jueves, 6 de septiembre de 2012

Vaya par de Gemelas. De fantasía, libros y "unicuernos", va la cosa...

De fantasía, libros y "unicuernos", va la cosa...

Unicornio:
(Del lat. unicornis).
1. m. Animal fabuloso que fingieron los antiguos poetas ... las demás descripciones, la verdad, me importan más bien poco... ¡Be happy!

"Porque en ocasiones, una sonrisa llega al alma antes que una gran carcajada."

―¿Y piensas pasarte todo el día ahí tirada? ¿Así es cómo vas a afrontar la situación?
―¿Y tú piensas pasarte todo el día ahí de pie preguntando si pienso estar así, rubia?
―Te creía más que todo eso…
―Oh, no, no lo hagas, Cleo.
―No, yo no digo nada, solo es que no pensé que te dejarías derrumbar por un par de comentarios de, cómo tú sueles decir, “personas con la mente en blanco y negro”.
―Déjame…
―Jean, anda, vamos a dar una vuelta, ¿vale? Seguro se te pasa viendo una que otra tienda o…
― ¿Tan superficial me crees? Claro, a la morena nada, con dos camisetas y un par de tacones nuevos y se le quitan las tonterías, ¿no?
―Ahí vamos…
―No, ahora me escuchas: No, no necesito ver para creer, ni tener clara la “diferencia entre lo científico y lo mitológico”, como dijo la petarda esa…
―La petarda, o sea, tu profesora de filosofía.
―Sí, la petarda. Y calla que no he terminado; tampoco tengo que ceñirme a las leyes o a lo tangible y… ¿quién narices decide o marca qué es posible, tangible, o cómo narices lo quieran llamar? ¿La petarda? ¿Los demás profesores de la universidad? ¿El señor Darwin y su teoría de que las jirafas tienen el cuello largo porque con el paso del tiempo tenían que comer hojas cada vez en árboles más altos? ¿Que venimos de los monos pero nadie explica de dónde vinieron los dinosaurios? ¿Big bang o gran caldo de bacterias y amebas que empezaron lo que somos hoy? ¿Quién vino primero, el huevo o la gallina? ¿Milagro no, pero curas científicamente imposibles sí? ¿Milagros sí, pero tecnología punta, no?
―Jo, morena, creo que debería de haberme callado…
―No. Hiciste bien en hablar, rubia. Abramos la caja de pandora. Y para dejarlo clarito y acorde con la situación, te lo explicaré desde el principio: La Historia Interminable. El Principito. Los Cuentos de los Hermanos Grimm. Amelie.
―Creo que eso último es una película, y…
―Lo sé, pero lo que vale es el ejemplo. El ser humano necesita fantasía. Belleza. Mundos imposibles, historias que emocionen y te hagan pensar que hay algo, lo que sea más allá de los colores que ven los ojos, que hay paletas enteras, nubes de algodón, niños que gobiernan planetas, perros gigante que vuelan para ayudar a un muchacho corriente a salvar todo un mundo, ¡a una emperatriz! Historias con o sin moreleja, pero bellas todas ellas. Reinas amargadas, princesas guerreras, gemelos que se pierden por el bosque y marcan el camino con migajas de pan. ¿Quién narices se creé esta y todos los demás para decirme que eso no es “tangible”?
―Creo que se referían a tu tesis, morena, a sobre que no es precisamente lo que…
― ¿Lo que todos creen? ¿Lo que los demás aceptan por real? Mi tesis iba sobre los libros de fantasía y sobre dónde termina la línea que separa lo que solo la imaginación es capaz de hacer y lo que es real. Y he sido clara, lo he demostrado de hecho.
―Yo te he entendido, y créeme, hermana, para mí, no había mejor manera de decirlo. Y por primera vez, incluso he estado de acuerdo contigo en cuanto a todo lo que dijiste sobre los libros que tomaste como ejemplo. Ese paseo entremezclando cada historia como si fueran la misma, todo…
― ¿Entonces por qué narices dices que no es “precisamente” lo que se esperaban?
―Porque lo hiciste a modo de entrevista y quién te contestaba a las preguntas dando las razones que tú querías demostrar con tu tesis, era un unicornio.
― ¿Y?
― ¿Y? Jean, ¿un unicornio?
―Se trata precisamente de eso, rubia: fantasía. Yo no podía ponerme a dar razones, explicaciones, “sís” o “nos”… yo soy real. Mi unicornio, no. Solo él podía contestar a todo eso.
―No sé qué pretendías, pero fuera lo que fuese, desde luego no has pasado inadvertida…
―Ya lo sé.
―No, no lo sabes. Es de lo único que se habla  en la universidad. En todas las clases hablan de ti, del unicornio loco que ha demostrado en una tesis de cuarenta páginas que los cuentas de hadas no son solo cuentos, y que vivimos en un mundo paralelo en el cual de cuando en cuando abren una brecha y a algunos, unos pocos, se les permite espiar al otro lado, y de ahí sacar las historias de fantasía más increíbles del mundo.
―Entonces sí que me lo esperaba. ¿Y sabes qué? Tienes razón, me apetece ir de escaparates. Ya me encuentro mucho mejor.
―O sea, que me paso todo el día escondiendo de ti lo que están hablando, intentando que no te vengas todavía más abajo, y es precisamente eso lo que te ayuda… no lo pillo.
―Yo no creo en las hadas madrinas o seres hechos de rocas que comen rocas, rubia.
―Menos mal… empezaba a preocuparme… y sigo sin entenderlo.
― ¿Te leíste mi tesis, no?
―Ya sabes que sí…
― ¿Cómo se titula?
―”Carpe diem”. Otro detalle que no sé qué tiene que ver con lo demás…
―Tiene todo qué ver, rubia. Ahora mismo, según tú, desde que salió a la luz mi tesis sobre un unicornio que intenta demostrar a una reportera ciega que es un unicornio de verdad y que la fantasía existe, todo el mundo que empieza hablar del tema, ¿qué crees que es lo primero que hacen?
― ¿Reírse?

―No. Imaginar qué aspecto tiene el unicornio. Ninguno se parará a pensar en la reportera, en qué bolígrafo usa, o el color de su pelo; la primera imagen que les vendrá a la cabeza será a un unicornio sentado cómodamente en un sofá cama de dos por dos con su cresta llena de trenzas de colores. Y, aunque sea durante unos minutos, la muchacha que llega tarde todos los martes a su primera clase porque tiene su madre ingresada, ya no pensará en ello. El maromo aquel que hace Educación Física, no se pasara toda la mañana mirándose al espejo. Hablarán del unicornio, nena. Y al final, inevitablemente, acabarán por leerse los libros que nuestro amigo "unicuerno" dice esconder el pasaje secreto a la fantasía más real. Vivirán el día, rubia. No lo que vendrá después.
Y no será solo un cotilleo pasajero, no, porque cuando se lean los libros, el unicornio dará paso a Sebastián, a Hensel, a la Bruja Mala, a Amelie… eso es lo que quería demostrar con mi tesis, nena. La fantasía, sigue y seguirá siendo siempre, la mejor parte de la realidad.
―Sí, al final resulta que sí había entendido tu tesis, incluso el título. Y tienes razón… todavía no he leído El Principito, ¿lo sabías?
―Ya lo sé. El unicornio dice que es un viaje lleno de diapositivas eternas que se quedarán en tu memoria.
―Cada vez me cae mejor tu unicornio, morena.
―Búscate uno, rubia. Ese es mío.
―Pero tengo que contarte algo que es parte del “día”: ¿Ya te he dicho que ha llamado la jefa y nos cambia el día de publicación para hoy en lugar del sábado?
―¿Mi… la escritora rubia está bien?
―Sí, demasiados mojitos la última reunión de tacones al parecer, nada grave... Y ya sé que no borraste el skype, anda, ve a hablar con ella un rato.
―Le caes bien a mi unicornio, “gemela buena”.
―Ya, pero no te distraigas, llama a la escritora esa mientras pretendo que no veo la carpeta oculta donde tienes el skype que yo voy a redactar nuestra columna.
―Pensé que habías dicho que la tenía que hacer yo…
―Tranquila, con todo lo que has dicho ya en tu tesis, seguro que saco algo que enviarles.
―Wiiiii.
―Ya, ya. Eso de que eres normal, todavía tengo mis dudas, morena.
―Qué hable el unicornio, dijeron.
―Ahora a ver qué hacemos el sábado noche…
― El sábado toca reunión de tacones, rubia. Nada de buscarse escusas. A esa, vienes conmigo.

***

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Galletas de la suerte - ¡Nada de galletas!


Una semana de crucero por las islas griegas, lo que significa buffet libre desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche. De ahí que no vaya a probar ni una sola galleta hasta el día de Noche Buena.  Llegué el lunes a casa, agotada, un poco triste, con las ganas de escribir bajo mínimos. No pasé por la cocina porque tras los siete días de orgía hipercalórica lo único que me cabía  en el cuerpo eran las horas de sueño que me faltaban. Me acosté.

Desperté el martes, ayer, con la sensación de que a mi cuerpo le faltaba algo y, entonces sí, entré en el la habitación que constituye el centro neurálgico de cualquier hogar mediterráneo. Bebí agua y vi la latita roja, tan mona, tan británica, tan extraña a la semana que había terminado, donde todo había sido blanco intercalado de azul.

En seguida supe que no podría hacerlo: no sería capaz de estirar el celofán crujiente hasta que se rompiera y llenase mis manos de migas anticipatorias. No lograría quebrar la galleta ni leer el mensaje. Todas las fibras de mi cuerpo se llenaron del CONOCIMIENTO: Una galleta más y la muerte por hiperglucemia llegaría a mí rauda, inclemente y veloz.

Esto, por supuesto, suponía que mi entrada semanal corría peligro. Con mi botella de agua desintoxicante me senté en el sofá, puse Los Soprano, me acurruqué y… bueno, me quedé dormida. Eso debió de servir para algo, porque esta mañana me he levantado con una idea inocua que no compromete mi ingesta alimenticia y que ha dejado fuera de la ecuación a mi estómago: si no quieres comértelo, pregunta a Google.

He llegado de las vacaciones con dos ideas. La primera es una idea antigua, una vieja conocida con la que convivo desde hace años. Es una idea del tipo marido vetusto: te sabes sus recovecos, cómo reacciona y te adaptas a él de la misma manera que él a ti. Tiene la mala costumbre de roncar, pero como ya te has aprendido su ciclo del sueño, te duermes antes que él y así nada perturba tu descanso. Hasta que te relajas. Entonces la idea-marido brilla sobre la almohada como un cartel de neón de los años 80. Lo tienes todo por aprender, mona.

Sí, tengo mucho que aprender. Sobre mí misma, sobre todo.  La mayor parte de las veces aprendo sobre mí observando a los demás. Luego me comparo y saco conclusiones. Por eso viajar es una experiencia tan enriquecedora y agotadora a la vez. Sales de tu casa cargadita de ilusión y buenas intenciones y te encuentras encerrada en un barco con otras 1.799 personas, sus buenas intenciones y su ilusión.

Esos 1.799 seres humanos comparten contigo la costumbre de comer tres veces al día (300 debido al buffet libre que comentaba antes), la manía de echar la siesta al sol con un mojito en la mesita de al lado, el interés por sacarle fotos al Partenón y el asco monumental a los otros 1.799 pasajeros del barquito que hacen lo mismo que ellos.

Mucho que aprender. Por ejemplo, que a casi nadie le gustan las desventajas de los viajes organizados. Casi nadie disfruta haciendo colas interminables para conseguir un café. Así que ¿Para qué hacerse mala sangre insultando mentalmente a las señoras de las varices y la pamela de paja que parecen incapaces de aumentar su propia velocidad de crucero? Lo sensato sería relajarse, mirar al horizonte, disfrutar del olor a pan tostado, del atuendo ridículo de las adolescentes que se las verán con sus tacones y las cuestas insufribles de Santorini, de las caricias escondidas…

Es un poco como quejarse de que en el metro va uno muy apretado. A nadie nos gusta, pero ya no lo decimos. Porque lo hacemos por necesidad. Es cierto que algunas personas se olvidan de la higiene personal y que eso no es agradable, pero se asume la incomodidad del metro. Por algún motivo resulta más difícil asumir la incomodidad durante el ocio. Quizá porque el ocio es caro. Así que nota para el futuro: los demás están tan incómodos como tú. Trata de sentirte mejor y no colaborar al malestar general, anda, guapa…

La segunda idea tampoco es nueva. Tiene que ver con que es más necesario respetar al prójimo que el comer y con el resultado que me ha dado Google hoy para la galleta dietética de la suerte: El extraño ve de inmediato los defectos, las virtudes le cuestan un poco más.

Estambul, Mezquita Azul, más conocida por sus usuarios como Mezquita del Sultán Ahmed. Un edificio espectacular, con seis minaretes, miles de azulejos con diseños de las mil y una noches, más visitantes que el buffet de marras, de entrada gratuita y lugar de culto en uso a día de hoy. Los turistas se sentaban por las esquinas: japoneses, europeos, americanos y árabes. Muchísimos y sobre todo muchísimas árabes con sus velos, sus trajes típicos, algunas con sus burkas y cámaras de fotos más o menos caras que se llevaban a casa sus propios recuerdos gráficos.

Al principio me resultó extraño. Hasta que caí en la cuenta de que yo he visitado Notre Dame y la catedral de Burgos cámara en ristre y soy tan cristiana como musulmana la señora de la foto de abajo (tomada junto al bazar de las especias y la mezquita nueva) ¿Por qué no van a hacer turismo las señoras que cubren sus cuerpos?

Un rato después de terminar con Santa Sofía comí en un lugar con música en vivo. Frente a mí una chica joven (tenía las manos perfectas y los ojos almendrados sin ninguna arruga) tomaba café con un amigo. Llevaba un burka negro que sólo dejaba al descubierto esas dos partes de su cuerpo y el lenguaje corporal dejaba claro que no había una relación sentimental entre los dos. No podía dejar de mirarla. Lo intentaba, pero no era capaz. Mientras yo esperaba que me trajeran mi guiso de cordero con verduras cocinado en una vasija que el camarero rompería en mi presencia, la chica cogió su taza de café y la alzó hasta sus labios. Cuando se dio cuenta de que la estaba mirando la dejó de nuevo sobre la mesa.

Desde ese momento imagino que los limpiadores de cristales de mi edificio de oficinas venden entradas a turistas extranjeros que me sacan fotos mientras trabajo. De hecho, algunos incluso me graban en vídeo cuando mi jefe da un grito y yo me levanto como accionada por un resorte.

Ahora he vuelto, estoy en casa, reviso mis 16 gigas de imágenes y me doy cuenta de que no importa lo que creamos, cómo nos vistamos. Todos tenemos derecho a hacerlo a nuestro modo siempre y cuando no dañemos a alguien. Y con el propósito de ser más tolerante preparo mis próximas vacaciones a Thailandia, Vietnam o algún lugar lejano lleno de gente que haga cosas extrañas.








Y mañana, jueves, Irene Comendador vuelve a reunirnos sobre nuestros tacones




martes, 4 de septiembre de 2012

La Mota Rosa

Nuevo martes, nueva entrega de “La mota rosa”.
¿Eres feliz? ¿Resolutiva? ¿Vas bien encaminada? ¿Algún problemilla te quita el sueño? ¿Quieres hablar?
Pues envía tus consultas a info @ reginaroman .com. Todos aprendemos de todos.


Hola guapa, hace unos meses dejé de hablar con una chica porque me daba muchos problemas. Me hacía cosas no muy buenas y llegó un momento que no pude más. Ahora poco a poco está intentando volver a hablar conmigo y tener contacto pero me da miedo que vuelva a ser igual que cuando dejamos de hablar. Soy de las que piensan en que el tren no pasa dos veces y por ello dicen que soy intransigente... ¿debería darle una nueva oportunidad?
Platino
Dices “miedo a que vuelva a ser igual…” ¿Tenemos algún motivo de peso para deducir que ha cambiado? Querida Platino, no tengas la menor duda de que esta chica sigue siendo la misma y si te daba problemas, volverá a dártelos. La gente tóxica, o problemática, o ambas cosas, dan señales continuamente de su comportamiento. Señales que pasamos por alto porque los apreciamos, porque somos unos buenazos o porque nos pillan despistad@s. 
Cuando la cosa explosiona, recordamos como en una sucesión de fotogramas, todas las veces que nos decepcionó, nos dejó plantadas, nos hizo esta u otra faena, nos criticó, no nos defendió… Si está tratando de volver a contactarte es porque tú sí le ofreces algo valioso que quiere recuperar. Piensa con calma en lo que ella te ofrece a ti. Partiendo de que nadie es perfecto, de que toda persona que entra en nuestra vida tiene aspectos positivos y negativos, si los segundos pesan más que los primeros, sácala de tu entorno lo antes posible, porque el destino selecciona la gente que pasa por tu existencia pero solo tú decides quién se queda.
Si no la ves arrepentida, ni consciente de que alguna vez te falló, difícilmente podremos esperar que cambie, quizá ni siquiera sabe que se portó mal (o que habitualmente lo hace). De modo que si no es alguien muy importante para ti, te recomiendo que te alejes. Sin remordimientos, sin sentirte intransigente. Tienes todo el derecho del mundo a seleccionar solo gente buena y positiva como amistades. Si por el contrario se trata de alguien vital, toca una pausada charla que la lleve a entender cómo y por qué te creó problemas y el daño que te causó. Observa su reacción. Y si no se disculpa con sinceridad y se esfuerza en cambiar… no gastes saliva. No lo merece.


¡Hola! A mi pareja al hacerle una felación se le subió un testículo. ¿Eso por qué pasa?
Cereza


¿Tal vez la succión fue un poquito… fuerte?
No, bromas aparte. Lamento no poder dar respuestas a este tipo de consultas en La mota rosa, pues podrían tener una faceta médica y sera en todo caso un especialista quien tenga la última palabra. Si fue una vez aislada e indolora que no volvió a repetirse, probablemente no tenga importancia, a veces la excitación intensa tiene esos efectos colaterales. Si por el contrario la molestia persiste o resulta dolorosa, no dudeis en visitar a un urólogo cuanto antes.





Y no te olvides mañana miercoles de las galletas de la suerte con Alicia. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

From y Blonde Mind: Nunca Pasa de Moda.


Este post se sale del tono que he intentado mantener en este blogs precioso de dios, pero está dedicado a todos/as que dicen que soy fría, chula, inaccesible y demás cosas que no son verdad. Un poquito de mí en las siguientes líneas en las que hablo de lo bonito que es ser mujer. Te puedes hacer coletas, vestir con colores lindos, reírte como una gilipollas sin motivo y sonreír a los niños que salen del cole sin que nadie te llame pervertida. :)


Ayer me levanté pensando que el día sería como cualquier otro, con sus cosas buenas, malas y regulares, pero me equivocaba. La jornada acabó por ser un cúmulo de pequeños despropósitos, que por separado no parecerían nada del otro mundo, una pequeña piedra en el camino a sortear como tantas otras, pero que todos juntos dieron por resultado lo que uno suele denominar: Un día de femineidad.
Pero estoy adelantando acontecimientos y, aunque estoy segura de que todos me entendéis, creo que lo más apropiado sería empezar por el principio.
A las ocho y media sonó el despertador, yo me levanté con esa energía y presteza que me caracteriza por las mañanas (esto es una ironía, para aquellos que no me conozcáis,  yo odio madrugar más que nada en este mundo, y hasta que no me tomo el primer café, a veces hasta el segundo, no soy una persona sino más bien algo parecido a una ameba) me dirigí al baño y con sorpresa descubrí que mi amiga la Roja se había dignado a visitarme como cada mes. La saludé con desgana pero sin demasiados miramientos (que a esta como la des cancha se te coge hasta el brazo), me duché con agua, digamos, tibia (a mí me gusta para escalfar cangrejos) y me tomé mi primer café de la mañana (o lo que conseguí que saliera de la cafetera, porque resulta que estas tienen unas gomitas que se rompen y hacen que, por un lado la cocina se te ponga perdida y por otro, que lo que quede en el recipiente sea un culito de aguachirle denso de color oscuro con sabor original). Entonces para entretenerme mientras paladeaba mi exótico brebaje me dije: Voy a ver un poco la tele para que la pobre sienta que tiene algún sentido su existencia. 
Bueno pues empecé a pasar los canales y terminé viendo las noticias (¿existe algo mejor para subir el ánimo al personal?) con lo cual acabé por ceder terreno a los caprichos de la Roja(sniff).  Me soné el moco y ya ,sintiéndome mucho más mujer, me dispuse a pasar por el taller de chapa y pintura para que los duendecillos que viven en los botes de cosméticos hicieran su magia y pudiera pasar del modo Cara de Culo de Mono, al de Nena Bonita, que ha dormido todo lo que ha querido y se ha despertado sintiendo  las caricias y los mimos de un macizo cariñoso, en vez de los lametones  de la lengua rugosa del gato de mi madre, que se ha ido de vacaciones y me lo ha dejado en guardia y custodia .
Por fin, entre pitos y flautas, salí a las diez de casa, rumbo al despacho (no fui al gimnasio, que estaba malita), en siete minutos justos andando,  llegué (diréis:” ¡Qué perraaaaaaaaa!” Joder, alguna vez tenía que tocar, que la media  para llegar a cualquier parte durante toda mi vida ha sido de una hora, eso contando con que el super estaba cerca y rebajaba en mucho el resultado final).En la recepción había una chica nueva, que estaba haciendo una suplencia de verano. No me conocía (natural, voy de higos a peras al despacho. Aguantaos el  “¡Qué perraaaaaaaaaaa!” es que yo suelo trabajar desde casa, hago lo mismo y me administro mejor el tiempo).


El caso, me dirigí a la suplente y después de presentarme y darle los buenos días (ejem, no había sido por mi culpa que estos empezaran un poco tardíos) le pido el correo y las llaves del despacho y claro, esta, al no conocerme pues no sabía qué hacer. Yo, en un intento por ser amable, le expliqué que existe una lista con los nombres y DNI de toda la gente del edificio para evitar problemas, pero ella no creía tener constancia de la existencia de dicho documento. No sabía si con las prisas por irse a la playa Iveth (la jefa de recepcionistas) no se lo había explicado, o ella, por los nervios de causar buena impresión (pobre, tiene veinte años y es su primer trabajo) no se había enterado. Cogió el teléfono y se puso a marcar de forma indiscriminada el primer número de su agenda de posibles contactos para tales efectos. Nadie contestó (normal, era la hora del segundo café). La pobre muchacha se puso a mover todos los papeles que encontró, bloqueada por la situación.  Yo, (con las hormonas en una montaña rusa  en su punto álgido) utilicé un tono un pelín (lo prometo) más brusco de lo necesario para que reaccionara. La chica lo hizo (ya te digo que sí), pero echándose a llorar. Me dijo que lo sentía mucho, que había sido un descuido y que necesitaba el trabajo, que estaba un poco “atontá” porque su chico la traía loca con el tuuning…(¡Aiiiiiiing¡ iniciamos el brusco descenso!) La miré y un hondo sentimiento de culpa me invadió. Rompí en llanto yo también y le pedí disculpas mientras buscaba en el bolso clínex para las dos. Le dije que no se preocupara y, en señal de arrepentimiento, le invité a un postre trufa, que ambas devoramos con ansia entre lágrima y lágrima.
Total, me volví para mi casa, y  de camino llamé a mi jefe el malo (para quien no lo sepa, tengo dos jefes: el bueno, denominado así porque nunca dice nada, todo le parece maravilloso; y el malo, este en realidad solo es malo en contraposición con el primero pero se ha quedado el mote y le hace gracia). Se lo conté todo y el pobre intentó bronquearme por pava (iniciamos la ascensión), a mí me entró la risa, sabía que no era gracioso, pero no podía evitarlo.  El otro empezó a enfadarse de verdad, intenté reprimir las carcajadas y lo único que conseguí que saliera de mi garganta, fue un gorjeo. Antes de cortar la comunicación, le prometí que tendría acabadas las tareas que me reclamaba para la noche.
 Ya en mi hogar, lo saludé (aiiiiiiiiiiiin mi casita que poco me he alejado de ti y cuanto te he echado de menos), me senté en mi silla, con mi pc (son de confianza, con ellos puedo relajarme) y durante casi todo el resto del día (bueno, excepto la pausa para comer, la del café, la del ibuprofeno y alguna que otra visita al tocador) me dediqué a hacer cosas productivas, lo conseguí,  sintiéndome muy  orgullosa. Bien comienza lo que bien acaba (¿no se llama así una obra de Shakespeare? Sí, eso creo) y, cuando el final de la jornada, parecía que esta había dado un cambio y me sentía confiada ¡zas en “toa” la boca!  Sonó el telefonillo, me levanté a contestar  y, muy ufana, cerré el documento con el que llevaba dos horas trabajando  y que ya daba por finalizado. Respondí, pero se habían equivocado, buscaban a una tal Mary Juana. Cuando volví al escritorio me di cuenta con desesperación, de que no había guardado el archivo. Desolada, miré a Pequeño (bauticé al sobremesa con ese nombre porque hace ya bastantes años, cuando lo compre, parecía pequeño en comparación con los que había entonces. Ahora es enorme y está lleno de cables y partes de distintos colores por las modificaciones que mi hermano le ha hecho) y le pregunté: “¿Pero cómo has podido hacerme esto?” Él no respondió, claro está, y yo terminé por situar el día dentro de la clasificación de “Un día de femineidad”, es todo un clásico, algo que pase el tiempo que pase, siempre estará de moda. 




Mañana Regina Roman para que la preguntéis cositas en su "La Mota Rosa".





sábado, 1 de septiembre de 2012

Vaya par de gemelas. De encarcelamientos, roles y perdones, va la cosa...

De encarcelamientos, roles y perdones, va la cosa...


― Me hace tanta gracia, que poco más y me tiro al suelo a reírme. A no, no puedo hacerlo porque estamos metidas en una celda de dos por dos y el único espacio libre lo ocupa el retrete que seguro no han lavado en la última década. Te mato, rubia. Te aseguro que esa, me la pagas...
― No seas tan quejica. Te dije que te controlaras, que no les hablaras así a los de seguridad, ¿y me has hecho caso? Claro que no. Tenías que soltar toda tu sabiduría sarcástica en contra de los dos securatas en plan bolas de poder: ¡Toma, zas! ¿Qué pensabas que pasaría?
― ¿En serio me estás haciendo comparaciones de las tuyas a estas alturas de los acontecimientos?
― A ver, morena, si nos preguntan cómo hemos llegado aquí y les dices que volando, o cuando te dicen que cómo hicimos para quedarnos dormidas les contestas que cerrando los ojos y entrando en coma, ¿qué narices creías que iban a hacer? Lo que me extraña es que a mí también me hayan encerrado...
― Claro, porque como eres tan rubia y dulce. Te recuerdo que fuiste tú la que le llamaste al rellenito “bollicao 500” y luego le saltaste al cuello...
― ¡Lo hice porque te estaba esposando, mal agradecida! Tendría que haber huido cuando se distrajeron intentando controlarte.
― Si te parece les tendría que haber dejado que siguieran interrogándonos como si fuéramos ahí criminales.
― Nos encontraron dentro del planetario a las dos de la madrugada, ¿qué esperabas, morena?
― ¿Un poquito de solidaridad humana? Me siento como la Stonne, pero sin banqueta ni cruzadas de piernas.
― Más bien Glen Close en atracción fatal... ¿te has vistos los pelos que llevas?
― Ah, tú sigue arreglando. No diré nada del estado de tus peeptoes negros favoritos. Yo si tú, no miraría hacia abajo, rubia...
― ¡No, no, no! ¿Qué coño es... Oh, Dios, creo que voy a potar; dime que eso que tengo colgado del tacón no es papel higiénico ni que tampoco está manchado de marrón. ¡Dímelo, por favor!
― Anda, siéntate...
― ¿Dónde, morena? ¿En el water? Ahí no pongo mi culo ni con traje anti radiación.
― Eso no puede estar pasando. Tenemos derechos. ¡¿ Me escucháis?! ¿Quiero hacer mi llamada? ¡Tenemos derecho a una llamada! ¡Sé que me oís! Mañana mismo en cuanto salga de aquí, se os va a caer el pelo. ¡A ti no, bollicao, que ya no lo tienes!
― No creo que estés ayudando demasiado, Jean...
― Anda, Cloe, baja la cabeza, ponla entre las rodillas y respira hondo. Nos sacaré de esa.
― Como respire hondo muero, morena.
― Joder... ¡Tenemos que hacer una llamada! ¡Hey!
― No van a venir... ya dijeron que hasta que no llegaran los de la oficina a las ocho de la mañana nada...
― Pues que llamen a la policía entonces, ¡¿me habéis oído?! ¡Llamad a la policía, que seguro les hará gracia que estéis encerrando a dos mujeres en este agujero sin ni un vaso de agua! Cuando salgamos de aquí, estos se van a cagar. Son las cuatro de la mañana, ¡joder!
― Qué más da la hora, Jean, las cuatro o las seis... Oh, no me lo puedo de creer...
― ¿Qué?
― No te preocupa estar encerrada aquí, lo que te jode, es que no podrás hablar con la escritora esa rubia por skype. Tú...
― No empieces otra vez, nena. Mira dónde os han traído tus celos de hermana herida.
― No me cambies tú de asunto.
― Mira, si me preocupa alguna rubia ahora mismo, es la que nos ha contratado para escribir críticas literarias, eso sí es un problema.
― No, a mí no me engañas. Tú y yo sabemos que si no escribimos la crítica no pasa nada, que estamos en agosto todavía y para eso están las vacaciones, y además, seguro que entre una que otra “galleta”, "aventuras treintañeras", “reuniones de tupper sex”, “dulces dosis de ácidos” y “consultorios arreglan todo”, lo nuestro, ni se notará si hablamos o no de un libro, que tú y yo sabemos que nuestra vida es mucho más interesante que la de un par de vampiros o una tía que se va por el mundo buscándose a sí misma entre platos precocinados, amantes y paz interna. ¡A ti te jode no hablar con la rubia esa!
― ¿En serio has metido a miss Gilbert en esta celda asquerosa con nosotras? Dejando a un lado que es una falta de respecto, no podrías haber elegido momento peor para meterte con mi novela de cabecera preferida.
― ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, la novela esa va de una mujer insatisfecha que busca su yo interior. “Hazte un mapa de la felicidad, morena”.
― Podrías haber elegido cualquier momento, pero no, lo hiciste justo ahora. Come, reza y ama, rubia. Te falta de todo un poco, así que deberías de empezar y ya.
― Y lo haré, en cuanto que salgamos de aquí, me compraré un billete a Nepal, uno para mí y otro al primer maromo parecido a Barden que me encuentre, y me lo llevaré a tomar vino con los budas.
― Oh, eso sí es pasarse. Puedes meterte con la novela, no lo entiendo, pero lo respecto, que sé que no a todos le llega la profundidad de sentimientos de Elizabeth, pero de ahí, a meterte con la película...
― Perdona, morena, me equivoqué, mejor le compro otro billete a la Julia Roberts y me la llevo también. No, que sean dos billetes para ella, uno para su boca y otro para su mala interpretación.
― Rubia, te la estás jugando...
― ¡Y qué sea brasileño! Mi versión del Barden digo, no nos olvidemos ceñirnos al libro a la hora de pasarlo a la gran pantalla, ¡faltaría más! Sosa, aburrida, sin sentido, desmoralizadora y llena de melodrama. ¿No querías una crítica literaria? ¡Pues toma crítica! ¡Hey, bollicao, ya puedes dejar que hagamos la llamada, que mi ex hermana ya tiene algo que darle a nuestra jefa ergo mejor amiga!
― Pues Elizabeth encontró todo lo que buscaba, lo que le faltaba en su vida, consiguió rellenar ese hueco que tenía dentro, cosa que, algunas que yo me sé, no rellenarían ni con un vibrador talla XXL. Sí, rubia, he mirado tus cajones.
― Pues prefiero buscar la felicidad cerca y no abandonar a todos los que me han importado y que se preocupan por mí con tal de ser feliz.
― ¿Intentas decir algo, rubia?
― No, qué va.
― Yo...
― ¿Queréis callaros ya de una puta vez? Por favor, iros a vuestra casa y arreglar lo que tengáis que arreglar sin que os tenga escuchar ni un minuto más. Y hacernos un favor y no volváis al planetario, ¿de acuerdo?

― Gracias... señor guardia.
― Ahora se me pone fina la rubia. Raspa el tacón en el suelo, nena, que te llevas media celda contigo. Gracias, hem, eso... Antonio. ¿Nos conocemos de algún lugar?
― Iros... por favor...
― Perdona a mi hermana, ha estado bajo medicación un tiempo y no está en su mejor momento.
― Solo intento ser amable, Cleo. Y no dijiste que ya no quería saber nada de mí, pues eso...
― Morena, por favor, vamos a casa y terminemos ya con ese día interminable.
― De acuerdo, pero antes de irse a dormir tenemos dos cosas pendientes por hacer. No, mejor, tres.
― Miedo me da preguntarlo... ¿cuáles?
― Escribir la crítica de esta semana, que al final con la tontería, no las hemos sacado del bolsillo. De lo que dijiste sobre la novela y Julia, ya hablaremos luego. La segunda, antes de apagar el ordenador, borrar el skype. Con borrado de papelera de reciclaje incluido.
― ¿Lo dices enserio, morena?
― Sí, a tomar aire, el que quiera que se ponga el whatsapp.
― ¿Y la tercera?
― Preparar el sofá cama con la colección de almohadones de colores, las palomitas y la coca cola, y a comernos nuestro maratón de Jungla de Cristal. Aunque para eso estemos hasta el sábado que vienen sin dormir.
― Si no fueras tan cabrona, morena, te diría que eres la mejor hermana del mundo.
― Sé que me quieres, rubia. Y lo de cabrona es discutible, estás que te sales los últimos días.
― Digamos que mi unicornio ha estado hablando con el tuyo, morena. No es mi culpa.
― Yo sí que te quiero, enana.
― No he dicho que te quería.
― Anda, no la cagues.
― Pero para la siguiente crítica volvemos a lo de siempre, ¿vale?
― Yo las mato y tú recoges.
― Nunca mejor dicho, morena. Nunca mejor dicho...




El lunes seguimos con "From My Blond Mind" 

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