Estoy pensando en Leryn Franco.
Algo que me sorprende porque la
Franco y yo nunca hemos tomado café juntas ni creo haber
coincidido con ella en ningún lado. Pero vete tú a saber, que yo sin lentillas…
Por otro lado no creo que ella sepa de mí, además va de super morenaza racial y
yo de rubia icónica. Agua y aceite.
A mí Leryn franco no me gusta. No me gusta
como modelo ni me gusta como atleta pero su nombre me ha dado que pensar porque
muchos medios se han hecho eco de su existencia, y no por ser una top de la
pasarela a nivel de las míticas Campbell o Schiffer ni de las que llegarán a la
misma entronización inmortal como la Refaeli o la Ambrosio. Tampoco
porque sea una number one en lo de tirar la jabalina cual Diana cazadora, que
es por lo que ha ido a estos mal llamados Juegos Olímpicos representando a Paraguay.
Está en el puesto cincuenta y uno de esta modalidad.
En Londres 2012 ha habido muchas bellezas
que han competido en lucir, junto a los diminutos atuendos deportivos, muestras
de auténtico estilo en maquillaje, peinados o manicura. Hay mujeres dignas de
books de fotografía e, incluso, de pasarela, entre las atletas. Con gran
talento para exponerse además. Todas podemos estar divinas en una sesión de
estudio pero muy pocas saben y pueden, quedar bien empapadas en sudor después de
correr los quinientos metros obstáculos. Yo, de momento, estaría vomitando los
pulmones y poco preocupada por el aspecto de mi pelo.
Muchas de estas chicas, algunas
casi niñas, ya han llegado a lo más alto de su carrera de esfuerzo corporal y
diario, muchas no tendrán otra oportunidad en las clasificaciones ni podrán
optar a becas que las permitan seguir viviendo de la pista, el tatami o la
arena.
Por eso ha habido en Londres
tanto short, tanto top y bra, tanta sombra de ojos y recogidos de ópera y tanta
depilación integral. La vida de una
modelo es efímera pero la de una deportista de élite mucho más.
Leryn es ambas cosas y en ninguna
de las dos destaca. Su físico es enorme, casi hombruno, y la belleza de sus
rasgos se basa en lo anguloso de los mismos que siempre quedan bien en la
cámara, a pesar de tener una nariz tuberculosa. Lo más bonito; sus ojos obsidiana
y un pelo cuidado por profesionales.
Pero el gesto osco de la pasarela,
lo ha trasladado al triángulo de cal de
lanzamiento, ha llevado un poquito de su paso de catwalk a los vestuarios y por eso las revistas y periódicos
han incluido su nombre en su aburrido espacio de verano. Parece que una mujer
no puede hacer dos cosas a la vez.
La modelo paraguaya ha dado al
resto de deportistas una salida, no nueva claro, que la “Sport Illustrated” ya
marcó una vía de escape con sus portadas desde los gimnasios a los estudios,
pero muchas han intentado subir a su estela de perfume caro, de firmas y de casas
con glamour porque en la moda estás muerta con treinta años, pero en la villa olímpica,
con veinticinco, eres un cadáver descompuesto.
Y lo saben, todas ellas, por eso
ese baile tan sexy de Michelle Jenneke ante la prensa o esas miradas lujuriosas de Darya Klishina a los objetivos. De ahí que la
coquetería, que el sexy sport costume, haya estado a la orden del día, los
colores de las banderas han quedado relegados ante los tonos de moda y muchos
de los records y marcas, creo se han dejado un poco de lado a cambio de poder lucir esas piernas espléndidas
gracias a la media maratón habitual o una línea alba de infarto trabajada todas
las mañanas.
Si no hubiera quedado ya ridículo,
creo que se habrían visto los stilettos imposibles de Nike sin recato para con
Atenea.
Yo he subido a la pasarela un par
de veces en mi vida y mis ejercicios se basan principalmente en salud y estética,
alejados de dejar huella en los logros físicos. Nunca me ha llamado ese mercado
de la carne que simbolizan ambos campos.
Para mí son lo mismo y aunque los
medios, que siguen con la cantinela del Quinto Poder cuando no tienen poder ni
para mantener su veracidad y credibilidad ante el público, se empeñen en
glorificar el deporte sobre los trapos, este evento me ha demostrado que no estoy
demasiado equivocada en mi afirmación.
No me han gustado estos juegos,
no me ha gustado ver a las chicas pelear por el vil metal y al tiempo por una
foto que las lleve al catálogo de alguna marca que las utilice como imagen. No
creo que ese fuera el espíritu que se quería trasmitir en Olimpia hace tantos
siglos para homenaje y reverencia del más conocido de los hijos de Alcmena.
Así que, sin duda, me quedo con
los focos, los ventiladores efectistas, los backstages de última puntada e
histerias, las sesiones de doce horas con fotógrafos gritones, el capitone y
cristal bordado. No por el glamour, no, simplemente porque lo veo igual de
trivial pero más sincero.
Mañana Regina, la Roman se pone a vuestra disposición en "La Mota Rosa".
De bajas médicas, unicornios y cafés, va la cosa...
—Lo digo enserio, en ocasiones pienso seriamente que nos han cambiado en la maternidad. Lo tuyo no es normal, morena.
—Tienes razón, nos han cambiado. Yo tengo opinión propia mientras que tú viajas con la corriente, ahí, dale que te pego en el mismo rumbo que los demás... eso sí que no es normal.
—Yo no voy en ninguna corriente ni nada de eso; el que me guste lo mismo que a la mayoría no hace que mi opinión valga menos que la tuya...
—Bueno, que se me pone en plan ofendida a estas horas. Perdona, rubia mía, no quería herir tus sentimientos. Sabes que te quiero.
—¿Qué has dicho?
—Que... “perdona si te llamo amor”...
—Qué graciosa eres, ahí te quedas...
—Venga, va, en serio, lo siento. No me dejes aquí sola, anda...
—La rara eres tú, una mujer a la que no le gusta el romance y las historias de amor, cuentos de hadas modernos hechos para enamorar el corazón y el alma... solo sangre, y muertos, y muerte, y cementerios de animales y... ahí tienes el resultado: al final acabarás como uno de ellos.
—Hostias, es más grave de lo que pensaba. Lo siento, rubia, pero creo que lo tuyo no tiene cura. Y te lo dice la que está en una camilla de hospital.
—Yo paso de hablar contigo hoy. Estás más cabrona de lo habitual, y eso es decir mucho de alguien que se pasa las veinte horas que está despierta siendo una mala pécora hasta con los huerfanitos de la calle. No sé si será toda la medicina que te han metido, pero te superas a ti misma.
—No, si al final sí va a resultar que te he ofendido de verdad. Hasta con comparaciones rebuscadas me atacas. Y que conste que aunque me hubiesen aplicado el doble de analgésico, seguiría teniendo el suficiente sentido común como para no ser fan de un tipo que escribe historias de amor para niñas aburridas con príncipes azules más desteñidos que pantalón de los ochenta. Joder, qué colocón tengo. Recuérdame preguntar que lleva eso que me han enchufado. Camarero, que sean dos para llevar.
—El que no me guste el dichoso King este del que tanto halabas, no hace que mi gustos sean malos... y deja ya la vía, tía, que la enfermera te la ha puesto dos veces, al final acabarás como un colador. Es que eres peor que un niño pequeño cuando te pones mala, más mala de lo habitual, digo.
—Oh, no... no, no, no, y no. Puedes atacarme como quieras, pero a mister King, ¡ni tocarlo! Ahí tendremos un problema. Obviaré lo que dijiste después, más que nada, porque dejé de escucharte tras lo de “acabarás como un colador” por culpa del unicornio ese que se sentó a tu lado, así que perdí el hilo de tus pensamientos. Pero a lo que importa: a mi King, ¡ni tocarlo!
—¿Unicornio? Creo que voy a llamar al médico. Lo que sea que te hayan puesto, en lugar de curarte el riñón te está jorobando del todo las pocas neuronas que te quedan intactas tras tanta casquería que te has leído en tu vida.
—¿Casquería? Oh, rubia, rubia... te estás metiendo en terreno pantanoso, no lo hagas... podrías hundirte...
—No te me pongas filósofa en tu estado, morena. Quizás si leyeras algo más lleno de colores de vez en cuando, no serías tan amargada y apreciarías la belleza de las pequeñas cosas.
—Otra vez me perdí nada más oír no sé qué lleno de colores... dile al unicornio que se calle, que así no hay quien te ponga atención...
—Stephen King está flipao.
—Tienes ganas hoy, heim...
—¿Ves cómo sí me oyes? Y no me apuntes con el dedo ese con esa cosa ahí pegada y parpadeando, no me das miedo. Puedo correr, tú no.
—Ya veo que hasta que no lo hagamos no pararás, ¿verdad?
—Los compromisos son los compromisos, morena. ¿No te has leído la letra pequeña? Te la cito textualmente: Con o sin tacones. Hasta que la muerte te impida hacerlo.
—Sí, llama al médico. Tú sí que estás flipada.
—Morena...
—Rubia...
—Jean...
—Cleo...
—Tú...
—Yo...
—Para...
—Sigo...
—Nena...
—Dime...
—No...
—¡Nemo!
—¡Ah, me desesperas! Desesperación la que me das tú a mí, la novela esa del King de las narices no tiene nada de desesperado en comparación contigo.
—Espera... que me ha entrado flato...
—Eso, ríete todo lo que quieras. Cuando venga el doctor y te mande a casa porque te vea así de contenta, te quejarás a mamá por skype de tus dolores, pero a mí ni me busques.
—Lo siento, rubia, de verdad... ¿qué has dicho de... Oh, no habrás sido capaz de hacerlo...
—¿Que qué dije de la novela esa? Pues eso, te lo resumo: Desesperación es una historia sin pies ni cabeza, pasando por una mina de chinos, a no sé que de marihuana en un paquetito, con más sangre y casquería que la primera versión del “Amanecer de los muertos vivientes”, con un niño petardo con poderes del más allá, y por supuesto, el culmen de la originalidad en las novelas de Stephen King: el protagonista es un escritor fracasado. ¡Eso sí es original, hombre!
—Creo que ya no quiero la medicina esa que me están poniendo. Llama a la enfermera, rubia, que me quite eso. Tengo alucinaciones, acabo de oír como hablas mal de un libro con los argumentos más ingeniosos y sarcásticamente dulces que he oído nunca. Si no fuera porque has firmado tu sentencia de muerte al hacerlo utilizando como blanco al intocable sobre los intocables, estaría muy orgullosa de ti ahora mismo. Mi niña ha crecido, qué momento tan hermoso.
—Yo también sé ser mala, morena, la diferencia entre tú y yo, es que yo pienso antes de hablar. Te falta un filtro entre el cerebro y la lengua, te puedo prestar un par si quieres...
—En serio, quitarme la medicación esa. Juraría que veo una versión rubia de mí misma...
—Bueno, me voy a por un café, ahora vuelvo, no te vayas a parte alguna, heim...
—Estás que te sales hoy, rubia. Si no estuviera medio grogui te daba un beso y todo por la emoción.
—Ten cuidado, he oído que hay payasos por el hospital, uno de ellos podría ser tu amigo este del pelo rojo y los “baloons” que tanto te gusta...
—Te delatas a ti misma, nena. Si te conoces todas las novelas de Stephen King, deja de hacerte la romanticona y confiesa: te pone el miedo en su justa medida.
—A mí me ponen los finales felices, no te equivoques.
—A ver, escucha: Kiiiiiing... ¿lo sientes? Es cómo oír: Máááááás. En cambio, si te digo: Moooooooccia, ¿qué es lo primero que te viene a la mente? ¡Starbucks! No hay color.
—Voy a por el café, y no se te ocurra decir lo que estás pensando, y de paso les envío un email a nuestra jefas, que hoy no estás en condiciones de hacer críticas literarias ni leches. Bueno, nunca lo has estado, pero hoy...
—Diles que no se preocupen, en cuanto que me traigan la cuenta, pago, me subo al unicornio, y nos ponemos con la crítica del día. Estoy deseando hablar de como ha podido un escritor italiano con apellido de cafeína enamorar a millares de lectores con una historia sobre una muchacha medio tonta que se enamorada del pibe más gilipollas del planeta y que además es un maltratador en potencia. A tres metros sobre el cielo estaba el café con espuma este cuando se le ocurrió escribir una historia de amor basada en dos adolescentes hormonados y que se perdonan de todo porque “se aman incondicionalmente”, espero que se hayan visto las colmillas. Hasta Crepúsculo es más creíble.
—Me voy antes de que te degolle con la cuerda esa para llamar a las enfermeras. Y recuérdame que la próxima vez que te pongas mala, te cuide el unicornio ese que tienes a tu lado.
—¿Tú también lo ves? Lo sabía, si al final somos hermanas y todo...
—Sí, morena, cierra lo ojos y la boca un ratito anda, me voy a suicidar con un café de máquina y ahora vuelvo. Lo que no hace una por las hermanas...
—¡Te he oído!
—Y yo a ti, toda la noche. Estamos en paz.
—¡Sé que me quieres! Y tráeme un moccia cargadito de azúcar, por favor...
—Tú sigue así, cosechando amigos y fans. Si es que...
El lunes seguiremos con "From my blonde mind" de So Blonde ***
Hacía más de media hora que no se
escuchaba nada dentro de la casa, ni voces, ni susurros, ni golpes. Alicia estaba
tranquila y a gusto en la cama, pero necesitaba beber algo fresquito que le
quitara el sofoco de una noche claustrofóbica de mediados de agosto.
Alicia puso un pie en el suelo y,
cuál fue su sorpresa, al darse cuenta de que tenía los tacones puestos. El
golpe seco que produjo el taco metálico en la tarima, la dejó descolocada “¿Me
he acostado con la ropa puesta?” Pensó por un segundo.
Se incorporó por completo y
contempló su reflejo en el gran espejo de su habitación.
— ¡¿Qué coño es esto?!
Parecía que los ojos se le iban a
salir de las cuencas a causa del asombro, tuvo que taparse la boca para no dar
un grito a pleno pulmón.
Frente a ella se exhibía la
imagen de una Alicia cambiada por completo. Llevaba unos tacones plateados y
brillantes, su morena melena estaba adornada con dos coletitas a ambos lados de
la cabeza, y vestía un ceñido mono de cuero rosa con cinturón a juego con los
zapatos, uno de los trajes más provocativos que había visto jamás. Ella no se
había puesto aquel atuendo antes de acostarse.
Se acercó al espejo un poco más,
quería comprobar qué era aquello raro que observaba en su rostro.
— No puede ser, pero… pero… ¡¿Qué
me ha pasado?!
Alicia comprobó estupefacta que
sus ojos habían cambiado, ya no eran esos grandes y expresivos que siempre la acompañaban,
ahora los tenía rasgados, del mismo color pero con una forma diferente.
— ¡Ostras! ¡Pero si soy china!
Salió de la habitación corriendo
(todo lo que podía correr con aquellos tacones de vértigo) y al cruzar la
puerta, descubrió que su atuendo y sus ojos no eran lo único que había
cambiado.
— ¡Chicas, despertad, por favor,
venid ahora mismo! — Gritaba desesperada sin poder mover los pies del suelo,
como si se le hubiesen quedado soldados a la madera.
So, medio zombie y tambaleándose
por el pasillo salió a su encuentro, restregándose los ojos y bostezando
incontroladamente.
— ¿Qué coño pasa? Nena, que
necesito dormir, esta semana será un caos en el trabajo.
— ¡Ay va! Pero, ¿tú te has visto
que pintas tienes? — Decía Alicia a su compañera de piso.
— No recuerdo haberme acostado
vestida, pero no sería la primera vez que… ¡¿Qué cojones es esto?! — Gritaba
So, mientras se tocaba y miraba las puntas del pelo.
— ¿Vosotras también? — Decía en
ese instante Irene que llegaba corriendo y con cara de susto al salón.
So miró a Irene con su pelo
moreno y sus ojos achinados, dándose cuenta en ese instante de que a Alicia le
pasaba lo mismo en la cara y, temiendo que fuese algo colectivo, se fue a mirar
al espejo.
Todas las chicas se reunieron en
la habitación. Todas tenían las mismas pintas: trajes rosados y pelo teñido de
moreno, sin contar que a todas se les había puesto cara asiática.
— Esto no tiene puta gracia, ¿qué
hiciste anoche Regina? — Voceaba So mientras se tocaba los ojos y parpadeaba
rápidamente frente al espejo de la entrada.
— ¿Yo? ¿Por qué yo? No he hecho nada.
La broma del tinte mientras dormíais fue una tontería; menudo follón. Te juro
que estoy tan sorprendida como tú.
— Pues quiero mi pelo exactamente
como antes. Me ha costado mucho dejarme ese color rubio tan bonito. ¡Mierda!
¿Qué leches ha pasado aquí? — Seguía So, mientras intentaba buscar mentalmente
una explicación.
— Oye, pues a mí me queda genial,
estos ojos resaltan mis pómulos y el color moreno de mi pelo no ha cambiado,
pero está más brillante que antes— Contestaba, para sorpresa de todas, Karol.
Las seis amigas deambulaban
taconeando por la estancia, haciendo aspavientos y sin creer lo que les estaba
pasando.
De repente, un golpe fuerte impactó
contra la ventana. Se quedaron paralizadas en el acto y, como por arte de magia,
el ventanal se abrió, dejando paso a una ventisca que las hizo tener que
sujetarse a lo que más cerca tuviesen.
La ventana se hizo cada vez más
grande, arrancándose trozos del marco y la pared, hasta que todo el panel salió
despedido por los aires, succionando también a las seis mujeres que, con
aquellos tacones, no podían sostenerse y aguantar la fuerza del aire.
Ninguna de ellas sabía qué era lo
que estaba pasando, acababan de ser tragadas por una especie de agujero negro.
Despertaron dentro de una
habitación llena de espejos y carritos con barras de las que colgaban infinidad
de coloridos vestidos.
— ¿Dónde estamos? — Preguntó
Connie, mientras seguía sin creerse lo que reflejaba el espejo de uno de los
tocadores.
— Parece el tocador de una
artista— dijo Regina manoseando los vestidos expuestos y perfectamente
planchados.
— Esto es muy raro chicas, yo
estoy acojonada del todo. Nos han cambiado la cara y el pelo, nos han vestido
como putillas del futuro, y para colmo, estamos encerradas en un sitio que no
había visto en mi vida. ¿Podéis oír la música vosotras? — Preguntó Alicia
mientras intentaba girar el pomo de la única puerta que tenía la habitación.
Nada más terminar de decir
aquella frase, unos golpes en la puerta sobresaltaron a las chicas, y una voz
grave se escuchó tras ella.
— ¿Preparadas? Os quedan cinco
minutos para salir.
— ¿Salir? ¿Dónde? Esto no me
gusta ni un pelo. ¿Qué coño está pasando aquí? — Dijo Irene mientras se
agarraba a Connie de la cintura.
— Tomadlo como un juego, yo es
que me parto de la risa, ¡parecemos las Spice Girl!
Todas miraron a Karol
entrecerrando los ojos un poco más, hasta convertirlos en pequeños arañazos en
sus rostros.
— La Karolita se nos ha vuelto
loca de remate. Miradla, pero si está todo feliz con eso de que nos hayan
secuestrado— decía Alicia, que no dejaba de girar y girar el pomo de la puerta
y dar golpes para abrirla.
— Les voy a poner una denuncia
que se les van a caer los huevos al suelo. ¡Quiero mi pelo exactamente como
estaba antes! — Reivindicaba So toda enfadada.
La puerta del vestuario se abrió
de golpe y Alicia cayó al suelo, dando con el culo sobre unos trajes tirados en
él.
Seis chicos vestidos de traje
chaqueta y guapísimos, las miraban con cara de asombro.
— ¿Todavía sin terminar,
señoritas? Los fans las esperan y si no salen pronto tirarán el escenario
abajo— dijo uno de ellos al tiempo que ayudaba a Alicia a incorporarse.
Alicia se quedó mirándole
fijamente, solo le faltaba el hilo de baba colgando de la comisura. El chaval
era muy guapo y sexy, y ella intentaba recordar cómo era eso de respirar.
Las chicas dejaron las
preocupaciones ipso facto, mientras seguían, sin saber muy bien dónde, a los
modelos de Armani que avanzaban por pasillos largos y estrechos. La música se
escuchaba cada vez más alta, y cada uno de ellos ofreció a las seis amigas su
brazo para salir a escena, juntos y agarrados.
So miraba al chaval que le había
tocado, sin duda un hombre de los que salen en las portadas de las más
estilosas revistas, pero internamente no podía sacarse de la cabeza su cambio
de look. No le gustaba llevar el pelo oscuro.
Connie, sonrojada, intentaba
apoyarse en el hombre para no caerse de los tacones, mientras él le regalaba
sonrisas que escondían otra clase de acercamiento.
Alicia había dejado de pensar
hacía rato, el moreno que le acompañaba la sujetaba de la cintura y le decía
palabras cariñosas al oído, infundiéndole confianza, al tiempo que le
preguntaba mil veces si se había hecho daño, disculpándose por ser el culpable
de su caída.
Regina intentaba no mirar a su
acompañante, sabía que la estaba comiendo con la mirada, pero prefería ignorar ese
detalle. Sabía que no se podría controlar de haber un acercamiento más íntimo.
Irene pasó la mano derecha por la
cintura del rubio a su lado. Él apretó el agarre un poco más y capturó su mano,
deslizándola por la espalda hasta llegar a sus glúteos. En esos momentos, la
estrenada morena, estaba feliz sintiendo la firmeza de aquel hombre bajo su
palma.
Karol sintió el aliento de su
compañero en el cuello y, sin dejar de sonreír, le agarró de la mandíbula y le
plantó un morreo en la boca, que él recibió encantado. Andar de aquella manera
era complicado, pero ella estaba segura de que debía aprovechar el sueño antes
de despertar de la fantasía.
Unos minutos después, todas las
parejas llegaron a un amplio y luminoso escenario, donde los focos cegaban las
miradas achinadas de las seis amigas. La preocupación entró en sus organismos y
algunas de ellas empezaron a recular, dando marcha atrás para no salir a lo que
les esperase allí fuera. La cosa no pintaba bien.
— Mira guapo, no sé qué se espera
de nosotras, pero no tenemos ni idea de cantar, te lo aseguro— dijo Alicia al
hombre que le acompañaba.
— Lo haréis perfectamente, como
en los últimos diez conciertos, ya lo verás. Y cuando termines te estaré
esperando, cariño— el chico le guiñó un ojo y le dio un pequeño beso en los
labios.
Al parecer, su “amistad” era
mucho más intensa de lo que se imaginó Alicia en un primer momento. Alentada
por aquel hombre, sacó pecho y se dirigió hacía sus compañeras, que la miraron
estupefactas.
— Ni se te ocurra decir lo que
estás pensando, guapa— dijo So con cara de pocos amigos.
— ¿Qué? Yo estoy con ella, vamos
a dar caña a esta gente, será divertido— contestó Karol mientras se colocaba
las tetas dentro del traje de cuero.
— Yo no canto ni en la ducha, ¿queréis
que nos tiren piedras o algo así? — Contraatacó Irene mientras seguía
manoseando al chaval.
— Creo que me voy a hacer pis de
los nervios, vámonos a casa, por favor— decía Connie a punto de llorar.
— Chicos… ¡empujad! — Ordenó
Alicia, y los hombres arrastraron a las seis morenas a la pista central del
auditorio.
Las voces empezaron a sonar
solas, y ellas, aturdidas, intentaban seguir con los labios el tono de la
canción. El play back estaba funcionando perfectamente. Nadie se daba cuenta de
que ellas no cantaban; cuando llegaba el estribillo mostraban la cara al
público y alardeaban de entonar correctamente las canciones, en el resto de la
melodía, se daban la vuelta o se ponían a bailar con los chicos, que las
manejaban como a marionetas de trapo por todo el escenario.
Después de cinco canciones, y un
baile muy sensual de Karol sobre una de las plataformas más altas, terminó lo
que les había parecido el concierto más largo de sus vidas.
Se despidieron del millar de
personas que había congregadas, Alicia incluso tiró varias botellas de agua al
público que, exaltados, agradecían el gesto de sus divas.
Los apuestos caballeros las
acompañaron de vuelta al camerino, y tras varias efusivas despedidas por parte
de Irene, Karol, Regina y Alicia, se alejaron prometiendo volver pasada una
hora.
— Le voy a dar a este lo suyo y
lo de su tía— decía Karol mientras se refrescaba en el baño del camerino.
— Si os digo las burradas que me
ha dicho en mío al oído, mojáis las bragas nenas. Además está como un queso, ufff.....—
resopló Irene, que esperaba para usar el baño.
— ¡Que me quiero ir de aquí ya! —
Gritó So.
En ese momento la pared de los
tocadores empezó a temblar, como había pasado en el salón de su casa. Todas
miraban atónitas el movimiento de las luces y el explotar de ciertas bombillas.
El muro se empezó a resquebrajar por diferentes partes hasta formar un agujero
negro que se lo iba tragando todo: los vestidos con sus perchas, los utensilios
sobre el tocador, hasta las butacas que, soldadas al suelo, fueron arrancadas
de cuajo.
Algunas de ellas se sujetaban con
uñas y dientes a todo lo que podían e intentaban avanzar hacía la puerta de
salida, pero Connie y So, las empujaron con fuerza dentro del torbellino, hasta
que no quedó ninguna.
***
Alicia despertó cubierta de un
sudor frío y pegajoso, le costaba respirar y sentía presión en el pecho. Cerró
los ojos con fuerza y en cuanto recordó lo que había soñado, se incorporó con
rapidez de la cama. Estaba vestida con su pijama de ovejitas azules y no
llevaba los tacones puestos, sus ojos en el espejo eran como siempre los había
tenido y, sin poder evitar trastabillar por la habitación, salió fuera para
contarles a sus compañeras de piso lo que había soñado.
Allí estaban ya todas reunidas,
exceptuando a So, que aún se encontraba en su cuarto.
— No os vais a creer lo que he
soñado. ¡Joder! Si es que ha sido tan real que me dan escalofríos.
— ¿Qué, monos rosas y ceñidos
conjuntados con ojos asiáticos? — Preguntó levantando una ceja Irene.
— ¡Ostras! ¿Vosotras también?
— Sí guapa, nosotras también,
llevamos aquí un rato intentando encontrar una explicación. Supongo que tener
sueños en grupo es algo que no pasa habitualmente. Vaya sueñecito que nos hemos marcado— decía Regina mientras
consolaba a Karol, que lloraba sentada en el sillón.
— ¿Y a esa qué le pasa? —
Preguntó Alicia señalando a Karol con el dedo.
— ¡Yo quería mi regalito! Aquel
morenazo de ojos azules me dijo que tenía un regalo para mí. ¡Quiero mi
regaloooo!
— No te pongas así, que ha sido
bastante divertido, además hemos recuperado nuestro color de pelo y forma de
ojos. Está bien como experiencia, pero prefiero verme como hasta ahora. Mi peor
sueño fue la vez en la que me convertí en hombre, con la verga más grande que podáis
imaginar. En el sueño iba al cuarto de baño y no podía hacer pis porque no me
cabía la cosa por ningún lado. Aquello sí que fue sufrimiento… Lo de hoy… echaré
de menos al “melocomoconropapuesta” que me ha tocado.
— Venga chicas, que ha estado muy
bien, una experiencia extraña pero divertida, jaja— rió Regina dando un cachete
en el brazo a Connie, que no había sonreído en todo el rato.
— ¿Divertido? ¡Que quiero ser
rubia! — Gritó So, al tiempo que entraba en el salón, con su forma de ojos de vuelta
a la normalidad, y un esplendido y
brillante color negro en su pelo.
Y mañana viernes no te puedes perder "¿Qué hacer antes de los 30?" Con Connie Jett.
Es lo que hay. Me cae muy mal. Al principio no sabía por qué. Fue verle y sentir un rechazo que me dejó pasmada. No le di importancia. El concierto duró sus dos horas, durante el descanso apenas le vi y la despedida no se demoró demasiado. Fue luego, mientras me deshacía el peinado, ya en casa. No sé si porque las horquillas se me clavaban como alfileres -igual que a Vincent Price los pasos de su invitado en La Caída de la casa Usher- y necesitaba pensar en otra cosa; o porque no me gusta acostarme con la cabeza ocupada. La cuestión es que, una vez suelta la melena sobre mis hombros me acerqué a la cocina, comprobé que quedaba vino suficiente para una última copa y salí a que me diera el aire en la terraza.
Entonces me di cuenta de la primera semejanza. Aquel hombre guapo, pero no lo suficiente; rico, pero no lo suficiente, ingenioso, atractivo, inteligente y divertido, pero no lo suficiente, me recordaba a alguien. Me costó verlo, pero una vez se hubo instalado la idea en mi cerebro ya no la pude sacar de ahí. Y me costó porque la persona a la que me recordaba era una mujer y no se parecían en nada. Apenas en el tono de piel, en unas marcas como de viruela en los pómulos, el deje final de algunas palabras y una inclinación extraña de sus rostros cuando creían que habían hecho un buen chiste. Ya sabéis, esa especie de postura alerta que en realidad solo sirve para alertar al espectador cuando el comediante ha fallado la gracia.
Una vez descubierto el misterio, con la copa a medias y una pereza atroz que me impedía pensar siquiera en la cama, me tiré sobre una tumbona. Mi intención era recuperar las mejores partes del concierto. Me dan mucha pena los niños que ya son expertos en algo a los ocho años o incluso antes, por eso no suelo acudir a sus actuaciones; pero a veces sucumbo al hecho de que realmente son maestros. Supone un esfuerzo importante para mí abstraerme de sus caritas concentradas, desterrar de mi cabeza las horas que no dedican a jugar, la presión a la que se les somete. Me cuento una mentirijilla blanca y me digo que, ya que hacen todo eso, al menos alguien debe aplaudirles. No me lo creo del todo, pero es lo que me digo.
Sin embargo, con los ojos entornados, un tirante del camisón caído y el vino a la temperatura perfecta, me di cuenta de que el hombre al que le había cogido esa manía instantánea se parecía a alguien más. Alguien mucho más cercano a mí a quien prefiero no nombrar. Por no herir susceptibilidades. Proyectaba imágenes de ambos en mi cabeza y me daba bofetones virtuales por no haberlo visto antes. Ambos eran exactamente iguales: estructuraban las frases igual, sonreían con el mismo aire indiferente, el pantalón se movía encima de sus zapatos de manera idéntica. Tanta era la semejanza que me tapé la boca con una mano para ocultar un gesto de sorpresa que, de todos modos, nadie habría visto.
Me
quedé allí un rato más. Contenta de haber descubierto los dos patrones de mi
odio. A ver, contenta... satisfecha, más bien. Más que nada por lo que
implicaba el conocimiento: la tirria que le había cogido yo al buen hombre sin
que él lo comiera ni lo bebiera. Que a lo mejor resulta que era un tío genial,
con una personalidad encantadora, un corazón de elefante y una cartera de
abrigo. Y yo lo había colocado en el estante de tontos de baba, desagradables,
fatuos, estúpidos, serviles, mascachapas porque me recordaba vagamente a dos
personas de las que, con toda probabilidad, ni siquiera había oído hablar.
Una vez en ese estado mental de calma chicha me decidí a
acostarme. Con la conciencia tranquila, sintiéndome una semidiosa porque mi
dosis de autoanálisis fortuito había dado sus frutos y además me había hecho el
propósito de llamar al novio de mi nuevo mejor amigo to be, para pedirle su
teléfono e iniciar una maniobra de acercamiento que limpiara mi karma.
Con una sonrisa en los labios pasé al baño. Me gusta
lavarme los dientes para terminar el día, así que ni me lo pensé: me puse
frente al espejo, alcancé cepillo y dentífrico, me examiné las marcas de
expresión y fue en ese mismo momento que la realidad aprovechó para darme un
bofetón nada virtual. Allí estaba, justo delante de mí. La gota que había
colmado el vaso y me había decantado hacia el lado del asco reflejo cuando me
habían presentado al hombre que no me estaba dejando dormir: mi modo de
entornar los ojos cuando me concentro.
Me pone de los nervios desde que tengo uso de razón.
Quizá desde antes. Me da la sensación de que se me achinan y que en lugar de un
aspecto deliciosamente oriental ponen de manifiesto mis mejillas regordetas.
Cosas de la infancia. Se me resbaló una baba de pasta de dientes hasta el
lavabo mientras me examinaba en busca de más coincidencias con el extraño
personaje al que ya no podría odiar sin saber que me estaba odiando a mí misma.
No encontré ninguna, pero llevo desde aquella noche
preguntándome por qué me caen mal algunas personas y bien otras. Sería la
música, que eleva el espíritu, porque no lo he vuelto a ver tan claro; pero aún
así, cuando alguien me provoca unas ganas inmediatas de echar a correr en la dirección
contraria me pregunto qué hay de mí en ella o él que me gusta tan poco como
para que la vida me lo muestre reflejado en otra persona.
Me gustaría saber
¿por qué crees que todavía hoy las mujeres fingen los orgasmos?
Muchas veces pienso
que es culpa del cine, de las películas en las que siempre la mujeres acaban en
dos coma diez con un orgasmo maravilloso, o quizá porque siempre se trata de
agradar al hombre. Me pregunto por qué todavía hoy muchas mujeres no son
sinceras con ellas mismas, y prefieren fingir a disfrutar.
Laura Castronado
Cielo, no andas descaminada. El
cine y la publicidad nos venden una realidad paralela que queremos, a toda
costa imitar, y que a veces solo conduce a la frustración. El cine es fantasía,
la publicidad, un cuadro perfecto, pero poco tienen de coincidencia con nuestro
día a día. Descendiendo a niveles más humanos te diré, que a las mujeres a
menudo se las educa para poner la satisfacción y las necesidades de los demás
por delante de las suyas propias y en ese capítulo entra, cómo no, la vida
sexual. No provocarnos un orgasmo puede desanimar a nuestra pareja, llevarlo a
pensar que no es lo suficientemente hábil o que no nos pone. Difícilmente
considerará opciones como el estrés, el cansancio o las prisas excesivas. Si lo
que queremos es acabar cuanto antes y/o tenerlo contento, fingir un orgasmo es
la salida sencilla.
Pero… también el error más
garrafal. Si se convierte en una costumbre acabaremos por no sentir ninguno. Y
claro… algo así, ¿quién quiere perdérselo? Lo mejor, la sinceridad y la
inteligencia. Si disponemos de tiempo suficiente, tratar de relajarse,
centrarnos en nuestro propio placer, tomarnos el acto con calma e irlo guiando
por nuestras preferencias y necesidades. Pedid y se os dará, que dice alguien
sabio. Si nuestra pareja está demasiado excitada como para esperar, decidle con
dulzura que en esa ocasión él es el importante y que os concentraréis en su
placer, pero que os debe una (para más adelante). Todo menos fingir algo que no
sentís, que os dejará vacías, frustradas e insatisfechas y que lo motivará a
repetir eso que aparentemente tan bien (y rapidito) le ha funcionado pero que a
vosotras no os va. Fingiendo se corre el peligro de recibir perpetuamente…
¡¡más de lo mismo!!
Tengo 39 y aunque
peso 85 kilos no estoy mal repartida. Ligar con los hombres no es problema para
mí, pero a la hora de entrar en la cosa del sexo, es cuando viene el problema
de mi vergüenza, que no me gusta que me vean desnuda. Esto en ocasiones ha
hecho que la noche se haya ido al traste. ¿Qué puedo hacer para superar ese
miedo?
Inma40
Aunque siempre digo que mal de
muchos consuelo de tontos, te asombrarías al comprobar cuántas mujeres
pluscuamperfectas de esas que pisan las aceras y nos dejan bizcas a las demás,
se acogotan cuando de mostrar su cuerpo se trata. En la otra cara de la moneda,
muchas chicas con kilos de sobra exhiben orgullosas sus curvas y los vuelven locos.
Parecerá tonto pero la energía que emanamos tiene mucho que decir en esto de la
química y la atracción y una persona segura de sí misma desprende un halo
irresistiblemente atractivo independientemente de su peso o del color de su
pelo. Te aseguro que cuando un chico te ha arrastrado a su cama (o a la tuya)
está más que dispuesto a “rematar” y no verá más allá de tu olor, tu sabor y
tus gemidos (elementos, por otra parte, que le certificarán que estás gozando
de su compañía, lo único que realmente le importa); la mayoría de ellos no se
fijan en aquello que a nosotras nos resulta tan evidente y “espantoso” y esto
no es una mentirijilla piadosa, en serio, es una verdad como la catedral de
Burgos de grande.
Aparte de convencerte de esta
realidad y desplegar, en consecuencia, todos tus encantos con plena seguridad,
puedes ayudarte con trucos como la luz. Las velas son románticas y sensuales y
hacen desaparecer de la vista la odiada celulitis. Un bonito pareo que oculte
parcialmente tu piel (hasta que él te lo arranque con pasión y con los dientes) pero sobre todo,
no te dediques a perder el tiempo pensando en los michelines, apartando tu
atención del fantástico momento que te ha tocado vivir. En períodos de sequía
sexual es cuando recordamos lo bobas que fuimos y cómo malgastamos las
oportunidades que se presentaron. Que no sea este tu caso ;)
Mandad vuestras consultas a info@reginaroman.com.
Trataremos de responderlas todas :) Y es una promesa!!
Mañana miércoles, cita con "Las galletas de la suerte" de Alicia Pérez Gil. Un pecado perdérsela.
Cuando una lanza una mirada retrospectiva
hacia el pasado, ya sea porque esté ojeando viejas fotografías, porque toque
una necesaria limpieza en el guardarropa o en alguna de esas innumerables maletas
que todas las mujeres tenemos tendencia a acumular sin remedio ni solución, entonces,
por lo menos en mi caso, surge una pregunta a medio camino entre lo existencial
y lo puramente banal, esta es: ¿Cómo me podía a mí encantar algo tan horroroso
como esto que sostengo entre las manos? Si debía parecer una cucaracha.
O: “En esa foto en la que estoy tan sonriente
y feliz vestida cual niña de la casa de la pradera con dos trencitas a los lados de la cabeza, ¿qué leches
estaba pensando?” Después de una ardua y sesuda meditación, llego a la
conclusión de que hay muchos elementos que intervienen en el resultado final: influencias
externas, como el caso de las tendencias del momento, amigos, familia, sitios
por los que sales y un largo etcétera; pero también factores internos ,y esto es
lo que llama más mi atención.
No
somos sujetos estáticos sino sometidos a un constante devenir. Decía Heráclito:
“Nunca te bañarás dos veces en el mismo río.” A lo cual yo podría añadir: “Ni
te mirarás dos veces en el mismo espejo.” Porque tú habrás cambiado. Vamos
evolucionando, probando, encontrándonos a nosotros mismos a base de ensayo y
error.
La ropa no es algo tan insignificante como a
simple vista pueda parecer, si nos detenemos un momento y observamos a sus
portadores, esta nos revelará mucho de ellos. Nos habla de sus gustos, de su
forma de vivir, ¿van más arreglados o menos? ¿Prefieren lo clásico (son más
conservadores)? ¿O arriesgan al límite? Los escotes y las minis están prohibidos
(muy religiosa o muy cohibida); no prestan atención en absoluto a su imagen (o
es un genio o tiene una depresión aguda); llevan distintivos o logos (pregonan
a gritos: “Pertenezco a tal o cual colectivo”); uniformes (“Esta es mi profesión”) ; ropa cara
y marcas (“Aquí está mi estatus.”) igual de cara pero alternativa (“Soy rebelde
porque el mundo me ha hecho así”) .
En definitivas cuentas, tantas opciones como
uno pueda imaginar, pero, lo realmente representativo, no es esto, que puede
parecer algo evidente, sino que todos podemos, y de hecho lo hacemos, pasar por
varias de estas facetas u opciones vitales, y no siempre algunas coherentes con
las anteriores. Se puede pasar del cuello de cisne al palabra de honor o de la
sudadera ska al polo con caballo de tamaño real, ese que una conocida marca
luce como orgulloso distintivo de la casa (si alguien acude como invitado a
vuestro hogar con dicha prenda no seáis desconsiderados y tened en cuenta las
necesidades del equino, ofreciéndole un cuenco con agua. Decía una amiga mía
que si las dimensiones del cocodrilo, emblema de otra firma, alcanzaran tal
magnitud, la camiseta tendría que venir acompañada de un certificado de
posesión de especies exóticas).
Todo esto no es fruto del azar, no, obedece a
una lógica, aunque a veces nos resulte difícil seguir la conexión existente
entre el punto “A” y el punto “Z”, ya que todas las letras intermedias a lo mejor
no quedan en la superficie, pero estar, están en algún lugar. Quizás habitaban
latentes en el interior del sujeto o, tal vez, obedezcan a algo tan curioso
como los estados de ánimo, no esos explosivos que duran minutos o horas, pero
que al final se diluyen, sino otros mucho más profundos, arraigados en nuestra
inconsciencia y que durante una etapa de nuestra vida configuran nuestra
personalidad: La rebeldía de la adolescencia con su necesidad de reivindicarse.
La irascibilidad fruto de trajín hormonal que se opera en nuestro organismo. La
alegría, éxtasis y melancolía que se
alternan en nuestras primeras incursiones amorosas y sexuales.
También son nuestros sastres la tristeza por la pérdida de un ser querido o
las desilusiones de la vida.
Años después,
la tranquila satisfacción de aceptarnos y querernos tal y cómo somos y no como desearíamos
ser. El llegar a un acuerdo entre cuerpo y mente para lucirse y lucirlos. La
madurez del espíritu en constante cambio.
Llegarán luego tiempos en los que solo veremos
nuestro exterior como una jaula de huesos que cubrir con algo a lo que no
daremos importancia antes de que llegue el vestido final de la mortaja.
Y es
que, lo que llevamos por dentro, rezuma por fuera.
Yo, por mi parte, he notado esos cambios que
me han traído de una etapa hippie, de amor a la humanidad, al negro riguroso de
lo sombrío de mi espíritu cuando sentía que todo era oscuro a mí alrededor. De
las camisas holgadas y las faldas largas
durante esa fase en la que aborrecía mi cuerpo porque no se ajustaba a mis expectativas,
a los escotes de vértigo y las minis impúdicas porque solo se es joven una vez
y porque lo que se van a comer los gusanos pues que lo disfruten los humanos. De los colores apagados a todos los del arcoíris
porque la vida esta llena de matices, con lo que hay que tener para un roto y
un descosido.
Vestimos el alma, no el cuerpo.
Sigo conociéndome y cada día aprendo algo
nuevo, porque en la moda, como en la vida, nunca te mirarás en el mismo espejo,
a lo mejor en uno parecido, pero nunca en el mismo.
Mañana martes, Regina Roman con su consultorio “La Mota Rosa”. Vuestras preguntas a info@reginaroman.com