Mostrando entradas con la etiqueta hallowen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hallowen. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de octubre de 2012

Galletas de la muerte: Los otros

Galletas de la muerte: Los otros


Como casi siempre, mi idea inicial era otra. Iba a inventar la historia de por qué nuestra chica de los domingos no se ha estrenado aún. Así mataba dos pájaros de un tiro: cedía a las docenas de preguntas que por privado me hacéis al respecto, y me quitaba la entrada de Halloween sin mayores problemas.

Pero no está bien. En las habituales Galletas de la Suerte, yo cuento la verdad. Son galletas autobiográficas o, por lo menos, basadas en hechos reales. Y me gustaría que siguieran así. Para contar cuentos tengo el espejo, mi blog, la oficina, las reuniones familiares... Cuando la historia de la multifirma empezó yo me dije que le echaría un par de tacones al asunto y que hablaría de mí.

No es que yo sea la niña del exorcista -salvo que me toquen las narices a base de bien-, así que no me las he visto con más demonios que los que trabajan en los bancos, las operadoras de telefonía y los vendedores de enciclopedias. En cambio hay algo que solía pasarme: veía cosas.

Uno nace con la sensibilidad de “ver” o la desarrolla. Yo me empeñé mucho en ver. Me movía en ambientes en los que se hacía necesario gozar de algo que te distinguiera de los demás, así que decidí que vería. Tras tomar la decisión me puse a mirar. Así de simple: miraba la oscuridad, las esquinas, la televisión apagada, los callejones. Miraba hasta quedarme bizca. Y tardé años en ver algo que nadie más veía.

Al principio creí que se trataba de sugestión: tanto fijar la vista en los rincones oscuros, creía que había bichos por todas partes. De ahí a sentirme observada no medió un paso. Desde el primer momento en que noté que unos ojos se me clavaban a la espalda sin dejarme n a sol ni a sombra hasta que vi mis primeros muertos reales no debió de transcurrir ni un mes.

La primera vez que vi algo de verdad, algo casi tangible –con la tangibilidad que pueda tener un fantasma, claro está- fue en Ayllon. Había salido con mi novio de entonces a dar una vuelta por las tierras castellanas. Nos pilló la noche en ese pueblo pero, como anochece tan ytemprano en invierno, decidimos arriesgar un paseo vespertino a la luz de las farolas. Vimos un cartel que señalaba unas supuestas tumbas visigóticas y allá nos dirigimos. Porque una noche en la meseta sin visitar una buena tumba visigótica no es nada.

Ya de camino la cosa se puso fea. A mí me empezó a pesar el pecho y Víctor, no sé si de motu proprio o porque notaba mi inquietud, se puso nervioso. Nos dimos de bruces con los cimientos o el contorno o lo que fuera de un  edificio que con aquella luz inexistente no supimos identificar. Casi nos morimos del terror. Un terror inexplicable que nació de mis latidos acelerados, de la oscuridad y de nada más. Salimos de allí, buscando el cobijo del haz de algún farol y entonces les vi. Un ejército completo, en formación en lo alto de la colina que domina lo que es hoy la plaza del pueblo. Pero no un ejército regular. Algunos soldados había, y un caballero que parecía el líder, pero el grueso de la soldada lo componían campesinos y artesanos armados con sus horcas y sus utensilios. Los vi como el que ve una película. Perfectamente definidos en frente de mi.

Salimos del pueblo más rápido que unos que llevaban mucha prisa. Aún hoy cuando paso cerca, me recorre una especie de escalofrío.

Una vez visto eso, no hay monumento histórico que no visite con los ojos mentales bien cerraditos. Los muertos no parecen peligrosos, pero nunca se sabe.

Sin embargo, la mejor experiencia halloweenera de mi vida no fue esa. No. La mejor ocurrió cuando me compré mi casa. Y tampoco voy a ahondar en las cláusulas de mi préstamo hipotecario, porque ese es un miedo común que no se circunscribe a ninguna fecha concreta, sino que nos asalta a muchos allá por el final de cada mes.

Cuando compré mi casa vivía con Víctor, que jugaba con cierta frecuencia a juegos ruidosos de ordenador hasta altas horas de la madrugada. Yo tengo el sueño muy ligero y un mal humor que también asusta mucho. Sobre todo cuando va acompañado de malos pelos y ojeras por falta de descanso. Solía acostarme antes que él y, si había suerte, me quedaba dormida más o menos enseguida. En fin, quien dice dormida se refiere a ese estado de duermevela tan asqueroso, que no sabes si oyes cosas o estás soñando o qué pasa. Ya sabéis, cuando estás lo bastante dormido como para creer que estás subiendo una escalera y lo bastante despierto como para sentir el vértigo de un tropiezo.

Durante esos intervalos yo oía cosas. Sobre todo oía pasos que iban desde el salón donde mi ex jugaba a sus cosas de matar elfos de sangre y taurens con malas pulgas hasta más o menos la puerta de la cocina, que cae como a 50 cms de la cabecera de la cama y justo en frente del baño. Los pasos se quedaban ahí y no iban a ninguna parte. Las primeras veces pensé que, bueno, a lo mejor Víctor había ido al baño y se había vuelto luego al salón. Yo no me habría enterado porque como estaba medio para allá y medio para acá…

Hasta que una noche, después de que los pasos se quedasen en el lugar habitual, abrí la puerta de la habitación y pregunté en voz alta:

- ¿Has vuelto?

Pero no. Yo estaba sola y el hombre de la casa en su partida de rol semanal. Cerré la puerta, me metí debajo del edredón y otra vez los pasos pasillo arriba y ¡Oh sorpresa! Esta vez también pasillo abajo. No volví a preguntar ni a salir. Y ya de mañana, cuando mi adalid y defensor giró la llave en la cerradura casi me da un síncope.

Viví así durante tres años, más o menos. Hasta que decidí, igual que había decidido ver, que aquello se acababa. Me empeñé muchísimo en cerrar los ojos, en que si no podía tocarse era que no existía y poco a poco los sonidos desparecieron. Igual que desaparecieron los espíritus de los cementerios judíos –el de Toledo está preñaíto, lo juro-.

Estoy segura de que por mi casa siguen paseando los tres fantasmas que identifiqué, pero yo ya no les oigo, ni les siento. Y no sé si es una pena o no. Sé que duermo mejor, que estoy más tranquila. Pero bueno, a lo que vamos. La moraleja de hoy: uno puede conseguir lo que se proponga. Lo que sea, si se pone a ello de verdad. Y eso de que tengamos cuidado con lo que deseamos porque puede hacerse realidad tampoco hay que tomárselo muy en serio: basta con desear que desaparezca y ¡chas! 




Y mañana encuentros en la tercera fase con Irene Comendador!!!

lunes, 29 de octubre de 2012

From my Blonde Mind: Vestida para Asusta


No soy yo muy de tradiciones yankis.

Y lo que celebramos como Halloween, hoy en día, es una tradición yanki. Porque los imperios son imperios gracias a su capacidad de universalidad sus usos y costumbres,  no por la fuerza de las armas, sino por su atractivo comercial.

Los yankis son muy buenos en eso.

Otro imperio, Roma, asimiló las celebraciones de los pueblos celtas que conquistó y las modificó como las festividades dedicadas a la diosa Pomona. Hay que recordar que en el Mundo Antiguo las celebraciones estaban asociadas a hitos importantes para los pueblos agrícolas y el Samhain era la fiesta de la cosecha.

Del Samhain original no queda mucho. Para los Druidas la «Noche de los Espíritus» no era algo malo, era un momento de reencontrarse con los ancestros. Hay que entender que para la religión druídica, la «Tierra de los Espíritus» no tenía las connotaciones de bueno y malo del «Cielo e Infierno» judeo cristiano”.

Justamente, la tradición del cristianismo en esta celebración tampoco hace referencia a la apertura entre mundos que se presupone. El «Día de Todos los Santos» era una conmemoración de recuerdo hacia los mártires que murieron por la fe.

Volviendo a los orígenes paganos de esta historia, en la noche del 31 de octubre no solo las almas de los antepasados podían caminar con libertad por el mundo. También lo hacían otros entes malignos.  Fantasmas, duendes o diablos que, de localizar a un vivo, podrían inflingirle mucho mal si este no les satisfacía con la tradición de «truco o trato».

Así que podías hacerte pasar por uno de ellos o sobornarlos.

Pero Halloween tiene su aquel, pues su raíces célticas no han muerto del todo y menos en esta España nuestra que, siendo de todo, también tiene su puntito celta.

Lo que más mola de Halloween es que es una excusa perfecta para disfrazarse.

A mí me encantan los disfraces. La vida se vuelve plana sin los trucos de las sombras, el humo y los espejos.

¡¡Pero lo más importante es que te puedes vestir de furcia y nadie te lo va a reprochar!!

Sí, porque un disfraz puede ser lo que quieras, pero yo mantengo que tiene que ser sexy. A ver ¿para qué te vas a  disfrazar si no es para resaltar lo mejor de ti misma?

Lo que pasa es que volvemos al condicionante de ser nena y resulta que Halloween cae en unas fechas de frío y agua que acabas acatarrada (más cuando te has metido tres copas y te crees que todo el monte es orégano) eso sí, las fotos luego molan un montón.

Partiendo de la premisa de que vas a estar helada la mitad de la noche y que los pies te van a doler cosa mala por los tacones, vamos a ver los disfraces típicos: 

Vampiresa: perfecto para utilizar esos corpiños chulos que te compraste y nunca te pones. Te van a estilizar la figura y subir las tetas. Lo ideal es combinarlos con una falda larga, a poder ser con aberturas laterales que dejen ver las botas altas con tacón. Todo en negro. Las vampiras son muy golfas, así que puedes complementarte con medias de medio muslo, guantes y toda la parafernalia que quieras. Imprescindible el maquillaje blanco y los colmillos de pega (los tienes que poner bien, no sea te acabes tragando uno con el ron).

Bruja: muy parecido al anterior, pero tienes que llevar un gorro; de bruja claro. Lo de la bruja fea y llena de verrugas no lo veo yo, no, pero te puedes maquillar en verde para quedar un poco tétrica. La escoba es buen complemento pero acabarás de ella hasta el moño a mitad de la noche.




Diablesa: Muy bueno porque te sacará del luto y te permitirá vestir el siempre llamativo rojo (este color además suele quedar muy bien). Puedes atreverte con todo, que las súcubos no tienen límite y meterte en un body bermellón tipo gimnasta, medias de rejilla, taconazos y los imprescindibles cuernecitos. A mí me gusta mucho el detalle de un buen rabo terminado en punta pero yo soy yo, y eso…

Zombie: Super popular y de moda. Aquí te puedes poner lo que quieras, lo importante es parecer un extra de un anuncio de la DGT. Mucha sangre y vísceras por todos lados. Es sabido por todos que para ser zombie no puedes morir placidamente en tu cama sin marcas de trauma, no, no, no. Además no tendría gracia. Ventajas: no hay que invertir en vestuario. Inconvenientes: todo lo que no te gastas en ropa, lo harás en maquillaje.

Enfermera del «Silen Hill»: Este me encanta, porque las enfermeras del «Silent Hill» tienen cara de monstruo pero unos cuerpazos de infarto. Para eso necesitas una bata blanca (muy, muy, muy corta) y una cofia. Las llenas de mierda (para esto te la puedes poner cuando friegues la cocina y así te cunde el día, guapa) y hala, ya estás apañadita.

Fantasmas varios: De entre todos los mencionados, el de fantasma, quizás sea el más socorrido y versátil. ¿Por qué? pues por una razón muy sencilla: te da rienda suelta a sacar del baúl cualquier cosa que te apetezca. Que tienes un bonito vestido de época, pero  tus amigos son un poco sosainas y no les apetece vestirse de cortesanos de Luís XVI. Sin problema. Soy el espíritu de María Antonieta que vaga sin descanso en busca de una tienda de chinos en la que comprar Super-glu para pagarse la cabeza al cuerpo de nuevo.
Que no tienes ni repajolera idea de qué disfrazarte, pero te sobra ropa vieja del gimnasio. Nada, Nada. Eres un pobre incauto al que no avisaron de los posibles efectos secundarios de las posturitas avanzadas de la clase de pilates. Todo rematado con un poquito de maquillaje, por aquello de la palidez post mortem, y a tirar.

Momia: Este presenta algunos inconvenientes aunque también grandes ventajas. Es la última frontera. No necesitas ropa, ni maquillaje, ni peinado. Nadie tiene porque ver tus ojeras o granos, o incluso a ti misma. Solo necesitas muchos rollos de papel higiénico, paciencia, y a enroscar se ha dicho. Eso sí, no te quejes si algún perrillo por la calle se encapricha de ti y decide tirar de tus vendas (recomendable llevar en el bolso un par de rollos de repuesto).Y a disfrutar.

Ya cualquier otra cosa es salirse del contexto festivo. Hay mejores ocasiones para sacar la combinación de doncella francesa, el atuendo de gatita mimosa o eso de cuero y hebillas que no tapa nada y no sabes muy bien para qué sirve (bueno, sí lo sabes, sí).
Todo esto para que las almas de los muertos que rondan la mágica noche del 31 de octubre no se te lleven. Porque diréis: Con eso que dices que nos pongamos no das miedo.
¿Qué no? Esperaos a que me termine la tercera copa y me decís si doy miedo o no.
Feliz Halloween nenas y nenes.




Mañana, muchos sustos con Regina Roman. La Mota Rosa sin maquillaje, sin peinar y sin depilar ¡Espantoso!

domingo, 28 de octubre de 2012

Halloween.




Karol: -Joder, rubia, esto no era así.
Regina - ¿Qué pasa?
Alicia:-  So, que mira lo que ha colgado para el Halloween.
Regina - ¿Qué pasa?
Irene: -Molar mola, están para darlas un «bocaó».
Regina: - ¿Qué pasa?
Connie: -Lo importante, chicas, es que estamos juntas.
Regina: - ¿Qué pasa?
So: - A mí no me jodaís. Quedamos que algo especial para el «Helloween», algo de monstruos. Si metes monster girls en el google salen estas. Así que yo he cumplido.
Regina: - ¿Qué pasa?


Especial «Helloween» en Con un Par de Tacones. Del lunes 29 al sábado 3.
Dolores premenstruales. Migrañas fastidia polvos. Carreras en las medias. La línea del bikini mal hecha. Potito en el cuello de la blusa blanca recién lavada.
¡¡Todas esas cosas terroríficas y más sucesos de mucho horror y miedos!!
Os esperamos.
Regina: – Aaaah. Vale.