario un kilo de mierda?
 Las leyes de la física y la materia no tienen jurisdicción en los intestinos de un felino.

 No tengo yo cuerpo de fiestas ni de origen pagano reconvertido ni que sigan la tradición judeocristiana ni meramente comerciales. 

Sé que los Reyes no me van a traer nada porque he sido una nena mala, pero me tendré que buscar yo las alegrías para el cuerpo que de lo contrario mal vamos. 

Este año ha sido raro para mí, mucho trabajo y poco brillo pero me he entretenido un montón. Tengo libro en el mercado a pesar de las distribuidoras, he conocido gente interesante y he estrechado lazos con algunos a los que llamo amigos. 

La vida ha seguido a lo suyo mientras yo intentaba surfearla y hacía planes que se evaporaban antes de terminar la semana, supongo que esto es normal, lo que tiene que ser, lo decente, pero se me ha escapado algo del 2013 y no sé qué es.


 La existencia me hace poner cara de lela. Creo que no soy la única a quien le pasa, por ejemplo están los del Ragnarok que han visto que era otra filfa. El otro día me fui a una cosa de raikis y rikis o lo que sea. Era una tema de abrirte el chacra y no sé qué guarrería del tercer ojo.

El caso es que saqué en claro que todo es “energía” (así en general y a granel) y que se trasmite por vibraciones. Estas vibraciones nos conectan unos a otros y se puede utilizar la “energía” a favor de uno mismo. Aquí entra de nuevo el papel de la gata pues, según el ponente, los gatos ven los flujos de esa “energía” y por eso se colocan siempre en los mismos lugares de la casa, para aprovechar estas fuentes de poder.

 Esto me ha llevado a la conclusión de que mi pijama es un vórtice de potencial cósmico e ilimitado además de portátil, da igual dónde lo deje que la gata se pone encima a mullirlo y a ronronear. Luego no me lo quiere devolver y ante la recuperación de lo que es mío por derecho de conquista y tarjeta de crédito ella, en represalia, va y se caga. 

El universo es un lugar extraño.

 Lo de las energías vibracionales y conectadas os lo quería comentar porque este ha sido un año raro para muchos, un año jodido de no querer abrir el periódico ni ver la tele porque se te ponía una mala hostia que pá qué. Creo que estamos todos crispados, desmotivados, desenergicados y esto se nota en las vibraciones. Me temo, nenes y nenas, que vamos a tener nosotros mismos, cada uno en su parcela de actuación los que tengamos que cambiar esta situación.
 No nos cabe otra, al final es el soldado de infantería que acaba librando las guerras por mucho satélite de combate que ronde por ahí arriba. Yo voy a pedirle al año nuevo un poco más de salud que en el anterior, paciencia contra la frustración y el deseo egoísta de ver algo de esa yerba verde del otro lado de la colina.


No obstante y a otro nivel, creo, opino, pienso que a veces la vida nos pone en situaciones difíciles quizás para templarnos el ánimo, tal vez para enseñarnos a separar el grano de la paja o tan solo porque las crisis no son solo algo doloroso y negativo sino también en algunas ocasiones la antesala de un cambio positivo y un avance imposible de alcanzar sin un cierto esfuerzo y sufrimiento. 

Ya se sabe que ninguna guerra es ni bonita ni limpia, pero a veces si es necesaria en aras de conseguir un objetivo superior.

En todo caso, lo que deseo transmitir es un mensaje optimista y luminoso en medio de las tinieblas del caos y la incertidumbre que  parecen ser una epidemia generalizada en estos tiempos de dios.
Las navidades representan para mí un punto de inflexión, ya lo saben todos aquellos que me conocen y me han leído.

 Es un momento de recopilación y balance de todo lo sucedido en el año, y si me apuras aún más del resultado general de la vida hasta el momento actual,  pues, llegados a este punto y con todo, si se mira en conjunto, creo que en realidad no está tan mal. ¿Mejorable? Sin duda, ¿empeorable? Por supuesto. 

Otorguémosle por ahora el beneficio de la duda. Dejemos de pensar tanto, de esperar y desear, y comencemos tan solo a actuar de la mejor forma que sepamos o podamos, y tratemos de disfrutar de lo que venga. Recordad que a toda noche le sigue un día y a toda calma, una tormenta.


Os deseo, nenes y nenes, que paséis unas buenas navidades en compañía de los vuestros, que hagáis una tregua en vuestras disputas, pesares e inquietudes, y que este año nuevo reparta nuevas oportunidades, satisfacciones y deseos así a lo grande, a toco mocho, sin moderación ni mesura. .

Muchos besos. (Y de la gata también, ella está de acuerdo en casi todo lo anterior).





martes, 29 de octubre de 2013

From my blonde mind: La Única Alternativa.

He descubierto algo; me gusta jugar a cosas de nenes. Y lo que es más, a ellos, en general, eso no parece que les moleste demasiado. A algunos puede sorprenderlos, otros lo aceptan como algo natural y, los menos, se sienten un poco incómodos pero aún queda tiempo para que puedan cambiar de opinión.

Hace no mucho, unos nenes me dejaron  que tocará su cajón de los juguetes. «No deben estar están muy cuerdos pensé», no, no lo están pero en eso reside su encanto. Yo creo que se divierten diciendo: «Deja que conduzca la rubia a ver qué pasa».

El caso es que, mientras trasteaba por aquí y por allá, me encontré con una carpeta en un servidor, y en ella había una idea. Era una idea buena, una idea que se había quedado en el cascarón en espera de que alguien se acordase de ella. La idea y yo nos miramos, ella pedía a gañidos raros una oportunidad y a mí me quedaban libres un par de horas al día que estaba desperdiciando en eso de dormir.

La idea me dio pena al principio, ahí toda canija y con las escamas pegadas a la cabeza gorda y despeinada, pero me hizo recordar otros tiempos. Me vi trasportada a un pasado de fotocopias en blanco y negro,  maquetación de tijeras y pegamento de barra, dibujos escaneados y tardes enteras de grapar hojas.
La nostalgia es un arma poderosa, solo hay que ver todos los revivals de series de dibujos de los 80 que aparecen ahora, y eso terminó por convencerme.

Cogí  la idea entre las manos y ella dijo: «Griki» emocionada (también aprovechó y se cagó, algo que suele pasar) y yo, que poseo un corazón frágil y tierno de mujer, dije:
―Te llamaré LÚA

Y Lúa abrió un pico muy grande porque tenía hambre.

Las ideas necesitan alimento para crecer y desarrollarse, y piden carne humana que cubra de músculo sus alas membranosas para así cobrar fuerzas que la permitan  al fin alzar el tan ansiado vuelo que las colocará en el aire como leviatanes que dominen el cielo.
«¿Quién me ayudaría a criar a Lúa?» Me pregunté

 Elegí la la banda sonora de Misión Imposible para que me indujese al trance  (es la música más mejor para mirar fichas) y tiré de mi base de datos.

Necesitaba espadas templadas en el fragor de la batalla, a mercenarios de probado valor, a soldados fieles que no conociesen el miedo, hoplitas capaces de solapar su escudo junto al mío y hacer temblar el corazón de la adversidad.

Misión Imposible se terminó y la nostalgia, que es muy cabrona, provocó que me decantará por el opening de Dragones y Mazmorras: yo el bárbaro, tú el arquero, acróbata, magos y  el caballero.
Invoqué los nombres desde mi galería de sombras y me llena de orgullo decir que casi ninguno de los  solicitados se negó a cruzar el Rubicón a mi lado. Algunos vinieron acompañados de colaboradores de otras aventuras, otros me sorprendieron al cederme su filo de manera incondicional.  Pero del apoyo de mis leales de siempre nunca había dudado. La tinta puede llegar a unir tanto como la sangre.

Ya tenía mi equipo, ahora íbamos a hacer LÚA, una publicación de periodicidad bimestral enfocada al ocio y la cultura alternativa. Hablaremos de cómic, de cine, de literatura, de videojuegos. Iremos a parajes remotos para buscar referentes poco explotados de los mismos, nos adentraremos en talleres artesano que subsisten hoy en día y trataremos sobre todo lo que os gusta y nos interesa.
Caminamos hacia un mundo fantástico pero llenos de seres extraños, como toda revista en soporte físico nuestros dos principales enemigos son la publicidad y la distribución. La Asociación de Vendedores de Prensa de Madrid nos ha prestado el grimorio de sus consejos y apoyo para hacer frente a estos dos titanes, pero no nos vendrán mal vituallas en nuestra odisea, así que si queréis ser sponsor de LÚA o punto de venta asociado, enviadnos un cuervo sin dudarlo.
―Es una misión suicida ―se escucha al paso de nuestro variopinto grupo por aldeas, poblados y puestos avanzados― ¡una revista en papel en el tiempo del pixel, del blog, de Amazon y con la que está cayendo! ¡Necios que desafían a los dioses!
  Necios, puede, y también es posible que no todos lleguemos al monte del Destino, puede que nos sumerjamos de cabeza en las Termópilas, o  que Skynet consiga infiltrase en la resistencia, quizás este sea nuestro Álamo, pero contemplo el panorama de mi alrededor y creo, sé, que somos La Única Alternativa.

Miro a quienes me acompañan y les muestro mi máscara de batalla para que no vean el miedo en mi cara.
Una voz tocada por el humo me hace recordar:
―Ya te lo he dicho otras veces, So; si un equipo de trabajo no funciona, el culpable es quien lo ha montado.
―Lo sé, nene.
― ¿Cómo va el tuyo?
―Como un puto tiro.
―Entonces el mérito es suyo.

Danzo en la oscuridad para  allanar el camino.
Algo entre mis dedos  aletea. Siento su calor y alzo los brazos. Alas de cuero cortan el aire.



LÚA comienza su vuelo en diciembre del 2013.
Cualquier ayuda será una estrella que ayude en su viaje.
Podéis mandar vuestros mail, preguntas, dudas o ideas a info@bylua.com



jueves, 1 de agosto de 2013

From my blonde mind: No Eres Bienvenido, es decir, sí, pero es que se llama así, hostia.


Creo que todo escritor tiene un género. Es la ropa con la que una se siente cómoda y la que más utiliza. También refuerza tus puntos fuertes y disimula los débiles si tienes la inteligencia suficiente como para pasar de tendencias o el valor o los recursos, claro, ir a la contra, a veces, es complicado.
 Sin símiles de moda de por medio, también creo que un escritor de verdad debe ser un todoterreno. Si sabes trabajar la madera lo mismo te da hacer una silla que una mesa, lo mismo tú quieres hacer una mierda de mueble descalzador de esos que no valen para nada, pero si eso no le interesa a nadie se quedará en tu hobby o tu frikada.
 Escribir es un oficio, aunque alguien que me conoce bien dice que es una vocación y que las vocaciones son fastidiadas, igual que los principios, las creencias y las ideologías.
 Me sorprendió que Athman M. Charles me invitara a participar en la antología No eres bienvenido, no porque yo no me considerara a la altura, sino porque el proyecto desde el principio estaba dirigido a la temática de terror. Había bastantes nombres allí de los que se pueden decir especializados en ese campo; Raelana Dsagan, Santiago Pérez, Uriska Serrano o Francis Cuevas.
Yo lo de los géneros y subgéneros lo entiendo poco, por eso se me mezclan las características definitorias de varios de ellos en mis escritos (esto quiere decir que se me pira el higo de la higuera, creo) pero si no estuviera segura de poder crear un nudo, argumento y desenlace dentro de una atmósfera determinada y un escenario concreto, pues lo mismo no me habría dado por pelearme con las letras y me dedicaría en exclusiva a mi otra gran pasión: la cata sistemática y compulsiva de postres trufa.
No es la primera vez que las circunstancias me obligan a salir de mi prosa de rubia y adentrarme en terreno inexplorado, pero esto siempre acojona un poquito. También estaba el tema de que en toda antología surgen comparaciones entre los relatos y autores incluidos en ella y, joder, en esta hay gente que sabe lo que se hace, como Miguel Aguerralde, Alberto Guerrero, A. M. Caliani, Daniel P. Espinosa, David Pardo, Macu Marrero, o Alicia Pérez. Luego existía un problema gordo intrínseco mío; el cuento debía ambientarse en un pueblo americano, a poder ser, contemporáneo. Ju, para mí el Mundo y la Historia se terminan en el Mare Nostrum cuando Roma era invicta y se desayunaban el garum igual que ahora nosotros la nocilla. Todo lo de después son spin offs.
 Me tocaba caminar con zapatillas deportivas cuando yo soy de tacones. Pero, en fin, esto es un oficio, ¿no? Y hay herramientas que te pueden ayudar a hacer el trabajo. Solo las nenas bien pueden permitirse el dudar, así que, ¿quién dijo miedo?

Pues lo ha dicho La Pastilla Roja, una editorial pequeñita y valiente que os ofrece esta recopilación de terror, coordinada de manera admirable por David Rozas y con prólogo de Raúl Ansola. Trece visiones de lugares en los que no querrías encontrarte, trece ideas sobre el concepto de «pueblo maldito» en el formato de fácil lectura del relato. Con un muy buen nivel de argumentos y calidad técnica. Vestida a todo lujo por ilustrador Néstor Allende.

Creo que os van a gustar; espero no decepcionar. Un placer para mí haber participado y un honor poder firmar al lado de los otros nenes y nenas. Ahora, como siempre pasa con esto de los libros, la última palabra la tenéis los lectores. Disfrutadlos… o no o… bueno, lo qué coño se diga en esto de los miedos.


No Eres Bienvenido

364 páginas | Rústica. Ed. La Pastilla Roja | 0.30 kg 
14.50 € 13.77 € en   http://tienda.cyberdark.net/
 

Me ha dicho Connie Jett que la siguiente en publicar es ella, que tiene pocas vacaciones la pobre y anda muy liada entre la playa, la piscina y la discoteca. ¡Aiiiiiing, criatura!


martes, 9 de julio de 2013

From my blonde mind: La delgada línea roja.


Vivir es algo que hace cualquiera. La prueba de ello es que el mundo está lleno de seres vivos (como el nabo)  y la historia plagada de testimonios que dan fe de que esto no es una novedad. Sin embargo, la diferencia entre solo respirar y seguir adelante o ir un paso más allá al tratar de que nuestra existencia sea algo satisfactorio y placentero, puede significar un abismo. Uno tal como el que puede separar una vida feliz de una desgraciada. Imagino, aunque esto es una suposición, que todo el mundo aspira a alcanzar la primera opción y dejar de lado, no sin alivio,  la segunda.

Bueno pues si esto es así,  ¿Qué es lo que nos lo impide? Llevo ya algún tiempo enganchada a un libro cuyo título y también tema de estudio es la Inteligencia emocional, de Daniel Goleman. Dicho a voz de pronto suena quizás un poco extraño. En las últimas décadas se ha puesto mucho interés en medir el C.I. (coeficiente de inteligencia) como también en intentar calcular cuánto de biológico o de medioambiental podía haber en la incidencia de determinadas enfermedades de tipo mental o emocional así como en la tendencia a la violencia, el fracaso escolar y laboral o el deterioro de las relaciones íntimas.

Nada es un todo por sí mismo, excepto, tal vez, los casos más extremos, sino más bien la suma de factores que se van acumulando hasta que se convierten en una montaña de tales dimensiones que cuesta encontrar el hilo conductor capaz de explicarnos cuál es el principio y cuál el final. Una profesora de matemáticas que tuve cuando era pequeña, siempre utilizaba un ejemplo de lo más ilustrativo: « Enderezar un árbol torcido cuando está creciendo es fácil, basta con atarlo a una cañita y crecerá recto; en cambio, cuando  sea grande, podrás engancharlo a una viga de acero que te dará lo mismo, continuará igual de torcido».


Por suerte, aunque hay similitudes entre una planta y una persona, en algunos casos más que en otros, no son tan pronunciadas para que la metáfora se pueda aplicar al pie de la letra. Contamos con la ventaja de que el cerebro humano es mucho más plástico y está abierto a modificaciones durante todo el transcurso de nuestra vida, es decir, podemos aprender y modificar nuestros hábitos, nuestros sentimientos y nuestro comportamiento e incluso superar barreras que por autoconvencimiento considerábamos insalvables ( dentro de unos límites, no nos vayamos a pensar que podemos llegar a ser superman y nos atemos una toalla al cuello para intentar volar porque lo más seguro es que nos metamos una leche fina).En mi caso, pensar que evolucionar es posible me abre una puerta a la esperanza; quizás algún día no muy lejano consiga ser ordenada, o deje de comerme la cabeza por cosas estúpidas que a nadie le interesan, o pueda mirarme en el espejo de un probador sin sentir la mayoría de la veces ganas de huir despavorida.

La semana pasada mantuve varias conversaciones con distintos interlocutores acerca de temas diversos pero que, de alguna manera, dentro de mí, terminaron  todos relacionados.
En el primero, un hombre de unos cincuenta años afirmaba, con todo el conocimiento que le otorgan sus largos años de experiencia y su afición a la lectura, que los jóvenes de ahora eran muy poco trabajadores, con mucha tendencia a la frustración y poca a el esfuerzo y para ilustrarlo además usaba de referente a los  «Ni ni» .  Yo, que soy una tocacojones, podía estar de acuerdo hasta cierto punto, pero nunca del todo y esgrimí a mi favor a los que yo, en oposición a los tan mencionados  «Nini», he bautizado como «Y- y», aquellos que estudian y trabajan y tienen proyectos y ayudan en casa y se buscan las habichuelas como pueden etc., que, con toda sinceridad, no sé si serán los más abundantes, pero es de lo que yo más he visto o quizás en lo que más me he fijado. En todo caso, muchos o pocos, ahí están. Lo que me sirve también para recalcar la cantidad de matices que podemos encontrar si estamos abiertos a observarlos.

La segunda conversación fue con alguien muy cercano a mí y me ayudó a entender de qué manera nuestras acciones pueden calar en el resto de personas. No ya las grandes y ostentosas, sino también las pequeñas de la vida cotidiana, una palabra dicha en un mal tono, un comentario bienintencionado usado en un momento erróneo, la omisión de ayuda cuando es solicitada  de una manera sutil, o ,por el contrario, la saturación de alguien que  se encuentra en el límite de su resistencia.

La empatía es algo complicado. Porque tendemos a ver la paja en el ojo ajeno en vez de la viga en el nuestro; además somos una compleja maraña de sensibilidades prestas a ser heridas y a devolver el golpe de lo que creemos un ataque injusto y gratuito, muchas de las veces sin fundamento real. Así conseguimos hacer un poco más difícil nuestra existencia con enrevesados argumentos mentales de si Fulano ha hecho esto para molestarme, pues entonces, yo se lo devuelvo de esta otra manera y se puede continuar hasta el infinito y más allá. Nuestros antepasados tuvieron sus neuras y nosotros arrastramos las nuestras propias y alguna que otra heredada.
La tolerancia a la frustración, tanto como el verdadero y genuino amor por nosotros mismos, es un tema que deberíamos haber aprendido a una edad temprana, para después, de mayores, ser personas capaces de enfrentarnos de manera resolutiva y optimista a los contratiempos de la vida, sin embargo, para la mayoría esto es una quimera tal como mantener en la edad adulta la creencia de que los reyes magos existen. El niño cree a pie juntillas durante su infancia que los padres son una especie de seres divinos todopoderosos capaces de resolver casi cualquier problema u obtener todas las respuestas. Cuando crecemos, no obstante, nos percatamos de que son tan humanos y limitados como nosotros mismos y que en realidad han hecho lo que han podido con las circunstancias que les han tocado vivir, tragándose su propia dosis de desengaño y tristeza, mientras intentaban encontrar como nosotros, como todos, su propio camino en el filo de una navaja que es la incertidumbre de no saber si nuestros empeños obtendrán el resultado que deseamos. Siempre tras la búsqueda de algo mejor  en medio de la delgada línea roja que separa el éxito del fracaso.


Que estamos un poco dispersas en verano, pero seguimos publicando, a ratos a trozos, todas sudás, pero acordándonos de vosotros.
Playa o montaña, pasarlo bien, nenes y nenas. ;)


lunes, 3 de junio de 2013

From my blonde Mind: Tratar a una mujer.

Hay en Sevilla una cafetería  que tiene terraza. A veces tomo café allí mientras leo la prensa, escribo algo o hago como si estuviera pensando cosas muy importantes y trascendentes cuando en realidad lo que hago es dormitar tras las gafas de sol y la pose de maniquí.

Sobre todo escucho y miro.  El otro día había sentados a unas dos mesas de distancias un par de cuarentañeros. Nenes de los que se conservan bien, con el vientre plano la cabellera completa aunque aderezada ya con alguna cana. Pantalón chino uno y el otro unos vaqueros de pernera recta. Polo de caballito para ambos y jersey sobre los hombros para el toque sport. Los hombres sevillanos son chulos, son toreros y coquetos. No tienen la altivez y el refinamiento de los catalanes ni la suavidad y la espontaneidad de los gallegos. Cuando un sevillano te mira lo hace hinchando el pecho, sin apartar la vista y sin saberse en falta.
Pero no me miraron a mí, miraron a dos nenas de algo más de dieciséis y al menos de veinte. El tacón y el maquillaje juegan con la cronología, pero me parecieran muy niñas con ganas de parecer mujeres. Ellos las observaron con ese hambre atávica y natural en el macho que otea hembra joven. Uno de ellos hizo un gesto con la cabeza con la cabeza, una inflexión que debe ser parte del código entre varones porque a mí no me dijo nada pero que su compañero respondió con elocuencia:
             Dos niñas, ni saben lo que tienen.
-         Si hay césped en el campo se puede jugar el partido.
Risas. 

Pasaron unos minutos y llegaron "las mujeres". La mujer sevillana es chula y se sabe bella, cuando una sevillana te mira notas el reto y que le importa una mierda saberse en falta. Traían al fruto de la unión de una de las parejas, unas formas incipientes de fémina que incitaban por la frescura y la lozanía insultante de la juventud. El del gesto misterioso se levantó e, indignado, reprochó señalando los short de la niña que terminaban a pocos centímetros de la ingle.
-          Pero Tere, cómo dejas salir así a la niña.
-          Explícaselo tú  a tu padre- se defendió la esposa.
Yo me puse en pie y al pasar junto al grupo, la parte de rubia pendenciera que tengo no pudo evitar susurrar: A nadie le gusta criar la carne para que otro se la coma.

Esta semana mi mundo se debate entre el masculino y el femenino.
He visto el vídeo de Beatriz C, enferma de lupus y de insuficiencia renal y de que está embarazada de un feto  anencefálico y cuyo parto puede provocar la muerte de la madre. Pedía, suplicaba, que permitieran a los médicos practicarla un aborto terapéutico para salvar su vida de mujer pobre y enferma. La decisión al final la tomaron quince hombres que por natura nunca sabrán qué se siente al gestar una vida. En cambio sí debería saber que se siente ante el miedo a la muerte.

La semana pasada murieron a manos de sus parejas o exparejas, cinco mujeres en Madrid. Me ahorro los presuntos porque miro las cifras de las estadísticas de los femicídios en los que va de año, veintitrés, y se me atraganta lo políticamente correcto.


Juana Borrego Izquierdo escribía el lunes en El adelantado de Segovia, (el periódico en el que los términos Segovia, segoviano, segoviana, segoviense o segovita aparece al menos doce veces por plana) sobre la situación de la mujer rural en la actualidad y en nuestro país. Me habla sobre mujeres vivas hoy en día que rozan el analfabetismo, o con precariedad laboral, con escasos recursos económicos, con cargas familiares y sociales, o sin posibilidad de ascenso en los trabajos y condenadas al sector servicios. Mujeres que viven en un entorno machista que se resiste a desaparecer pero que resulta que están siendo el colchón, el bálsamo de una sociedad que se descompone económicamente. Son ellas las que han continuado trabajando el campo cuando los hombres marchaban a la construcción. Son ellas las que limpian las casas en economía sumergida mientras ellos siguen su búsqueda de trabajo. Son ellas las que crían a los hijos y a los nietos, en el caso de estas abuelas las que además atienden al marido, que como hombre de los de antes solo ha sabido trabajar y que, al llegar la vejez, está para ser servido pues no sabe nada de cosas de la casa, esas cosas inútiles propias de mujeres.
No ha habido cotizaciones a la Seguridad Social, no ha habido seguros, no ha habido pensiones por muchos años de trabajo y, en muchos casos, tampoco ha existido un reconocimiento social siquiera en el entorno familiar más cercano.

No hablo de una ayer prehistórico ni de fronteras alejadas pos miles de kilómetros, hablo de un aquí y un ahora que me está doliendo por encima de las desigualdades de la crisis porque resulta que las mujeres, además de putas estamos poniendo la cama. Como siempre.

Pregunté a una nena que se desloma con el cubo y la fregona, el trapo y la mopa si no tenía un compañero que la echara una mano, pues la vía agotada y ella contestó:
-         Estaba buscando trabajo, pero no le salía nada y cayó en la depresión.
Me lo dijo una mujer de metro y medio, avejentada por la vida que se levanta a las cuatro de la mañana para empezar a trabajar y llega a las ocho de la noche a su casa a preparar cenas. Así claro, ella no tiene tiempo para la depresión.

Estoy escribiendo algo, es una historia sobre mujeres, sobre personas que son engañadas, raptadas y secuestras de sus casas y llevadas a otros lugares para convertirse en esclavas sexuales, ser vendidas, ser humilladas, torturadas   y nunca vengadas. Me he reprochado, en el momento de teclear, la crudeza del relato en algunos pasajes, diciéndome que no era creíble, que quedaba exagerado, hasta que he revisado la documentación.
Me quedo corta.

Seguimos adorando a Príapo, seguimos vejando a la mujer por ser mujer, diciéndoles a las niñas que oculten sus atributos y su naturaleza, como si estos fueran algo malo y censurable y además con el tamiz de una doble y cínica moral. Seguimos levantando la voz contra aquella que tiene la lengua larga, los zapatos altos y el escote amplio. Sin entender que madre, hija, hermana son palabras sagradas.
Me niego a ser un ciudadano, un ser de segunda tan solo por el sexo con el que me tocó nacer y del que me enorgullezco y adoro.

Hay una crepería en Madrid donde suelo cenar, escribo estas entradas o simplemente escucho y miro. Esta noche me ha acompañado un nene al que respeto como hombre y sobre todo como persona. Antes de sentarse él me ha apartado la silla, con esos ademanes galantes y anticuados que gasta, para que me acomodase.
Rabiosa y confundida, le he ladrado:
-          Puedo sentarme yo solita.
-          Solo alguien muy gilipollas creería que no puedes hacerlo; solo los gilipollas ignoran cómo se debe tratar a una mujer. El mundo está lleno de gilipollas, So.
Menos mal que también hay muchos como él.



El País publica hoy en la sección de Opinión dos medias columnas con el título: “El machismo remonta”. Hay cifras que deberíais leer y mucho más si os veis tentados de comentar algo con afán de rebatir. Lo digo para que quedéis muy en ridículo.



Deberías saber que desde este mes la actualización de este blog pasa a ser semanal, así que será el lunes 10 cuando tendréis por aquí a Regina Roman y su sección La Mota Rosa.





lunes, 27 de mayo de 2013

From my blonde mind: Despertar como una princesa.

Hace ya casi quince días, de madrugada,  estaba leyendo El temor de un hombre sabio del Routhffus y me dio un flush. Que me diera no tiene nada que ver con el pobre Routhffus, que es muy entretenido, lo que pasa es que me di cuenta de que llevaba mucho tiempo delante del PC y eso bueno no puede ser. El flush es la forma bonita de decir  «venazo» así que salí de la cama y me enganché al móvil.  Al rato tenían un con quien y una maleta a medio hacer.  Nos plantamos en Atocha a esa hora en la que los pajaritos aún tienen legañas y en los bares solo hay barrenderos, azafatas y esos señores que no se sabe muy bien qué hacen pero que se enganchan al Soberano cuando las tragaperras todavía hacen gárgaras de despertarse.

Una de las cosas buenas de Madrid es que todos los caminos llegan hasta aquí, así que nos metimos en el primer tren que vimos abierto para disfrutar de la bonita experiencia que es viajar sobre las vías viendo el paisaje. Se nos acabó pronto la peseta, en menos de cuarenta y cinco minutos  llegamos a lo que era el final de esa línea. Me coloqué mis flamantes ray-ban nuevas para leer el cartel del nombre de la estación  y leí acojonada:
Cuenca.

Luego corrí al baño de la estación, que es salir de casa y es estar una licuándose con ansia viva.
Cuenca. ¿Qué coño hago yo en cuenca a las 7:30 de la mañana?
Cuenca no es un destino, en todo caso es un lugar de paso. Conozco una rubia que tiene raíces por ahí pero nunca me ha contado mucho sobre la ciudad. Una vez meada, pensé qué sabía yo de Cuenca y la respuesta que me dio my blonde mind fue que lo que sabía era que soy una paleta de Madrid. Que solo recordaba Casas Colgantes, Ciudad Encantada y zarajo.

Cuenca, la nueva, el llano, es muy fea, pero fea de narices. Con aire de ciudad provinciana que da asco pena y en la que los comercios cierran a la hora de comer aunque sean de cadena multinacional. La gente conduce muy despacito y todavía hay carteles en los que pone «ultramarinos».
Pero hay otra Cuenca. Está encaramada en un risco, donde estaba la auténtica Cuenca. Llegar hasta ella se puede hacer de dos maneras: la normal que es cogiendo el autobús de la línea 1 o 2 y que te planta en el Castillo en diez minutos de curvas y vericuetos, o la cojonuda que es la que te permite ir fumando y arrastrando el troley hasta que te das cuenta que para subir al centro histórico es necesario trepar cual lagartija por calles de empedrado medieval. Esto es muy bueno para el culo y muy malo para el hombro de arrastre, además el cigarro se te hace largo.

Lo primero de lo que te percatas en la Cuenca verdadera es que el que la hizo era gilipollas o era un genio. La ciudad está torcida, pero torcida de no poder llevar tacones. Está torcida por todos los lados, mires donde mires hay cuestas y escaleras y siempre, siempre van hacia arriba. Cualquier camino que tomes termina en el tajo, una caída de unos treinta cuatro metros (con más o menos botes). Lo segundo  que  adviertes es que no hay hoteles, hay hostales.
He tenido experiencias muy complicadas en hostales, he pasado noches de mucho miedo y repulsión en hostales e incluso en hoteles de unos, dos o tres luceros. Recuerdo uno en Toledo en el que me tenía que pelear por la manta con una cucaracha y la cabrona jugaba en casa.
Con miedito entramos en el hostal San Martin y escuché en mi interior: «Paleta de Madrid, paleta de Madrid.» Porque el hostal San Martín es una chulada de maderas, pantallas de plasma, cerámica y cristal metida en el cascaron del siglo XV que es el edificio remodelado de arriba abajo. No nos quedamos allí, nos ofrecieron ir a la Hostelería de Cuenca que quedaba un poco más arriba, nos iba a gustar más y valía el doble. Con esto último no hubo problemas porque nos dejaron las habitaciones al mismo precio.

La Hostelería de Cuenca tiene una sobria  fachada a pie de calle (en cuesta)  que no te prepara para un interior cálido, funcional, elegante y de auténtico lujo. Sus tres plantas son  un laberinto de escaleras y rincones  chulísimos en la que te meten un aljibe del siglo X al lado de un rincón de lectura con wifi y la biblioteca de literatura universal de la colección de El País.
María (que de la misma Cuenca no es por el acentazo y porque tiene un porte de curranta soviética del metal que mola un montón) es un encanto de mujer que gestiona el local ella sola y que realiza todas las funciones teniéndolo todo como los chorros del oro y siendo un cielo de nena. Nos dio de desayunar bollería variada, tostadas con tomate y aceite, mermeladas y mantequilla, zumo de naranja natural y café. Luego nos registró y nos dio a elegir habitación. Cada habitación es distinta (porque en Cuenca las líneas rectas son un pecado), pero todas están puestas con un buen gusto personal que se agradece mucho después de haber visto mil cuartos de renta decorados todos con muebles de Ikea. Cuando me abrió la tercera me enamoré. La suite tiene unos veinte metros cuadrados (baño completo con hidromasaje aparte) un pequeño balconcito que da a la calle San Pedro y una cama kingsize con estructura de madera de teca de cuatro soportes cruzados de los que cuelga un dosel.
Eso negro es mi bolso, mú propio :P

Yo soy mucho de cama con  dosel. Me reí como una tonta  mientras pensaba cómo meter aquel mueble en el bolso (por el recuerdo y eso).
Una vez instaladas buscamos la oficina de Turismo del Consistorio, esta está en la Plaza Mayor, debajo del Ayuntamiento que está encamarado en un pasaje a la entrada de la propia plaza.
Allí conocimos a Guillermo que es un guía oficial (nada de imitación china) de la ciudad, que lo pone en una etiqueta de identificación que se colocó tres veces mal. Guillermo vale su peso en oro, se sabe todo lo del mundo sobre la ciudad, historia, economía, leyendas, clima, arquitectura, sitios para comer, con quién anda la nena del panadero…

La visita al casco histórico dura dos horas pero él nos regaló una más en la que nos habló de la fundación musulmana  de la ciudad, de su toma por Alfonso VIII en el siglo X, del crisol de culturas que fue,  de la mesta de la lana y su poder en el siglo XIV, de la capacidad económica del cabildo ante un ayuntamiento en quiebra técnica desde el siglo XII pero con el tercer patrimonio forestal a nivel mundial. Nos contó que Cuenca no podía crecer a causa de su situación geográfica así que fue una de las ciudades medievales más pobladas del mundo. En pleno siglo XIII tenía casas particulares de catorce plantas, no eran rascacielos porque siete y ocho estaban por debajo del nivel del suelo y ancladas a la roca. La catedral de Cuenca es del siglo XII, es de estilo gótico primitivo lo que es imposible. A ver, posible es porque el tocón está ahí, pero por fechas y geografía una «Notredame» en miniatura no puede estar ahí encaramada. Esto trae de cabeza a franceses, ingleses y alemanes que, claro, tiran de que fue gracias a Leonor de Aquitania que esta pieza existe.

Cuenca fue una ciudad condenada a entenderse dentro de sus murallas, las guerrillas entre familias acomodadas era frecuentes y por eso las fachadas y portales recuerdan más a fortalezas que a palacios. Había fusileras en cada esquina y se utilizaba la daga pues lo estrecho de las vías no permitía el uso de la espada.

Con todo esto terminó Isabel la Católica, (no la Jenner, no , la Isa buena, buena, que debía ser fina) que hizo abrir las casas para que ninguno se le pusiera farruco y desmontó el castillo del que solo queda el parapeto exterior que quedo como muro de defensa de la ciudad. El contrapeso primigenia  de esta construcción, la alcazaba, está siendo ahora desenterrada pero solo quedan ruinas. Guillermo nos contó que Cuenca no tiene patrimonio arqueológico porque allí no hay manera humana de enterrar nada, el suelo es roca viva así que hay sillares y muros y columnas que están ahí desde el siglo XI.
Esto hace que se encuentren marcas de batallas, duelos y guerras en las paredes. Cuenca resistió con tan solo seiscientos hombres el asalto del ejercito Carlista en. Los carlistas perdieron tres mil efectivos. La sangre subía hasta los tejados. Solo había una forma de tomar la ciudad y era avanzando por la calle san Pedro, cuesta arriba, con un ancho de poco más de cinco metros. La resistencia iba dinamitando las fachadas creando al instante barricadas que flanqueaban cañones. Debió ser una matanza de pollos. Se terminó cuando uno de los cañones, recalentados, reventó. He tocado  la muesca que hizo en la piedra.
La guerra de la Independencia y el Empecinado marcaron la ciudad con sangre francesa y la Guerra Civil unió la Cuenca subterránea de sótanos particulares con refugios antiaéreos. De estos últimos hay uno visitable que impresiona.

El centro está plagado de monjas  (la urbe llegó a tener treinta cuatro conventos en un espacio de cuatro manzanas) entre ellas las adoratrices de Cristo que dan poquito de miedo vestidas de blanco y con velo. También tiene dos seminarios. Gritar «guapo, tiarrón» a un nene que va a jurar los votos es siempre divertido.
El museo de arte contemporáneo merece ser visitado simplemente por ver la laberíntica distribución del inmueble. Lo de dentro ya… el otro museo anacrónico con el resto, es el de la Ciencia. Es muy divertido, el nuevo concepto de museo este de educación interactiva, repleto de paneles táctiles, exposiciones que puedes tocar y recreaciones curiosas. Hay maquinaria renacentista a tamaño gigante, una réplica de un  módulo de la estación espacial y un pollo dinosaurio.
Para comer está muy bien El Secreto, donde saben preparar la carne, pero las terrazas de la Plaza Mayor son más asequibles y valen. Más allá del Castillo, en una zona que se ve de urbanización moderna está La Parada, que tiene precios de barrió y cocina maja. Las tapas son muy apañadas, no merece bajar al llano para comer.
Al fondo a la derecha estoy yo haciendo topless, que había salido el sol.

La gente con la que he tratado allí me ha parecido majísima, con unos conocimientos y profesionalidad que se salen del negocio del turismo y se meten en la vocación de estudio y divulgación. Muy, muy de agradecer.
Destino céntrico, alojamientos maravillosos, los accesos a los lugares son gratuitos con carnet de facultad  o a precios asequibles, en general todo es barato y no está masificado.
Me dejo unas quince mil palabras por contar y me tuve que dejar mi cama con dosel de princesa.

Necesitaba  reencontrarme con la antigua piedra para poder seguir  tecleando en moderno plástico. Ahora quiero más.
Es la jodida canción del camino que se te mete en las venas. 
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Vosotros también queréis más y lo tenéis mañana con Regina Roman que trae la Mota Rosa, y recién pasada por la pelu. No ha colgado fotos así que lo mismo se ha hecho un cristo.



lunes, 13 de mayo de 2013

From my blonde mind: El conejo.


He conocido a un nene que se disfraza de conejo por internet. Los conejos en internet proliferan mucho,  Vogue ha sacado un especial, que es muy jodido y cabrón, sobre belleza 3.0; da mucho asco por muchas cosas que no vienen a cuento y trae cuatro páginas (ahí es ná) con sus fotos sobre el look de los conejos. Destacan cuatro tipos: brasileño, americano, playboy y Hollywood . También hace  una reflexión sobre el gozo en el goce y la cantidad de pelo superviviente. Pero, volvamos al nene conejo.

Este nene hace cosas con letras. Su jagtag (pollo flema cada vez que pronuncio esto) es @CorrectorEditor y este es su blog http://correccionesyeditores.blogspot.com.es/ . Ha trabajado para varias editoriales y se gana los garbanzos, la banda ancha y los slips apretaos como escritor negro, escritor de otros colores y corrector.
También hace experimentos de seguidores en redes sociales, publi y visibilidad 3.0 de esa (el eterno retorno me lleva a hablar otra vez de conejos depilados pero me contendré); en Facebook escribe cosas. Él dice que en plan profesional utiliza el Twiter, pero en Face se refleja la actividad en el otro lado y yo leo sus cosas. Como todo el mundo, dice chorradas de la envergadura de pechos de austriaco- germánicas, pero, es que eso es lo normal en las personas humanas, lo raro es que de vez en cuando nos salga algo interesante que decir. El nene conejo tiene sus momentos, según sus palabras, sobre todo de noche en la que tiene el fuaaaaa, el flow, la party y la sabrosura (bueno, va esto lo digo yo). Muchas no las entiendo por lo de ser rubia pero otras sí y molan.

Hablando con él creo que los dos conclusionamos que es mejor comprarse una furgoneta para hacer portes que dedicarse a las letras. A ver, puntualizo, si quieres tener la riñonada bien, escribe, pero si quieres comprar un par de litros de leche y un paquete de pan de molde sin corteza, haz lo de la furgoneta.

Hay mucha gente ahora mismo que escribe, por desgracia tiene tiempo libre y esto de juntar letras parece que no pero mola, así que han hecho sus cuentos, sus novelas y sus cositas y han decidido que esto merece la pena ser leído y comercializado y que ellos como autores pues tienen derecho a una retribución que se sume a la prestación de desempleo o al sueldo este de hambre al que vamos en el siglo XXI.

Hay en el imaginario popular una falsa instantánea del escritor como un triunfador  que sostiene en la diestra
billetes morados, en la siniestra modelos de biquinis semidesnudas (sí y de Hollywood), alfombra roja bajo los pies y espejos de ropero adornados de rayas de nívea pureza y ácida ambrosia. Esto es una mierda de esas que nos han vendido y que se refuerza cuando Kent Follet viene al Corte Inglés todo guapetón, bien comido y conjuntando los colores.

Escribiendo en español y siendo comercializado en España es muy complicado comer de escribir libros, mucho más de escribir tus libros y los que tú quieres escribir. Hay muchos factores que influyen en esto y van desde que aquí vamos por el Gran Hermano edición 14, que las editoriales tiene más miedo que Justin Bieber recogiendo una pastilla de jabón y que las distribuidoras, pues se dedican a sus cosas de SL y les importa el aplicador de un tampax la literatura en sí y miran sus cifras. Hay mercado, hay una industria (con sus pros y contras) pero el burro no tira más de la noria de lo que lo hace y quitando a cuatro muy buenos, con mucha suerte o con una editorial bien lustrosa que les hace funcionar a base de efectivo, pues el resto poco nos llevamos.

Un escritor se puede llegar a llevar un diez por ciento (hala, hala, hala) del precio de venta al público que se traduce en más o menos en 1 euro por libro. Hay que vender muuuuchos libros para que luzcan las ediciones agotadas una tras otra de nuestos super betsellers. Esa es la realidad, así que echad cuentas. No quiero desmoralizar a nadie pero es que me tiene muy preocupada esos nenes y nenas que miran el mail o el teléfono esperando que llegue ese mensaje que parece que les va a solucionar la vida. No, ojalá sea, de verdad lo espero, pero es que por mucho que  vosotros o yo lo queramos, salir con ediciones Mecuelgaelbadajo no nos va a quitar de madrugar o de no hacerlo y me temo que tampoco con casas más lustrosas de esas que tienen sillones de piel en las recepciones y que en verano están muy fríos por el aire acondicionado y te dejan los muslos helados, como sobaco muerto, si llevas falda.

Conozco a algunos escritores, novelistas sobre todo, que llevan muchos años escribiendo y publicando y que, obviando sus vicios caros y existencias llenas de excesos, pues tienen que seguir con sus curros porque han tocado techo (bajo, en plan abuhardillado) en esta profesión.
La literatura dignifica el hambre, igual que el circo dignificó lo de la cabra y los gitanos.

¿Entonces, So, qué hacemos para transformar las letras en números?
Pues… pues… no tengo ni puta idea y mira que me ha clavado lápices en el pelo, que es una cosa que me ayuda a pensar, porque yo tengo gustos y necesidades que necesitan de efectivo o de lo contrario se ponen mustios y lloran.
Peeeeeeeeeero in my blonde mind, ahí al fondo, entre los recuerdos de una barra libre de mojitos en Puerto Blanco, unos subrayados de El lobo estepario y la canción del opening de Ramma ½, parece que hay una idea.
Mónica Naranjo tuvo que salir de España para volver triunfante a recibir los oropeles de Noche de fiesta, joder da pereza, pero a la fuerza ahorcan. 


Mañana martes, Regi, sí, la Roman que os cuenta cosas en La Mota Rosa



lunes, 6 de mayo de 2013

From my blonde mind: Cosas que me gustan.




Hace tan solo un par de días tomaba café con un nene muy importante para mí. Llamémosle Pedro (nombre ficticio). Pedro degustaba con nostalgia una bamba de nata, bollo que suele pedir siempre que le asalta un ataque de gula. Yo le pregunté acerca de dicha predilección y, entonces me confesó que obedecía a un recuerdo, más bien un sentimiento, que le acompañaba desde la infancia. Cuando mi amigo era pequeño, su abuela, todos los domingos, le llevaba a una confitería y allí le compraba como un ritual la susodicha bamba de nata. ¿Por qué siempre lo mismo? Quise saber yo. Había muchas otras cosas donde elegir. Podría haber alternado con un pepito de chocolate o una palmera de vez en cuando para variar. Podía haber sido, pero no fue. El caso es que su abuela siempre le compraba lo mismo, además, ella, en su sabiduría y demagogia, alegaba que era lo mejor, y eso le hacía sentirse especial. Con el tiempo, sin embargo, Pedro un día descubrió que los motivos de la querida progenitora de su madre no eran tan considerados y que el ya mencionado pastel era de lo más económico de la carta.


- Bueno, pero ahora no tienes ese problema, eres adulto y puedes tomar tus propias decisiones. Arriésgate y toma algo diferente e incluso tira la casa por la ventana; pídete lo más caro, solo para darte el gusto.- Le reté.

- Demasiado tarde, So. No hay nada en la vitrina expositora que me atraiga la mitad de lo que lo hace mi bamba de nata. Quizás los otros postres estén más buenos o sean más sofisticados, pero no poseen la capacidad de evocar el pasado de la misma manera, de hacerme sentir un niño en cada bocado. Además, ¿lo que has encargado al camarero no es tu trufa de chocolate de siempre?

Touché, tocado y hundido.

 Lo malo de intentar provocar a amigos íntimos es que te conocen casi mejor que tú misma y corres el riesgo de que la pelota te rebote. Hay argumentos contra los que uno no puede competir. Menos aun cuando los entiende y los comparte. No en vano, y él lo sabía, a mí me encanta hacer un estudio comparativo en todas las pastelerías acerca de las trufas, y mi criterio no es en absoluto objetivo, llevo ya una idea preconcebida acerca de cómo debe ser la trufa ideal, como si existiese un canon universal al que el resto de ellas debieran imitar. Conozco su aspecto, su consistencia y su sabor: debe ser oscura por dentro, empalagosa y muy, muy densa. No de esas que están hechas con nata y son de color clarito, suaves y ligeras que son una mierda. Porque yo, al igual que mi amigo, no buscó un dulce sino el dulce de mi niñez.


Hay cosas que son como son, simplemente nos gustan y ya está.

Entrados ya en materia, la conversación discurrió por el sendero de las cosas que nos provocaban placer. Mucho había llovido desde que este nene y yo nos conocimos y nuestras circunstancias habían cambiado, algunas para bien, otras para mal, pero ya no somos los chiquillos de entonces. Ahora ambos somos adultos, con bagaje a nuestras espaldas y una larga trayectoria en común. Más serenos, menos expectantes y, espero, un poco más sabios, quizás también con menos fe en el futuro, pero no por ello con menos ganas de tener proyectos y llevarlos a cabo.

-¿Con qué cosas disfrutas ahora?- Me preguntó.- Estamos mayores, nos hemos aburguesado y somos mucho más vagos. El dinero se ha convertido en un factor importante ¿verdad? Casi todo requiere de él.

-El dinero es importante, no lo voy a negar. Pero seguro que, si nos esforzamos, encontramos algo que no lo necesite.

Estrujé mi cabeza.

Por ejemplo a mí me encanta dar de comer a los patos, ver como vienen corriendo y abren el pico cuando yo les acerco un ganchito. Y los largos paseos por cualquier lugar, perdernos porque a pesar de todo nuestro sentido de la orientación sigue siendo una mierda y hacer de ello una aventura.

Cuando llueve y el día es tétrico y deprimente, quedarse calentito debajo de una manta y leer un buen libro o salir a la calle a pesar de todo y tomar café mientras esperamos a que amaine.

En primavera, con los primeros rayos del sol, es un placer sentarse en un banco muy quieto como una lagartija e ir descongelándote poco a poco al igual que un sapito que revive tras un crudo invierno y siente la existencia retornar a su ser.
Recorrer la ruta de mis parques favoritos: en la Quinta de los Molinos el florecimiento de los cerezos es espectacular; el Campo del Moro, en verano, es un oasis de verde frescor en medio del ardiente asfalto; el Parque del Oeste es inmenso y todavía se puede encontrar algún recodo desconocido; estudiar la fauna de la Casa de Campo es siempre entretenido.
Allí conviven, en relativa paz y armonía, los corretones y ciclistas, las prostitutas, sus chulos, los clientes y los mirones curiosos, los retenes, torretistas y demás trabajadores. Estos habituales de tales lares se conocen y se saludan, cada uno desde su pequeña parcela vital. A veces, incluso comparten un cigarro a modo de tregua e intercambian algún comentario acerca de sus respectivas vidas, un pequeño momento de convergencia que acaba tan pronto como se extingue el humo, después dan media vuelta y sin mirar atrás retornan a sus quehaceres.

De noche, Madrid se ilumina y los edificios adquieren una magia especial, nos recuerdan que es una ciudad llena de arte y de solera a la que no miramos con la atención debida porque la fuerza de la costumbre nos ha robado la capacidad de detenernos a contemplarla.
Quedar con amigos y familiares, sentir su presencia cerca, reírte con ellos de cualquier absurdidad, compartir con ellos las alegrías y las penas, tu vida y la suya es a la vez un placer, un deber y un privilegio.

-¿Qué opinas tú? Inquirí a Pedro con gesto escrutiñador.

Él me miró con una sonrisa y añadió:

 -Que tienes razón y que a pesar de todo seguimos siendo las mismas personas, más viejas y quizás vestidos de distinta forma, pero las cosas que nos gustan son las mismas que hace quince años. Algo debe permanecer de nuestra esencia primordial, o quizás sean los recuerdos que dan unidad y sentido a nuestra identidad, y retroalimenten nuestras experiencias pasadas y presentes. ¿Disfruto de lo que me hizo feliz antaño, o recuerdo con cariño del pasado lo que me complace ahora?

-No lo sé y es meterse en jardín demasiado metafísico, tan solo acepta y admite que hay cosas que te gustan, porque sí, y ya está. No le des más vueltas. Y ya se me enfriado el café con tanta charla ¡qué irónico! Hay hechos que no cambian, demos gracias por ello.

Pedro asintió con sus ojos castaños y me di cuenta de que en realidad lo que me gusta no es lo que hagamos o dejemos de hacer, es que lo sigamos haciendo juntos.







Que Di Estéfano se case demuestra que las leyendas nunca mueren, mañana tenéis aquí a la cuarentañera más espectacular, Regina Roman con su Mota Rosa.