jueves, 27 de septiembre de 2012

Encuentro en tacones. Ni reunión ni tacones




— Hoy no hay reunión.
— ¡Qué dices! — Gritaba Karol a Alicia desde su habitación— ¡Nena, de verdad que no te oigo!
— ¡Que esta semana no habrá reunión!
— ¡¿Cómo?! — Seguía gritando Karol.
— El Whisper XL, ¡abuela! Digo, que esta semana no hay reunión— contestó con tono cansino Alicia, mientras se acercaba al cuarto de su amiga—a saber qué estarás haciendo las dos horas que llevas ahí metida…
— ¡No! No, no, no pases que no estoy visible…
— Como si no te hubiese visto ya mil veces en ropa interior… ¿qué cojones te ha pasado? Estás…— Alicia intentó buscar la palabra correcta dentro de su cabeza.
— Lo sé, horrible. Esta puta mierda que le robé a So el otro día, no sé cómo lo hace ella pero yo he quedado hecha un desastre.
— Quizás si te pones un poco de… — sugería Alicia intentando que no se le notara la risa.
— No te rías, cabrona, ya he probado de todo y no se quita— dijo Karol con el estropajo en la mano.
— Pero quién te manda usar potingues sin preguntarle a su dueña, So te lo habría dejado y lo sabes.
— Pero es que me corría prisa y no estaba en casa para pedírselo. Vaya mierda más grande, tengo una cita mañana por la mañana y voy a ir como un puto dálmata, ¡malditos autobronceadores! Anoche me lo puse y quedaba muy bonito, tenía un tono de piel bronce, en plan moreno de playa, pero esta mañana con los nervios y tal, se me ocurrió tomar un baño y me quedé dormida en la bañera, ya sabes que duermo muy poco últimamente, y al salir… mira, ¡mira!
— Como sigas restregándote con el estropajo, lo que te vas a quitar es la piel, mujer— decía Alicia aún conteniendo la carcajada—, a ver, deja que te traiga una crema exfoliante que tengo muy buena, a ver si con eso te ves menos naranja.
           — Parezco el hijo bastardo fruto de la mezcla de naranjito y un tigre de bengala. Y eso que aún no me has visto el cuello, la espalda y las piernas por detrás.
— ¡Hostia! Parece…
— Sí, parece mierda. No lo digas.
Alicia salió de la habitación y regresó a los pocos minutos con un bote blanco. Vertió su contenido en la espalda de Karol, y aquella masa espesa y granulada al estar fría le dio un escalofrío.
— Pareces la compresa de una coja, no te muevas tanto, joder— le dijo Alicia a la morena, que hacía muecas de dolor porque tenía la piel ya muy sensible.
— Distráeme, cuéntame eso de que no hay reunión, hoy tocaba reunión negra, si no recuerdo mal. ¿Dónde están las chicas?
— Ah, sí, pues eso, que no viene ninguna. Connie esta en una cita con su chico del videoclub, al parecer le tenía preparada una sorpresa y por el vestidito que se ha puesto, será digna de recordar. Regina está de viaje, se ha ido a la pasarela de la moda de París, y me ha prometido traernos unos trapitos, a ver si es verdad, acuérdate de la última vez que salió los que nos trajo. 
                                                                                  
                                                                                                  Ilustración de Karol Scandiu

                                                               

— Sí, aquellos aguacates de color morado, tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar y sonreír mientras que nos veía comerlos. Esta mujer siempre está pensando en nosotras. Y So e Irene, ¿dónde andan?
— Pues So me dijo que se iba para todo el día a una reunión de negocios, que llegaría tarde, pero cuando la llamé para preguntar porqué se había dejado los papeles en casa, pude oír el sonido del agua de una ducha al caer acompañado de una voz masculina cantando: “We are the champions”. Así que no creo que llegue hasta mañana pasadas las doce. De Irene no sé nada, esta muy desaparecida últimamente, con lo bien que le habría venido la reunión negra de hoy. Por cierto, lo que tú no me has contado es dónde vas mañana que te has tomado la molestia de cambiar de color de piel, ¿eh, morena?
— Mmm… pues nada, solo es una comida sin importancia.
— Ya, y por eso ahora estamos aquí en plan limpieza con estropajo de mejillones en Navidad— Alicia levantó una ceja y encaró a Karol.
— Vaaaale, te lo cuento, pero como digas algo a alguien tendré que descuartizarte y utilizar los trozos para caldo de cocido.
En esos momentos, y con Alicia prestando a Karol toda la atención del mundo, oyeron un ruido en la casa, un fuerte golpe de cristales rotos y después…
«¡¡MIERDA!!»
Las dos amigas se miraron asustadas.
— Pero, ¿no estábamos solas? — Dijo Karol.
— Eso creía yo— contestó Alicia, cogiendo el trofeo color oro de la chica cebra.
Salieron al pasillo y agudizaron el oído, intentando descifrar de dónde había salido el grito.
— Tenías que coger mi trofeo de “Karaoke forever alone”, joder, sabes que le tengo mucho aprecio— dijo Karol agachada tras un aparador, vestida únicamente con la ropa interior y las manchas naranjas.
— Calla, creo que he oído otro ruido.
«¡¡MIERDA, MIERDA, MIERDA!!»
Las voces venían del dormitorio de Irene, y las dos reconocieron rápidamente su voz. Al abrir la puerta encontraron a la rubia tapada tipo E.T. y subida en cuclillas sobre la cama, con las manos en la cabeza. El motivo del ruido de cristales se podía ver en el suelo y en el armario, algo se había estallado contra él, esparciendo miles de trocitos por toda la habitación.
Irene miró a sus amigas con mirada de Golum y empezó a reírse a carcajadas, dejando a Karol y Alicia extrañadas por su comportamiento.
— Definitivamente, se ha vuelto loca— dijo Alicia.
Irene apuntaba a Karol con el dedo y reía cada vez más alto. De un salto salió de entre las mantas mostrando su cuerpo lleno de manchas naranjas y antinaturales.
— ¡Puta cremita de los huevos! — Dijeron todas al unísono. 










Y mañana viernes no os podéis perder a nuestra Connie, con muchas sorpresas para antes de los 30.






                  

martes, 25 de septiembre de 2012

Galletas de la suerte - Madres no hay más que una


Ser hija es difícil. De hecho viene dado con el nacimiento y tienes que lidiar con ello toda la vida. Que si eres igualita a este o al otro; que si tienes los ojos de aquel y la sonrisa del de más allá. No han pasado tres horas desde tu nacimiento y ya te han convertido en el monstruo de Frankenstein redivivo a fuerza de colocarte miembros de unos y de otros. En mi caso, además, con causa: nací de color azul porque a mi madre se la olvidaron en un pasillo de la residencia. Un poco más y no estáis leyendo esto, queridas y queridos. Vosotros sabréis si os alegráis o no.

Yo he tenido ratos que no. Una nace y se pasa no sé cuánto tiempo colgada del pecho de su madre primero y de los caprichos de su madre después; de los principios, la ideología y las buenas intenciones de su madre. Tu madre te alimenta y te alimenta bien. En el caso de la mía, por cuestiones de su propia infancia, me alimentó tan bien que siempre fui una niña regordeta de mejillas sonrosadas y ojazos verdes (conservo mejillas y ojos). La mujer era FELIZ si yo me acababa todo lo que hubiera en el plato. Luego llegó mi hermana, que la hacía profundamente infeliz al no comer nada, pero ese es otro cantar.

A los pocos años, a nada espabilado que seas, ya has aprendido que si recitas todos los colores del arco iris, los números del 1 al 10 y las letras del abecedario, hay premio. Si además eres como yo y no te callas ni debajo de las piedras mientras sueltas trisílabos o cuatrisílabos, la cosa está hecha: te has convertido en la joya de la corona. Te exhiben, te muestran, se sienten tan orgullosas las madres de ti… La tuya y las otras, no os creáis.

Cuando creces te toca ponerte delante de esa mujer a la que le debes, para empezar, la misma vida y decirle: mamá, no quiero este pichi de cuadritos. Todas mis amigas llevan camisetas de la muñeca de Matutano (ahora Ruffles) y vaqueros. Este pichi de cuadritos me convierte en la manzana de Guillermo Tell, hazme el favor. Pero el pichi se queda en su sitio, las dos coletas se quedan en su sitio, los zapatos de tira se quedan en su sitio y tú vas muy pintona, eres la delicia de las familias y nadie parece ver esa flecha que llevas en medio de la cabeza. No nos engañemos, además: con el tiempo te acostumbras a la flecha y ya ni te molestan las gotas de sangre que se deslizan por tus cejas y enmarcan tu carita de princesa pepona. Con algo más de tiempo la haces tu seña de identidad. Ya sabéis: Alicia, la tía esa de la flecha en la frente. Sí, sí, esa.

Más tarde, muy poco más tarde, cuando ya puedes salir sola, empiezan los problemas gordos de verdad. Es verano, anochece a las diez de la noche o más, tus amigas las de las camisetas de Matutano se han comprado zapatillas y pantalones de marca, comen pipas sentadas en un banco de la plaza, se estrena “V” y tú tienes que estar en casa a las ocho y media porque es la hora inamovible de la cena. Ocho y media. Es posible que tu madre no tenga ni idea de en qué consiste el horarios europeo, pero tú lo cumples a rajatabla porque al día siguiente hay clase y en clase se está despierto. Consecuencia directa número 1: ocho sobresalientes de media. Ni hablamos de las flechas en la cabeza, los brazos, las extremidades partidas y la cantidad de motes inverosímiles de la gorda empollona y gafosa. En fin.

Instituto. Las zapatillas dejan paso a unos zapatos de tipo payaso con los que tu madre no comulga pero que tolera (Yiiiihaaaaa!). De escotes ni hablamos, claro. Las pipas se convierten en pubs e intercambios culturales con extranjeros. Sí, sí, extranjeros. En el País Vasco, donde me crié, los chicos vivían en un país paralelo al nuestro, así que cuando entrabas en contacto con ellos era como irse de Erasmus pero en el instituto y sin moverte de casa. Mamá decide a qué fiestas vas y qué fiestas te pierdes. Lo que además decide –y tú crees que lo sabe, porque si no, no tiene sentido- es cuántas posibilidades de liarte con el extranjero que te gusta pierdes por cada fiesta a la que no vas. Así te mantiene virgen y pura hasta los cuarenta, o al menos todo lo que pueda. Y las madres pueden. Creedme, mi madre tenía poderes que ni las seis superchicas de la Comendador. Cuando se trataba de sexo mi madre mutaba en una especie de Batwoman, Superwoman y Magneta enfocada a impedir cualquier tipo de contacto intercorporal.



En la universidad las cosas cambian, aunque no demasiado. Se establece una especie de relación comercial con tu madre en la que la supuesta moneda de cambio son las notas. Y no es que tu libertad aumente en función de tus calificaciones. Si fuese así, tus ocho sobresalientes de media te habrían catapultado a la popularidad más rutilante en lugar de al abismo de los nerd;  sino que tu sentimiento de culpa disminuye. Si apruebas, la cosa va más o menos sobre ruedas. Si suspendes, sobre tu cabeza pende la espada del Damocles ese, que te grita al oído que en casa no sobra el dinero, que tu madre se sacrifica para que tú tengas un futuro. Así que agarras los libros de derecho, te haces amiga a la fuerza de Diéz Picazo y Gullón, te aprendes hasta las erratas y vas tirando.



Cinco años después te vas de casa.

Muchísimo tiempo más tarde, ayer mismo, te encuentras sentada en el jardincito de la oficina con un compañero de trabajo. El día anterior habías visto “Navajeros” porque te ha dado por el cine quinqui de los ochenta. Se te ha quedado un cuerpo regular porque ya tienes unos años, claro, y las cosas parece que cambian. Ya le vale al pasado, que tiene esa cualidad meliflua y oscura que convierte a los malos en menos malos y a los buenos en otras cosas. Entonces se te ocurre que, joder, igual tu madre no era el monstruo neofascista que tú creías.

Sigues pensando que se pasó de estricta, que no sabía lo que te estaba haciendo cuando te mandaba acostarte antes que las gallinas, te vestía como una perfecta niña obediente, te enseñaba a hablar con corrección, te obligaba a lavarte los dientes y te prestaba libros de Dumas para que no creyeras que los mosqueteros eran perros. No, ella no tenía ni idea de que te estaba haciendo diferente de los otros niños, que su manera de tratarte te estaba creando una serie de inseguridades y complejos que tardarías años en superar, si los superabas. De eso no sabía nada.

Tampoco tenía ni la más remota idea de que deseabas que te besaran a escondidas en un parque, que si te impedía irte de campamento te condenaba al ostracismo postvacacional, que si te ponía una hora tope para volver a casa de las fiestas del pueblo te convertía en una rara oficial. No sabía que te hacía infeliz, diferente. Sabía en cambio que esas decisiones suyas te apartaban de ella. Y debía de dolerle.

Pero es que también sabía que hay que estar despierto para estudiar, que hay que aprender el valor del dinero, que hay que tener una personalidad propia para no morir arrollado por las personalidades ajenas como por una manada de caballos desbocados. Eso sí lo sabía. Y sabía que, si permitía que sus hijas se doblegaran a las exigencias de cualquier grupo, se convertirían en carne de manipulación, en cuerpos huecos e infelices con menos posibilidades que otros de tomar decisiones propias.

Así que hoy toca, señoras y señores, echar la vista atrás y agradecer a nuestras madres sus errores. Todos los errores que cometieron por nuestro bien y que nos alejaron de realidades que nos habrían convertido en personas menos felices, menos ricas, con menos posibilidades. Porque quizá sin esos errores no estaríamos leyendo estas palabras.

Y sí, la galleta de hoy iba de eso de respetar a tus mayores, de que más sabe el diablo por viejo que por diablo y de todas esas zarandajas que cobran un sentido u otro según avanza uno por el camino de la edad.

Me debo de estar quedando caduca.








Para relatos más animados, modernos y audaces, no os perdáis mañana el Encuentro en Tacones de Irene Comendador!!!!!






Nuevo martes, nueva entrega de “La mota rosa”. ¿Tienes dudas? ¿Dirías que estás satisfech@ con tu vida? ¿Plenamente satisfech@? ¿Resuelves los conflictos con facilidad? ¿Algún problemilla te quita el sueño? ¿Quieres que charlemos? Pues envía tus consultas a info @ reginaroman .com. Todos aprendemos de todos. 



Querida Mota.
No dejo de oír hablar de la autoestima por todas partes. Que si hay que cuidarla, que si hay que mantenerla alta. Yo ni siquiera sé si tengo de eso. ¿Podrías orientarme?
Gracias, muchas gracias por el consultorio!!!! Es una maravilla!!!  
Mara


 Hola, Mara, gracias a ti, por escribirme y confiarte a este consultorio que es el de todos.

El tema de la autoestima es tan delicado como trascendental y si no estamos acostumbrados a bregar con ella es porque en los colegios y a la hora de perfilar nuestra formación como seres humanos, ni se acuerdan de que existe. Luego anda dándote la lata el resto de tu vida, sobre todo por tenerla maltrecha y te convierte en un ser humano desgraciado, endeble, fácilmente degradable por otros menos caritativos. 

La autoestima puede definirse como el aprecio afectuoso hacia uno mismo. Nada tiene que ver con la prepotencia, la arrogancia, el orgullo o el egocentrismo, no confundamos términos que se lía. Estar satisfecho con lo que somos, con el potencial que tenemos, protegernos y saltar en defensa de nuestro yo cuando es agredido. No poner, por norma, los intereses y las satisfacciones ajenas por delante de las nuestras y no pensar (¡¡ni por asomo!!) que si nos humillan y/o pisotean es porque valemos poco y nos lo merecemos.
En eso consiste.

Hay que aprender a mirar hacia dentro. Conocerse, analizarse, pulirse con valentía. Tenemos defectos, carencias, complejos… por descontado. Todo puede ser arreglado o mejorado pero no sucede de modo espontáneo, hay que pasar tiempo a solas con nosotros mismos (algo que la cultura occidental no está acostumbrado a practicar), enfrentarnos a nuestros puntos débiles y moldearnos. Marcarnos metas cercanas, amables, accesibles que nos hagan estar orgullosos de nosotros mismos como lo estaríamos de un buen hijo. Juguetear con la vida mientras subimos escalones y luchar por ser cada día alguien a quien poder mirar con satisfacción.




¿Por qué cuando las mujeres triunfan los hombres pueden llegar a ser unos cabrones??? Y cuando pasa lo contrario nosotras nos sentimos orgullosas!!!!

Magnífica pregunta. Y digo magnífica porque resolver el conflicto que envuelve, encierra el secreto que salvaría muchas parejas y matrimonios que se van directamente al desagüe en cuanto uno de los dos (generalmente el que acude a la peluquería con más asiduidad y recibe la visita de su prima “la roja” todos los meses) tiene la fatídica ocurrencia de triunfar.
Sinceramente, creo que tiene mucho que ver con los roles que la cultura occidental y la sociedad nos ha venido imponiendo hasta hace muy poco: el hombre debe llevar un sueldo a casa, convertirse en el sostén económico de la familia y su valía social se mide por su prestigio, sus logros profesionales y sus posesiones. Sí, sé que suena tan estúpido como inútil pero esas son las reglas del juego y así se lo han inculcado a nuestros “machitos” hasta hace bien poco.
Por otra parte, a las mujeres nadie nos quitaba el papel de segundonas cuidadoras de la paz familiar y permanentes animadoras de nuestros maridos/novios/parejas. Tener más libertad equivalía a ampliar nuestras cocinas y que destacásemos en algún área relacionado con la empresa no doméstica estaba… digamos mal visto.

Con ese tierno y adorable bagaje cultural sobre el cogote, no nos extrañe que cuando los papeles se invierten todo el mundo entre en modo pánico. El proceso mental masculino viene a ser algo así:

¿Qué diablos ocurre aquí? ¿Cómo es que es ella y no él (yo) quien triunfa? ¿Comentarán mis amigos y conocidos que ahora mi chica me ninguneará, se colocará los pantalones y empezará a darme órdenes como una posesa? Al fin y al cabo es lo que yo haría si me tocase el papel de triunfador exitoso: mandar, ejercer la autoridad que me corresponde. Y si ella lo hace… yo me convertiré inmediatamente en un calzonazos a la vista del mundo. ¿Nos imaginas en un restaurante si la dueña de la VISA es ella? ¡Qué tormentosa desazón! ¡Qué inseguridad me produce eso de perder el control y cedérselo a otro! Y cuando ese otro es otra… más aún, es ella… “mi ella”… No puedo soportarlo, prefiero deprimirme. ¡Dejadme solo, no estoy pa nadie!

En cambio cuando es él quien arrolla, quien lleva la batuta y se lleva todos los premios habidos y por haber, cuando es ella la que pasa a segundo plano, fila o como queráis llamarlo… no pasa nada. ¿Qué por qué? Porque lo tenemos asumido y aceptado como “normal”. Ellos mandan con la mayor naturalidad; y si llegan alto nos sentimos tan, tan orgullosas, los apoyamos con tanto, tanto ardor y frenesí… que llegamos a olvidarnos de nuestras propias carreras en pro de las suyas.

Afortunadamente esto es generalizar. Y generalizar es equivocarse siempre. Pero si no nos referimos a la mayoría no podremos nunca sacar conclusiones que nos ayuden a avanzar. Cierto es que hay hombres, compañeros de camino maravillosos que se convierten en los mejores apoyos, incluso en la sombra, de sus chicas, y que viven cada peldaño de su ascenso con total felicidad, como si fuera suyo propio. Porque comprenden que en realidad lo son; desearle lo mejor a quien amas es signo de relación y de amor sanos y desinteresados. Tener celos de lo conseguido por tu pareja es una de las manifestaciones de mayor mezquindad que conozco. Pero conste que insisto: en muchos casos, no son ellos por naturaleza los que sienten así, es el empuje de los roles sociales, el malentendido cultural en el que vivimos, donde la igualdad de oportunidades brilla por su ausencia, y el innegable miedo al ridículo ante sus congéneres.





Hala, mañana más, mucho más, con "Las galletas de la suerte". Alicia Perez os sorprenderá :)












lunes, 24 de septiembre de 2012

From my Bonde Mind: Lo que el viento no pudo llevarse, nos lo quedamos nosotros.


Estaba yo el otro día doblando un calcetín (sí, solo uno que el otro se lo ha comido la lavadora, eso sí es de súper glamour, lo que se llama un calcetín de alta costura y pasarela) cuando sonó el móvil y el politono de Madonna me avisó de que alguien llamaba.
“Nanana el tiempo pasa… despacito…nanana”
Se trataba de una amiga a la que hacía tiempo que no veía.
Es una excompañera de trabajo (la de aventuras que pasamos juntas, buenas y malas, y lo que nos reímos y lloramos ¡aing!), ella cambió un uniforme bonito por otro imponente.
Decidimos quedar en Sol, que es donde quedas cuando no sabes a dónde coño ir.
Besos.
 “Que guapísima estás.”
“Tú más.”
 Y con el café de por medio comenzamos con nuestras cosas de nenas: “¿Qué tal tu chico?” “Me come, pero no me duerme; me duerme, pero no me escucha; me escucha, pero no me entiende.” “Seguimos por  la constante del embuchamiento… ellos son así.”

Llegó un momento en que comenzamos  a repasar cuántas de las cosas que habíamos esperado en nuestra infancia se habían hecho realidad y llegamos a la conclusión de que habíamos salido mal paradas.
 Esta nena, muy sabia y pragmática, concluyó:  “La vida es así. No puedes juzgarla por los anhelos ni basar tu felicidad en esa comparativa.”

 La vida hay que vivirla al día, cogiendo las cosas buenas que te da e intentando obviar los marrones y las decepciones.
Ella ponía por ejemplo: “Claro que nadie está contento con su cuerpo, la fisonomía es muy puta. Yo quiero medir un metro ochenta, tener una noventa y cinco de pecho y una talla treinta y seis. ¿Qué pasa? Pues que me jodo, porque eso nunca va  a ocurrir. Pero hay otras cosas que si se trabajan sí pueden llegar a conseguirse y con eso hay que quedarse más que nada porque si no nos volveríamos locos.”

Más razón que un santo tiene la chica y así se lo hice saber. Sin embargo, maticé: “No es lo mismo comprender algo que aceptarlo.”

Aquí comenzamos una larga charla coloquio acerca de la situación actual, del daño que han hecho a nuestra generación, que tan interiorizada tenía la idea del éxito, las expectativas frustradas, la sensación de incertidumbre. No es solo luchar para conseguir algo, sino que además hay que mantenerlo, puesto que de golpe y porrazo aquello que suponías tener asegurado,  puede desaparecer en un plis plas, haciéndote empezar de nuevo y dejándote con una cara de gili que pá qué.
En el periódico contaban el caso de una nena, ex azafata de Spanair que ahora trabajaba en el Carrefour y que con sonrisa de circunstancias sentenciaba: “Es otra forma de ver la vida…”

Conclusión: No hay nada seguro. Ni el trabajo, ni el amor, ni la propia vida si me apuras, hoy estás…..mañana puede que no. ¿Qué nos queda? Pues el carpe diem de la literatura y transcender el súper hombre de Nietzsche ( hay algunos que se han quedado en el camello, porque, hay que ver, absorben más que Bob Esponja), volver a ser un niño (a ratos, claro), reírte de ti mismo, caerte y  levantarte de nuevo, eso y unas birritas con los amigos que es lo mejor que hay para serenar el espíritu. Y que Kant se calle un poquito, leche ( hay que ver la murga que da este hombre, y eso que está muerto).
Ayer veía “La Escopeta Nacional”, un clásico del cine español, que además es una parodia de humor fino de la idiosincrasia de este país, en el que la pandereta se ha podido hacer eléctrica y el flamenco tecnodance, pero que, al fin y al cabo, se sigue rigiendo por los mismos principios de la picaresca y el absurdo que ya predicaba el Lazarillo hace siglos.
Podemos copiar las tendencias que llegan desde París, las modas de Boston o los estilos del Tokio fashión, pero la montera y vestido de faralaes son nuestros aunque nos pese. Mejor saber llevarlos.
Cierro la prensa seria y abro una revista con especial “Zapatohorror” (de meterse con los pies de las famosas) no porque me niegue a ver la realidad, no porque me conforme, sino porque a veces se necesita un respiro y afrontar esa realidad tan real y cruel (con sus dientes y garras y pelos que pinchan) desde una perspectiva más íntima y optimista.
Como diría Escarlata O’Hara ( pero la interpretada por Vivien Leigh, no la del libro por mucho que le pese a Margaret Mitchell y a mi parte de juntaletras):
“—Eso ya lo pensaré mañana.”


Por eso, nenas y nenes (y porque creo que esta semana tengo my blonde mind un poquito peor que de costumbre y ya es mucho decir) os invito, no a la reflexión, que imagino que eso lo hacéis a menudo, sino a todo lo contrario: a que intentéis sentiros un poquito más ligeros y optimistas con respecto al futuro, o mejor aún; con el presente.

No terminéis en Sol, allí donde quedas cuando no sabes dónde coño ir, hablando de aquello que esperabais y se perdió en el camino este que llamamos vida.
Mil besos Vázquez. Repetimos cuando quieras guapa.


 Posdata: Un dato de lo más perturbador. Uno de mis hermanos ha revindicado su derecho a disponer de un día al mes para tener la regla. Alega que, puesto que padece de casi todos los síntomas, debería poderlos institucionalizar con un nombre reconocible.
Farolero.




¡Eh, eh ,eh! No os vayáis todavía. En este link Conie Jett y Regina Roman esperan vuestros votos en la lista de las mejores novelas de Chick Lit. Venga ese click.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Pistoleras


Duelos al sol.
Peleas de salón.
Faroles de vida o muerte.
Chicas de Cancán.
Cabalgadas a pelo más allá de la frontera.

Un tambor de seis balas de lunes a sábado.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Vaya par de Gemela. De platinium, azabaches, y rascarse las pulgas, va la cosa...



De platinium, azabaches, y rascarse las pulgas, va la cosa...







—Te queda... ¿bien?
—Cómo te rías, te mato.
—No, estás... ¿diferente?
—Sí, muy graciosa. Sigue ayudando.
—En serio, te veo... ¿guapa?
—Quieres dejar de una vez la tontería, morena. No vuelvo a ir a la mierda peluquería esa en mi vida. Seguro que lo hizo aposta la guarra esa.
—Anda, rubia, perdón, lima-limón.
—No me jodas, ¿se me está poniendo verde?
—No, es broma. Pero deja el espejo ahí quieto, no te mires todavía.
—No me jodas, no me jodas... ¡me cago en la peluquera y en todas sus tijeras!
—No está tan mal, Cleo. He visto cosas peores. Podrían habértelo dejado naranja.
—Claro, siempre podría ser peor. Ahora solo parece que me he duchado con cloro nada más. ¡Qué tengo el pelo verde, Jean!
—No es verde, es... clorofila desteñida.
—Si sigues riéndote te hago de comer el ordenador. Y no es broma.
—Venga, va. Siéntate, vamos a descargarnos un poco las energías negativas escribiendo la columna de esta noche, hasta te dejo que cambiemos los papeles como lo hicimos la otra vez: tú el poli malo y yo la buenorra, ¿vale?
—Ya, y lo harás por puro altruismo y porque me quieres mucho, no tiene nada que ver con que la jefa te haya metido cizaña con eso de no publicar críticas literarias y solo hablar del unicornio ese que vive en tu lóbulo frontal, ¿no?
—Ves, ya lo estás haciendo. Así me gusta, rubia... verdosa.
—¡Yo quiero mi pelo de vuelta! Mis mechas, el dorado, el rubio, ¡lo quiero!
—A ver, rubia, el color del pelo solo es color nena, nada más. Eres quién eres no porque tengas tirabuzones o mechas californianas. Si ser rubia o morena interfiriese algo a la hora de escribir, créeme, más de una tendría problemas.
—No sigas por ahí, morena. No tengo ganas de discutir eso otra vez contigo...
—Ni yo. Pero, ya que has sacado el tema...
—Has empezado tú.
—Ya que has sacado el tema, y no me interrumpas, creo que tengo derecho a dar mi punto de vista en condiciones, eso es todo.
—Pero si te pasas todo el pajolero día dando tu punto de vista sobre todo, nena. Y sin que te lo pidan además.
—Ignoraré eso porque tienes el pelo verde y no me apetece hurgar en la herida, y volviendo a lo de antes, ¿qué cojones tendrá que ver el culo con los pantalones? Si eres rubia y escribes algo subido de tono ventas aseguradas, si eres morena y lo haces, cuidado, es porque estás más sola que la una y buscas atención, y como no estés buena, mejor ni sacarlo.
—Yo no he dicho eso, lo que dije fue que una cara vende, y si va acompañada de un culo, más, y si encima lo adrezas con textos cargados de hormonas, ya te sales.
—No, no, rubia. Dijiste que, y cito textualmente: si esa fuera morena y no estuviera cañón, seguro no vendería tantos libros cómo teniendo estas tetas y esa melena rubia a lo Pamela Anderson en sus buenos tiempos.
—Si me vas a citar al menos hazlo en condiciones, porque yo nunca utilizaría en una misma frase a la Pamela junto a nada meramente literario. Dije que, y me cito a mí misma, si viéramos la cara de cada escritora antes de leernos un libro, y resultara que fuera guapa, rubia y todo eso, seguro resultaría más atractivo que si leyéramos algo tras ver que su autora es morena, de mediana edad y con juanetes en los pies.
—Cuando te di vía libre para ser cabrona creo que me pasé, rubia-verdosa. Eso ha sido lo más absurdo y con poco gusto que he oído nunca. O sea, que me estás diciendo que si la autora de una novela no está buena, y si su libro es erótico, por poner un ejemplo, ¿venderá menos que si fuera guapísima y follable?
—Yo no lo diría así, pero sí, ayuda, y mucho.
—Cada día me decepcionas más, rubia.
—Anda, Jean, no te me pongas defensora de los pobres y comprimidos a estas alturas del campeonato.
—Se dice “pobres y oprimidos”, rubia que está toda buena y que seguro vendería miles de libros, y no me estoy poniendo en plan defensora de nadie. Solo es que eso no tiene lógica, y además, es de muy mal gusto. Todo hoy en día gira alrededor de vender, eso lo sé, todo es producto, los libros lo son, y por consiguiente, sus autores; producto y venta. Pero eso no quiere decir que si no es un pedazo mujer no vaya a vender libros.
—Ya, entonces me dirás tú que si un tío ve la foto de la típica americana rellenita y llena grasa en el pelo y se pone a leer un libro con tintes eróticos, se excitará igual que si lo escribe la rubia de piernas largas y melena al viento. Vamos, morena, si eres la reina del ácido, ¿de verdad te lo estás haciendo o en el fondo eres así de ingenua?
—¿Te das cuenta de lo arrogante que suenan tus pensamientos, rubia? Yo de verdad no entiendo como en calidad de mujer, lectora, y escritora, que haces tus pinos, puedes llegar siquiera a decir eso. Si un autor o autora escribe bien, da igual la edad, el color del pelo o el género. El que lo hace, hace, no importa si su tinte lleva más o menos agua oxigenada. Y decir lo contrario, es menospreciar a todos los autores, no solo los que no cumplen con los parámetros, sino, también y sobre todo, a los que sí lo hacen. En lugar de que sea una escritora rubia, talentosa y, bien por ella, guapa, la conviertes en sopa de pajillero, diciendo que vende porque está buena, no por lo que escribe.
—No he dicho eso...
—Sí que lo has hecho. Te pondré un ejemplo: Jean Auel. Esa señora, pedazo señora y autora, es fea de cojones, y lo digo desde el cariño, y ahí la tienes, publicando una saga literaria desde 1980, sacando el sexto libro ahora hace poco, y vendiendo como los churros.
—No tiene comparación, morena. Auel lleva escribiendo desde antes de que naciéramos, es conocida y reconocida, si escribe sobre osos cavernarios o mitosis de plantas hermafroditas, la gente le leerá igual.
—Ah, a ver si te entiendo entonces; lo que me estás diciendo es que hoy en día no vendes si no tienes una cara bonita, ¿es eso? Me estás diciendo que, para escritores feos los de renombre, ahora si quieres darte a conocer, o enseñas chicha apetecible, o nada, ¿es lo que intentas decirme?
—Estamos en una era jodidamente visual, Jean, lo quieras ver o no. Lo que entra por los ojos vende, punto.
—Claro, pues a convertir a todos los autores feos en negros literarios y que se busquen una rubia buenorra que les represente. Es que lo tuyo no tiene nombre.
—¿Ves? Por eso no quería hablar del tema contigo, nena. Te lo tomas a modo personal, y eso no es así. Yo solo dije que, para bien o para mal, si entras por ojos, venderás más que si no lo haces, y, lamentable pero es así, hay detalles que entran mucho mejor que otros, como por ejemplo, estar buena y resultar atractiva. Como tu amiga la escritora esa rubia, venga ya, ¿en serio? Es guapa, rubia, y escribe que te cagas, me jode pero lo tengo que decir, pero, quieras o no, antes de que la lean, entra por lo que entra.
—Sí, o tu nueva amiga la escritora esa morena, ¿no? Lo mismo le da erótico que terror o que hablar de vampiros. Anda, perdona, pero si no es rubia.
—No mezclemos trigo con centeno, nena.
—¿Y por qué no? A ver, tu morena escribe lo mismo que mi rubia, entonces, por tu lógica, mi rubia tendría que vender más y tu morena chuparse el dedo, y tengo entendido, que ambas son la caña y los que las leen lo hacen y punto.
—Mira, sabes qué, no vamos a salir de eso si seguimos así. Yo solo digo lo que pienso y veo, y todo entra por los ojos. Ya sea por la portada o por lo que está en el solapa. Así funcionan las cosas hoy en día, Jean. Soy realista.
—Ya, lo que sí es una pena, es que hayan personas que realmente piensen así hoy en día, que vean el envoltorio antes de probar la chocolatina, y si no brilla, pues, mejor no me la como. Es triste. Todo ello resulta triste. Mi unicornio se ha puesto triste. Y eso es inconcebible. Ya no quiero hacer ni reseñas ni leches. Me voy a la cama.
—Joe, morena, no te me pongas así. Si entiendo lo que dices, y no he dicho en ningún momento que no tengas razón, todo eso apesta y somos unos malditos consumistas de lo que entra bien por las retinas. No dije que esté bien, solo que es un hecho.
—Y yo lo que te digo es que lo triste no es que sea un hecho, sino que hayan personas que lo conviertan en tal. Me voy a la cama, yo y mi unicornio nos vamos a leer algo de Stephen King, que por cierto, es feo de narices.
—Bueno, yo me quedaré aquí mirando a ver en google si hay manera de arreglar ese estropicio verde que me han hecho antes de mañana por la noche.
—Llama a tu amiga la morena, lo mismo tiene algún hechizo vampírico para que se te ponga el pelo rubio otra vez, o no, que ya sabes, cómo está muy buena y eso de escribir no es para ella porque no es rubia, lo mismo se me hace peluquera y te ayuda.
—Muy graciosa, morena. Anda, iros a la cama que se nota que tienes el unicornio deprimido.
—Y qué conste que no pienso comprar ni un libro más de ningún escritor que esté meramente guapo.
—Ya, y lo mismo dirán los que no ven una película de Brad Pitt o de la Jolie. Mejor nos comemos al De Niro.
—Lo del cine lo dejamos para otro día. Total, con eso no hacer las reseñas literarias me da a mí que nos van a despedir, así que...
—Curriculun con fotos, morena, importante.
—Mejor oír eso que ser sorda, rubia-verdosa....

***





Y el lunes seguimos con From my Blond Mind

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jueves, 20 de septiembre de 2012

Encuentro en tacones. Heroínas y Barbie-túricos (Parte III)

(Primera parte AQUÍ)
(Segunda parte AQUÍ)


PARTE III



Nuestras heroínas tenían problemas, mucho más grandes de lo que se imaginaban, sabían que Connie era lo suficientemente fuerte y poderosa como para que no le pasara nada grave, pero la presencia de Yalcaláh ponía en peligro su seguridad.
Mientras Karol se concentraba en ponerse en contacto con ella, frustrada, pegaba puñetazos a una de las puertas de entrada. Jamás había estado durante tanto tiempo sin poder usar su don, siempre sabía dónde y cómo se encontraban sus amigas, ella era capaz de hablarles telepáticamente; verse impotente la estaba volviendo loca.
En cambio, Regina, había caído en una especie de catarsis, dentro de su cabecita bullían infinidad de preguntas, las posibles respuestas que imaginaba eran desalentadoras. Estaba preocupada por So e Irene, y eso la tenía fuera de combate.
Alicia era la más activa en aquellos momentos, no paraba de buscar un punto débil a la gran mole de acero que era la central hidroeléctrica, normalmente no tenían problemas en conseguir tirar cualquier puerta abajo, pero por algún extraño motivo, no conseguían penetrar en la fortaleza metálica.
So, por el contrario, estaba preocupada. Viendo el estado de sus compañeras, se acercó a Irene y le dijo al oído:
— Sé lo que estás pensando, prometo que no contaré tu secreto, si así lo deseas.
Irene levantó la cabeza que, hasta ese momento había permanecido concentrada en buscar una solución, pero aunque sabía que podía confiar en So, también era consciente de que su misterioso pasado le terminaría pasando factura tarde o temprano. Había llegado el momento de tomar una decisión, algo que cambiaría la vida de las personas que más amaba.
— Encontré una fisura en la parte noroeste, creo que entre todas podremos entrar…— intentó decir Alicia. 
La voz de Alicia se ensordeció a causa de un silbante sonido, un ruido estridente y agudo que se clavaba en los tímpanos de nuestras heroínas, haciéndoles caer al suelo de rodillas mientras se tapaban las orejas con las manos. 

Un inmenso agujero, de un color morado oscuro, se instaló sobre sus cabezas; de su interior empezaron a salir extrañas criaturas aladas, con dientes puntiagudos, manos engarfadas y cuerpos llenos de manchas. 
Los monstruos arremetieron contra ellas, sin dejar de emitir aquellos chillidos horribles.
Karol fue la primera en reaccionar, gritó a sus amigas por encima de aquella lluvia de sonido. Todas se pusieron en guardia. Alicia fue la primera en sufrir el impacto de aquellas cosas venidas del infierno. Uno de aquellos seres descargó un fuerte golpe sobre la morena, no le dio tiempo a continuar con el ataque, cuando fue ensartado por una certera flecha que le traspasó la cabeza de lado a lado. Irene se acercó a Alicia, ayudándola a ponerse en pie.
— ¿Estás bien? — Preguntó la rubia.
— Sí, no te preocupes, me ha pillado desprevenida, pero van a necesitar algo más que un empujón para deshacerse de mí. Vamos a por esos hijos de puta.
Irene la miró fijamente a los ojos, intentaba comprobar si realmente se encontraba bien o era por tranquilizarla.
— Karol, Regina, Alicia, Irene, posición defensiva, ¡venga, venga, venga! — Gritaba So encolerizada.
El grupo de cinco chicas hicieron un círculo juntando sus hombros, dándose la espalda y encarando los ataques de las “gárgolas” con piel de leopardo.
Alicia comprobó que necesitaba dos estrellas consecutivas que acertaran en su entrecejo, para poder acabar con aquellos bichos. Irene apuntaba al hueco del cielo, destruyendo a los enemigos en cuanto asomaban la cabeza, mientras Karol le daba cobertura en las distancias cortas con su espada, cada vez que alguna de aquellas criaturas se acercaba demasiado. Regina tenía algún que otro problema con el látigo, tardaba demasiado tiempo en estrangular y desollar sus gargantas, por lo que So, la ayudaba acertando en sus cabezas con el arma, cuando Regina los tenía prisioneros.
Las preciosas mujeres eran una máquina asesina infalible y bien engrasada, no existía margen de error, todos sus golpes, ataques y balas, daban en el blanco a la primera. Pero el agujero del infierno sobre sus cabezas parecía no tener fin, escupiendo una cantidad de aberraciones desorbitada, y ellas empezaron a plantearse sí verdaderamente aquello acabaría en algún momento.
— ¡Debemos movernos! — Dijo Alicia, cuando le empezaron a escasear las estrellas ninja de la cartuchera— Será mejor que intentemos entrar por donde os dije antes, lo primordial es rescatar a Connie.
— Está bien, te seguimos. Pero antes… —  contestó Irene al tiempo que sacaba varias flechas de los cuerpos de sus víctimas, necesitaba munición.
Alicia copió a la rubia, y en cuestión de segundos, recuperó gran parte de sus proyectiles puntiagudos. 
Se movían como un solo cuerpo, dando pasos largos y acercándose cada vez más a la supuesta entrada del edificio, cuando de pronto, un haz de luz iluminó el exterior. Al fijar su vista arriba, las chicas palidecieron.

***


Yalcaláh rodeó la urna de cristal con tubos agusanados, dejó que todo el tanque se llenara de un líquido azul, intentando ahogar a la prisionera. En el rostro de Connie, y para sorpresa de la bruja, resplandecía una sonrisa macabra, acompañada de unos verdes ojos fluorescentes que traspasaron el cristal hasta fundirse en la carne de Yalcaláh.
— ¡¿Qué cojones haces?! — Llegó a tartamudear el hombre de la máscara.
Al estar sumergida en agua o cualquier líquido, Connie podía aumentar su poder fuera de aquella mampara transparente. El pecho de la bruja explotó en mil pedazos, dejando el exterior del recipiente salpicado de vísceras y trozos del cuerpo blanco, y ahora deforme, de Yalcaláh.
A aquel asesino le dio tiempo suficiente para esconderse. Esperaba que fuera del recinto, los planes que había trazado con su otro aliado estuviesen teniendo mejor resultado.
— Cariñooo… — gritó Connie usando un tono de voz pasteloso— no te escondas de mí, prometo que te gustará ser parte de mis juegos “eróticos”.

***

Irene comprendió enseguida a qué se debía aquella visita, sabía muy bien lo que tenía que hacer. Empezando por engañar a sus compañeras para hacer el sacrificio por sus vidas.
— Dejadme sola con él, creo que podré solucionar el problema enseguida. ¡Entrad a por Connie! ¡YA! — Ordenó la rubia empujando a sus amigas dentro de la fábrica. 
So y Regina, intentaron oponer resistencia a la orden, pero al fin comprendieron que aquella batalla era más personal que otra cosa. En su fuero interno, sabían que Irene no sufriría ningún daño importante frente a aquel ser.  
Ahora, solo eran cuatro las que corrían despavoridas por los largos pasillos de la central, inspeccionando cualquier rincón hasta dar con la heroína secuestrada. Presas del pánico por encontrarla en dificultades.
Cuál fue su sorpresa cuando, descubrieron al hijo de puta enmascarado que les había metido en todo aquel lío, agachado y dándoles la espalda, mientras que pronunciaba en voz baja un conjuro para invocar a otras fuerzas del mal.  
Alicia se acercó despacio hasta él y le dio unos suaves toquecitos en el hombro.
— ¿Nos echabas de menos, guapetón?
Regina lanzó el látigo, apresándolo e inmovilizándolo por los brazos. El enmascarado tenía los ojos muy abiertos y la forma de su boca era una O perfecta, que le daba un aspecto de lo más cómico.  
Karol, sin pronunciar palabra, levantó en alto su catana y se la clavó al encapuchado justo en mitad de la cabeza, produciendo un sonido hueco y acuoso. Cayendo el cuerpo inerte al suelo en el acto, causando un charco rojizo bajo la máscara.
— ¡Connie! ¡Connie! ¿Dónde estás? ¡Contesta! — Gritaba Karol con desesperación, al no verla en la sala.
La rubia, empapada hasta los huesos, salió de detrás de las columnas y se dirigió a ellas con rapidez.
— Esto no ha terminado, ya sé a por quién iban estos capullos y no somos ninguna de las que estamos aquí—. Aclaró Connie comprobando que Irene no estaba con ellas— Rápido, vamos a buscarla, no creo que le quede mucho tiempo.

***


Irene intentaba mirarle fijamente a los ojos, la luz la cegaba, pero sabía que tenía una carta importante escondida bajo su manga, siempre y cuando no le contara quién era la portadora del Shahíd, no la podría hacer ningún daño.
— Será mejor que me lo cuentes todo, puta— insultó el padre de Alicia a la rubia.
— Siento comunicarte que si buscas a tu hija, no puedo ayudarte. Ya no se encuentra entre nosotras. ¿Acaso no te lo dijo Yalcaláh? Ya sé que ella está contigo en todo esto, lo adiviné en el mismo momento en el que vi a tus súbditos salir de la mierda de infierno al que llamas casa.
— Sabes que mi hija me importa poco, por mí se puede morir, pero quiero el oráculo, me pertenece, el Shahíd es mío. Sé que lo cambiaste del cuerpo de So al de ella… ¿de verdad piensas que si la llego a encontrar no se lo arrancaré por ser mi hija? Puta ignorante, aún confías en mi humanidad.
— No, en tu humanidad no confío, pero en tu egocentrismo sí. Si la tocas un pelo, tú morirás. Por suerte o desgracias tenéis la misma sangre.
— ¡Mientes! — Contestó aquel ser con un rugido, que después de transformarse, se aproximó a Irene con su aspecto humano: un hombre albino, alto y fornido de ojos grises.  
— Da igual si miento o no, jamás sabrás quién es. Y si llegara a ocurrir, y la hicieras daño, sufrirías el mismo final, lo quieras o no… ¡ella es tu hija!
— Mmm… interesante sarta de mentiras, pero creo que puedo solucionarlo rápidamente.
El padre de Alicia agarró a Irene del cuello, presionando fuertemente, mientras ella se resistía con todas sus fuerzas. Puso la palma de la otra mano sobre su frente y comenzó a cantar un conjuro de muerte que, pronto desvelaría todos sus secretos, además de causarle la muerte a la rubia.
— ¡Dime quién es la putilla que hace treinta años salió de tu coño! ¡Dímelo! — ¡¿Quién es nuestra hija?!

***

La estrella metálica surcó el aire como lo haría un grácil halcón, entró por la cuenca gris de aquel degenerado y salió por la parte trasera de su cabeza humana. Irene y sus 1.500 años de vida inmortal, cayó al suelo, arrastrada por su antiguo marido, el Dios del inframundo.
Todas las chicas, excepto So, fueron a atenderla; habían escuchado parte de la conversación y aún no podían comprender de qué se trataba toda aquella palabrería.
Connie pidió a sus amigas que se agarraran de las manos, de esa manera podría transportarlas hasta la seguridad de su casa.
Al llegar, y cuando todas estaban reunidas en el salón principal, dijo So:
— Karol, Regina y Connie, dejemos que madre e hija se encuentren al fin, todo el peligro ha terminado y ya es hora de que la verdad salga a la luz. ¿No crees, Irene?
Irene colocó la palma de su mano en la cálida mejilla de una Alicia todavía aturdida y con un poderoso oráculo, llamado Shahíd, dentro de su cuerpo.

FIN






 Y mañana no te puedes perder a....