jueves, 24 de enero de 2013

Encuentro en tacones. Si de salidas raras hablamos...



— ¿De verdad era necesaria la limusina? — Preguntó Alicia.
— Pues no lo sé, pero creo que nos da mucho caché, me gusta eso de poder tomar champán mientras llegas a los sitios. Ponme otro poquito Connie— dijo Regina mientras sujetaba la copa.
— Yo sigo diciendo que esta idea no me gusta, ¿es que no sabéis salir de fiesta sin que nos metamos en algún lío? — Preguntó Connie mientras llenaba hasta arriba la copa de Regina.
— No seas aguafiestas, ¿sabes lo que me ha costado conseguir entradas para el garito y además que nos pusieran a todas en el mismo turno? — Le contestó So mientras se pintaba los labios con brillo.
— Pues creo que llegamos tarde, habéis tardado demasiado tiempo en arreglaros, la única que estaba lista a su hora y en la puerta esperando ha sido Irene, que por cierto, tienes una carita, nena…— comentó Karol mientras ponía la mano sobre la frente de la rubia.
— Es que no me encuentro muy bien, creo que me ha sentado mal algo, tengo el estómago revuelto— dijo ésta con cara de pena.
— Si lo estás haciendo para librarte del jaleo, no te va ha funcionar, estamos todas apuntadas y entraremos todas al maldito Pub— contestó So.
— ¡Joder! Que creo que no está fingiendo, tiene la cara muy pálida— apuntó Alicia.  
— Nena, ¿quieres que te vayamos al hospital? No pasa nada, ya iremos otro día al sitio ese— sugirió Connie.
— Por mí vale, de todas formas creo que me acabo de terminar la segunda botella y estoy preparada para volver a casa, menuda fiesta privada que me he montado yo sola, jajaja— empezó a reírse Regina mientras apuraba la copa.
  No, si no te encuentras bien, os dejo a todas en el sitio y acompaño yo a la rubia al médico, pero vosotras entráis como que me llamo So.
Algunas de ellas iban a objetar sobre aquello, pero al ver la cara de So, decidieron no contradecirle.
Al llegar al local todas bajaron de la limusina cuando el chófer les abrió la puerta. Irene las convenció de que estaba bien, que lo único que necesitaba era descansar en casa. Después de varios gritos e intentos por convencerla para que aceptara que alguna le acompañara, decidieron entrar al Pub como estaba planeado. 

Una vez dentro las cinco taconeras se dirigieron al expositor donde conseguirían las acreditaciones, no sin antes pedirse en la barra unos cuantos mojitos con bastante alcohol.
Llegó el momento que algunas estaban esperando y otras temiendo, y el reloj de la sala se puso en funcionamiento, un cronometro que tornaba al cero cuando marcaba cinco minutos.
Cada una de ellas tomó asiento en la mesita que habían dispuesto los organizadores del local y tras varias indicaciones de un hombre con chaqué, fueron entrando los hombres que tenían invitaciones desde hacía más de dos meses.
Más de treinta mesas se repartían por la habitación con luces de neón, como fichas de un puzzle muy bien ensamblado, y nuestras taconeras tenían las más céntricas del escenario.

MESA 1: (Tras varios acompañantes y después de un par de copas de vodka...)
— ¿Cómo se supone que tengo que tomarme eso de las bragas? — Dijo Karol con una sonrisa forzada.
— Bueno, yo podría hacer que las tuyas perdieran todo el color a base de lametones, guapetona— contestó el chaval delgado con flequillo pegado a la frente.
— Casi como que no, gracias de todos modos, tengo una lavadora industrial en casa y estoy totalmente segura que su centrifugado podría hacer mucho mejor trabajo que tú, pero gracias por preguntar. ¡Siguiente!
MESA 2: (Aburrida hasta la médula y con un dolor considerable de culo por la incomodidad de las sillas...)
— Perdona, ¿me acabas de llamar burra? ¿En serio? — Dijo Alicia sujetando el vaso con fuerza, a punto de usarlo como arma arrojadiza.
— No, te he dicho que tienes un cuerpo que me pone burro, pretendía ser un halago— contestó nervioso el chico de cresta pasada de moda.
— Pues…. Es que da la casualidad que en mi religión los halagos están prohibidos, creo que ya no podremos hablar más tiempo, lo siento, cosas del libro sagrado y eso ¿lo entiendes, verdad? ¡Siguiente!

MESA 3: (Con un considerable mareo y viendo el doble de vasos sobre la mesa...)
— Recapitulemos: vas a la universidad, y estudias económicas, te gustan los gatos y te follaste a la vecina del segundo porque pensabas que la chica había acabado la carrera de derecho, pero resultó que solo estaba de becaria y no tenía los últimos cursos aprobados, lo que hizo que pasaras de ella, además de que la ropa interior naranja te la pone dura, ¿era así, no? — Preguntó sarcástica Regina mientras intentaba meterse en la boca la pajita del vaso sin mucho éxito.
— Eh… hombre, dicho así… no, mis palabras han sido que la ropa interior naranja me excita, y esa vecina es que era un poco…
— ¡Siguiente!
MESA 4: (Preocupada por el poco resultado que estaba teniendo la velada, intentó llevar a su terreno al siguiente candidato...)
— ¿En serio? No me lo puedo creer, uno de mis escritores favoritos también es Bukowski, lo que no me cuadra mucho es eso de que estuvieras con él el año pasado en una conferencia en Holanda, su tierra natal. Estoy citando tus palabras, nene. Mira, graciosillo, porque lleves esa corbata de los chinos, no quiere decir que tengas que hacerte el interesante, hace más de dieciocho años que el autor murió, además de que de Holandés tenía lo que yo de fontanera, así que ve ha hacer el numerito a otra mesa que cuele— dijo So antes de volver la cabeza para ver quién era el próximo.  
— …
— ¡Siguiente!
MESA 5: (Con las piernas cruzadas e intentando que no se notara la mancha del cubata que le había tirado el anterior acompañante, intentaba no ser demasiado efusiva...)
— Pues a mí también me gusta ese tipo de música, lo que pasa es que no tengo casi tiempo de escucharla. Y… ¿por dónde sueles salir? — Preguntó Connie sonriendo con los ojos.
— Lo cierto es que intento ir a sitios donde la música sea en directo. Ni siquiera me importa si es un Pub pequeño o poco concurrido, siempre que tenga buen ambiente. El Jazz me apasiona ¿Y tú? — Preguntó de vuelta el moreno de camisa entallada, justo antes de que sonara el timbre de cambio de mesa.
— Vaya, ya te tienes que ir, ha sido un placer.
— El placer ha sido mío, en cuanto esto termine, que ya queda muy poco por lo que veo en los marcadores, si te apetece podríamos ir a tomar algo, a otro sitio, me refiero— ofreció el chico a Connie.
— De acuerdo, búscame.

Las chicas salieron muy decepcionadas de la experiencia, en especial So que era la que mayores expectativas tenía sobre el plan, las compañeras de trabajo se lo habían pintado todo muy color de rosa, pero había resultado ser un autentico fiasco.
La única que había sacado algo en claro, por así decirlo, había sido Connie, que para la siguiente semana había quedado con el chaval del Jazz.
Llegaron a casa rápido, estaban preocupadas por Irene, ya que la rubia no había cogido el teléfono ninguna de las decenas de veces que intentaron ponerse en contacto con ella. 

Al entrar al piso escucharon el agua de la ducha caer.
— Miradla, nosotras preocupadas y ella en plan relax dentro del baño. Podría haber atendido a las llamadas, se va ha enterar la cabrona— dijo Karol un poco enfadada.
— Es la más lista, se ha librado del tormento impuesto por la señorita So— contestó Alicia, justo antes de salir despedida hacía las habitaciones, ya que So estaba para muy pocas bromas.
— Iré a ver cómo se encuentra, lo mismo está tomando un baño porque tiene fiebre o algo peor— dijo Regina.
Tras unos golpes en la puerta, puesto que ésta estaba cerrada por dentro, Regina gritó a Irene para que le escuchara y abriera.
— Si no puedes abrir en  su habitación están las horquillas, podemos forzar el pomo, que no es normal que no conteste— dijo Karol a Connie, que ya se dirigía al cuarto de Irene a por la ganzúa casera.
Y tras pasar la rubia por la puerta, llamó a sus compañeras para que acudieran.
— Perdonad chicas, pero… si Irene está en la cama, ¿quién se está duchando?
— Preguntó Connie mientras observaba a Irene dormida como un ceporro bajo las sábanas.
— Esperad, ¿eso de la mesilla no es la gorra del chófer?










Y mañana como cada viernes nuestra cita ineludible con la encantadora y siempre divertida Connie Jett...

miércoles, 23 de enero de 2013

Galletas de la suerte - Relato


Un día cualquiera (I)



        
Como había amanecido de lluvia, Natalia Reynas se recogió el pelo y expuso todos los aperos de limpieza sobre la encimera de la cocina, echó un  vistazo de recuento, abrió las ventanas de la casa para que las cortinas se agitasen en todas las habitaciones y se colocó un delantal.

            Se extrañó de que el despertador no hubiese sonado a su hora y de que ni su hija ni su marido la hubiesen avisado, pero enseguida se sintió bien.  Sentada en la cama, antes de que la lluvia que golpeaba las ventanas se le hiciese evidente, escuchó el silencio de la casa y descubrió que le gustaba más que el ajetreo cotidiano.

            Ya lista para el comienzo de su zafarrancho de limpieza se frotó los hombros. La lluvia limpiaba el olor a lejías, detergentes y spray para el polvo, pero también enfriaba el ambiente. Escogió el limpia cristales junto con un paño adecuado y se dirigió al espejo del recibidor, el más grande y difícil de la casa. Mientras lo frotaba pensó, como siempre que llovía, que Emilio disfrutaba de un sentido del humor muy especial: Nadie más habría colocado una luna de cuerpo entero junto a la puerta del despacho donde recibía a sus pacientes.

            Cuando dio el último toque a la superficie reluciente se acercó y comprobó que había quedado perfecta. Ni una mota esquiva ni una marca. Y el viento se había encargado de que la entrada no oliese a ningún producto químico con aroma de naranja. Le había llegado el turno al terrario de Lorenzo.

            La salamandra que Emilio y ella habían comprado para inculcar a su hija un poco de sentido de la responsabilidad se había convertido en su mejor amiga. Natalia cuidaba de ella con tanto empeño como de la propia Jaira y la salamandra se lo agradecía con la discreción y la elegancia de un lagarto doméstico: no hablaba ni tenía arrebatos adolescentes. Así que Natalia dejó la botella de líquido transparente en el lugar que le correspondía dentro de la fila de limpieza y llenó un cuenco mediano con agua templada. Ya en el salón, mientras escurría la gamuza con mucho cuidado, descubrió un trozo de tela gris que sobresalía bajo el sofá.

            Miró el suelo con más atención y confirmó su sospecha: el sofá se había movido y había dejado al descubierto la huella de una de sus patas sobre la alfombra.

            No se acercó aún a la tela gris. En cambio irguió la cabeza y giró sobre sí misma: los muebles, los cuadros, los adornos del salón se le hicieron extraños, móviles, angostos. Sintió un escalofrío.

            No quiso creerse, así que sacudió la gamuza que había arrugado en la mano. Trató de centrar su atención en el terrario y en Lorenzo, pero la tela gris seguía en un hueco de su salón que no debería existir. Se agachó y la recogió; efectivamente, se trataba de una bufanda que no reconocía. Examinó de nuevo la disposición de los muebles y se apresuró hacia su habitación.

            Abrió la puerta con tanta violencia que la manilla golpeó contra la pared y volvió a cerrarse. El aire agitó las cortinas, que se movieron como jirones claroscuros. Las gotas de lluvia aún repiqueteaban.

            Natalia se encontró frente al espejo de la cómoda, demacrada: los ojos agrandados por el miedo y una vena azul latiéndole en la sien. Se notaba acalorada, aunque en los brazos aún sentía frío, y se pasó una mano por la frente. Transpiraba. Se limpió el sudor en el delantal y observó como le temblaban las manos. Las manos, que eran el rasgo de su cuerpo que más le gustaba: alargadas, huesudas, siempre crispadas y nerviosas, a la espera de algo que sostener.

            Terminó de enjugarse la frente con el delantal y se sentó en el borde de la cama. Respiró hondo un par de veces, miró el penúltimo cajón de la cómoda y por fin se arrodilló frente a él y lo abrió. No parecía que nadie hubiese hurgado en su ropa interior. La lencería parecía intacta, aún ordenada por colores y por comodidad. Los conjuntos más caros detrás, donde manipuló las tablas un momento, hasta que accionó el mecanismo y el nivel superficial se desencajó sin problemas. El doble fondo seguía allí, lo que quería decir que Natalia permanecía en su casa.

            Llevó una de las manos preciosas al pecho por si apaciguaba la angustia que le había acelerado los latidos y que quizá no había sido necesaria. Esperó un momento a que su corazón recuperase el ritmo acostumbrado. Miró los cuadros de la habitación hasta que los bodegones conocidos, domésticos, le devolvieron la tranquilidad. Entonces se volvió hacia la cómoda y abrió el primer cajón. Se soltó el pelo y alargó la mano hasta el cepillo que siempre usaba antes de acostarse. Se cepillaba cien veces cada noche como le había enseñado su madre y así lo mantenía joven y brillante. La relajaba tanto que no recordaba una noche de insomnio desde hacía muchísimo tiempo.

            Cuando ya no le quedaba nada de la preocupación anterior colocó el cepillo en su sitio y sólo entonces se dio cuenta: el broche no estaba. Sabía que ella no lo había tocado, pero aún así inspeccionó a fondo el cajón por si se había resbalado hasta el fondo por accidente. Sin embargo no apareció. Regresaron el temblor a las manos y las gotas de sudor a la frente. No se miró en el espejo, pero estaba segura de que los círculos negros alrededor de sus ojos se habían acentuado.

            La habitación de su hija se veía ordenada. Sin duda la niña comprendería al primer vistazo que alguien la había registrado y se enfadaría con ella puesto que era la única persona que se había quedado en casa. Pensó en cerrar la puerta y continuar con la investigación cuando Emilio volviera del trabajo y Jaira de la facultad, pero la tarde se le hacía muy lejana. Las horas se convertían en insoportables, así que decidió contravenir la norma más estricta de la familia y repasó con mucho cuidado hasta el último centímetro del cuarto de su hija. No encontró el broche.

            De vuelta en su habitación, la calma recuperada apenas lo suficiente, se tomó unos minutos para analizar los hechos: se había despertado sola, tarde; ni su marido ni su hija se habían despedido. Una bufanda gris desconocida había aparecido junto al terrario de Lorenzo, los muebles del salón no estaban en su sitio y el broche de su abuela, una baratija de bisutería roja en forma de gaviota, había desaparecido.

- Bueno -dijo en voz alta.

            El sonido de su voz no le devolvió el sentido de la realidad.

            Las manos se le crisparon sobre la colcha de ganchillo y los tendones del cuello se le marcaron tanto que se le podía haber quebrado la piel. Cerró los ojos y respiró muy despacio.

- Vamos Natalia. Si te enfadas así no pensarás con claridad. Así que mucha calma. Que no se diga que tú no sabes guardar secretos.

            Entonces sonó el teléfono.

- ¿Natalia? ¿Estás mejor?

            No era la voz de Emilio. Se parecía mucho. El tono era casi idéntico, pero la pausa entre las palabras no era la misma. O quizá se tratase de las vocales demasiado abiertas. Desde luego, la persona con la que hablaba no era su marido.

- Un poco mejor ¿Cómo es que llamas tan temprano? -¿eh? ¿Es que no saben tus jefes que Emilio nunca interrumpe sus consultas?

             Al otro lado del teléfono se oyeron crujidos y electricidad estática.

- Estoy preocupado. No he querido despertarte esta mañana. He creído que sería mejor que descansaras después de lo de anoche.

            Natalia no contestó inmediatamente. La noche anterior había sido como todas las otras. Ella se encontraba muy cansada, pero nada más.

- Muchas gracias, cariño – Natalia esperó.

- ¿Cariño? Ahora sí que me preocupas ¿seguro que estás bien?

- Claro –. Eran buenos. Debían de tener escuchas. De otro modo no podrían haberse enterado de cuanto repugnaban a Natalia los cariños y todas las otras cosas que se llamaban las parejas. Tendría que revisar el piso.

- Oye. Te he llamado porque he pensado que a lo mejor te apetece comer conmigo.

- ¡Uf! No sé. Llueve mucho – y no voy a dejar la casa sola para que os paseéis por ella a vuestras anchas.

- Pero si casi ha parado, mujer – Natalia estiró el cuello y miró por la ventana. El hombre al otro lado del teléfono tenía razón.

- ¿Y qué pasa con la cena?

- ¿Cómo que qué pasa?

- Sí, bueno... No sé. La cena…

- Venga, te espero en la puerta del hospital en media hora. Si te parece cógete un taxi.

            Natalia colgó y se llevó las manos a la cabeza. Se recogería el pelo y se pondría una falda ceñida. Sólo porque no era su costumbre. Como tampoco lo era colgar hilos diminutos de los tiradores ni papelitos minúsculos en los bordes de los cajones.

- Me marcho, Lorenzo –. La salamandra permaneció inmóvil.- Tú vigila. Ya sé que eres un reptil, pero es lo que hay.

            Jaira podría haber estado esperando en la entrada a que sus padres llegaran. Apareció tan rápido desde el fondo del pasillo que Emilio no tuvo tiempo de cerrar la puerta.
- ¿Has estado revolviendo en mis cosas, mamá?

            Natalia la miró. La misma melena negra, la misma piel imperfecta de 20 años recién cumplidos. Aún no se había desecho de las marcas del acné. Incluso la miraba con la misma ira contenida de su hija, y llevaba las uñas mordidas hasta la cutícula, como ella.

- ¡Claro que no! – Miró a quien pretendía pasar por Emilio, y simuló una punzada de dolor materno.
- Jaira…
- ¡Papá! – la chica se agitó dentro de su camisa negra y sus vaqueros. Metió las manos en los bolsillos y las estiró hasta que se oyó que el forro crujía. Si hubiese tenido uñas se las habría clavado en las palmas hasta que saliera sangre.
- Jaira, hija. No sé cómo se te ocurre.
- ¡Papá!
- Jaira, cálmate – el padre hizo un gesto a su hija con la barbilla y Jaira cerró los ojos.
- Jaira – Natalia volvió a la carga.- Jaira mírame. No entiendo nada ¿qué ha pasado?
            
Jaira resopló. Luego, como si la voz se escapara de su garganta sin su consentimiento, abrió los ojos y encaró a Natalia.

- ¡Mentira!
- ¡Jaira!
- ¡Cállate, papá! Esta mujer es una mentirosa patológica y yo no pienso aguantarlo más. Se supone que la hija soy yo, no ella. No voy a cuidarla más, no voy a tener más cuidado con nada ¡Claro que sabe lo que pasa!
- Jaira, no sigas por ahí.
            
Natalia se sintió débil. No eran su hija ni su marido, eso estaba cada vez más claro. Su familia no discutía en el recibidor de la casa con las luces aún apagadas y las ventanas abiertas desde la mañana. Se abrazó los codos mientras los otros dos seguían con su pantomima. Observaba sus gestos tan bien estudiados que le provocaban náuseas, pero no les escuchaba. Trataba de entender de qué manera creían que aquella escena les acercaría a lo que buscaban. Pretendían un menoscabo lento y constante de sus nervios. Por eso la habían dejado en la cama. Seguramente habrían manipulado el reloj y habrían dejado ellos mismos la bufanda gris. El robo del broche era otra de sus tretas. Y ahora la discusión, las voces altisonantes que la sacaban de quicio. Notó como el pelo se le humedecía en la nuca y todo el cuerpo se tensaba. Inmediatamente sintió que temblaba. Ellos no podían verlo, pero en pocos minutos se haría patente. Se pasó la mano por la cara y se dio cuenta de que se le habría corrido el maquillaje. También comprendió que el hombre la había estado observando y que se las arregló para que la conversación terminara justo en el momento en el que ella había alcanzado su límite.

- ¡Sois los dos iguales! – Jaira se dio la vuelta con energía y la melena morena le bailó por la espalda.

- Bueno – él sonrió mientras encendía las luces- ahora nos odia a los dos.
- Necesito bañarme. Creo que estoy incubando algo; no me encuentro nada bien. Y, mira, Lorenzo tampoco tiene buen color – La salamandra seguía quieta en el terrario.
- ¿No está como siempre?
- No - Natalia se acercó-. No. Tiene la piel reseca y está pálida. Por cierto, he encontrado esto esta mañana – Le tendió la bufanda.

Esto sigue la semana que viene.
Mañana...


  





martes, 22 de enero de 2013

La mota rosa (XI): preparados, listos... allá vamos



Otro martes más, estrenando este 2013 y en plenas rebajas. ¡¡Ayyyyy!!
No desesperes. Saca tu móvil, busca el blog de las taconeras y engánchate a la entrega semanal de "LA MOTA ROSA". Para cargar las pilas y relajarte con los problemas de... otros.










LA MOTA ROSA (XI): 
PREPARADOS, LISTOS... ALLÁ VAMOS.




Las únicas conclusiones que saqué de aquella interminable cena en la que Rafa y yo acabamos mirándonos con ojos de ternero en el matadero, locos por salir corriendo, fueron que Emilia seguía sin gustarme ni chispa, que su hija Basilea me caía aún peor, que Dora tenía un pase, y que las tres sin excepción, y en particular mi futura madrastra (¡¡puaghh!!), estaban increíblemente secas para lo mucho que zampaban. Menudo facturón le endiñaron a mi padre los del restaurante.
Ahí es na. Conclusión sobre conclusión: voy a quererlas del modo que sea. Lo haré por papá, lo haré por papá, lo haré por papá.
¿Por quién lo haré? Por papá, por papá.
Pues también por papá estaba emperifollada como hacía tiempo que no recordaba, en la puerta de un monumental edificio de la castellana, que le pertenecía por completo, mirando con pavor la recepción como si el vigilante fuese el mismísimo Freddy Krueger al acecho. Este laberinto de oficinas encadenadas, estos casi mil empleados, estas funciones y negocios diversificados me ponen el vello de punta. Cuando ruge la marabunta. Quiero volver corriendo a casa y meterme debajo del edredón, donde nadie me vea y pueda decidir a gusto de qué voy a vivir en lo sucesivo.




Del pedazo de sueldo que me ha asignado mi padre, por ejemplo. Un sueldo acorde a las responsabilidades que piensan exigirme, ni más, ni menos.
—Vamos, Lola —me dije—, no te hagas la chula, estás pelada, tienes la cuenta del color de la del anuncio de las compresas, todas esas compras estúpidas pensando en la boda… Puto Hamilton… Necesitas un trabajo, tu hijo necesita una madre responsable que traiga un sueldo a casa y tú vas a ser esa mujer valiente que deja de temblar porque te vas a jorobar un tobillo con los tacones, so mema.
Hay que ver la efectividad con la que me animo yo sola. Tiré para adelante, saludé cordial a los seguratas y a los recepcionistas, no me pidieron el carné ni nada y subí en el ascensor en mitad de un ejercicio respiratorio que terminara de sosegarme.
Planta veinte. Joder, qué alto.
Mogollón de puestos de trabajo, más cristaleras. Leches, qué lujo.
Nada más adentrarme en la moqueta, una chica espabilada, morena y con pinta de eficiencia absoluta e incuestionable, se me echó encima con la mano extendida y una sonrisa como una tajada de melón.




—Bienvenida, señorita Beltrán, es un honor contar con su presencia entre nosotros. ¿Cómo sigue su padre?
—Bien, bien, está… bien —balbuceé. La chica me conducía con sutil eficacia a un enorme despacho situado en el ala derecha de la planta y conforme avanzábamos, todo el mundo se giraba a mirarme y a sonreírme. Suponer que toda aquella gente emitiría su propio juicio sobre mi persona volvió a robarme la seguridad que llevaba acumulada. Luego pensé que no era tan trágico, había sido actriz durante casi cinco años y medio, expuesta a las descarnadas revistas, a los cruentos programuchas de televisión y había salido airosa, no tener trapos sucios que lavar es lo más recomendable en estos casos. Volví a apaciguar los ánimos y a prestar atención al sermón de la secretaria, que la pobre venga a hablar y no le estaba haciendo ni caso.
—¿Y te llamas? —indagué rezando porque no me lo hubiera dicho ya. Por la cara que puso creo que sí, que ya me había informado antes y no la había atendido.
—Maite, me llamo Maite Fortes.
—Pues encantada, Maite.
—Como le decía, soy la secretaria particular de su padre desde hace tres años —pobrecilla. Y voluntariosa, empezó con todo el rollo desde el principio, convencida de que no me había coscado de nada—, me encargo personalmente de su agenda y de sus citas. Desempeñaré la misma función para usted, si le parece bien.

Continuará...


 Y mañana es miércoles. Pues como cada miércoles, las galletas de la suerte más sabias e ingeniosas de mano de mi súper-taconera Alicia Pérez Gil. No tendrás nada mejor que hacer que visitarnos. Seguro!!


domingo, 20 de enero de 2013

From my Blonde Mind: Amistad unisex.


Esta semana han pasado varias cosas que  han llevado a que un interrogante ronde por mi cabeza de forma reiterativa y recurrente.   La pregunta en cuestión es: ¿Por qué todavía, en pleno siglo XXI, en un país desarrollado y moderno como este (bueno, es discutible en algunos casos y además vamos en franco retroceso pero aun así nos tomaremos  la licencia de catalogarlo como tal), es tan difícil que llegue a toda la población la idea de que la amistad entre personas de distinto sexo no solo es posible, sino además, tremendamente enriquecedora?
Te ponen a analizar esa frase en un examen de sintaxis y te clavas el boli en la frente.
Una de las principales razones de que me plantee dicho tema ha sido el hecho de que un hombre de una cierta edad, no un pipiolín con las hormonas disparadas, al que le presupongo cultura, y que por su bagaje vital ha tenido ocasión de residir y visitar otros lugares lejanos y distintos, con la consecuente apertura de mente que, al menos en mi opinión, esto debe implicar, el otro día me soltó una perla tal como esta: «Pienso que la amistad entre hombres y mujeres es imposible porque uno de los dos siempre querrá hacer el amor con el otro.»
Yo disiento, puesto que  tengo  y he tenido amigos ( OS. Terminación en masculino y plural) y no hemos tenido ninguna necesidad insuperable de juntar nada más de lo que se puede considerar apropiado en este tipo de relación. Todo esto no ha impedido, no obstante, que uniésemos otras partes igual de  íntimas o más que las anteriores. Unas que no se cubren con ropa, pero cuya pública exhibición nos produciría más reparo que la desnudez física. Juntos nos hemos reído, hemos llorado y hemos tenido largas charlas acerca de lo divino y de lo humano sin acabar por ello en el lecho (ni en el baño de un bar o el asiento trasero de un coche).
Rubia sosa y guapísima, muy buena en plan platónico.
Un poco de tensión sexual llevada con humor   (Ummmmmm reflexiono) no es malo del todo. Es como el ajo y la pimienta como condimento de algunas verduras, se puede pasar sin ello  pero pierde gran parte de su encanto.
Pero volvamos al sujeto en cuestión. Tras una velada, al menos interesante, me confesó que no se esperaba para nada que yo fuera así, que en algunos momentos se había sentido apabullado por mi intelecto (ser rubia hace que la gente presuponga cosas) , y que nunca había tenido una conversación como aquella con una nena. Yo me asombré, claro está, acostumbrada como estoy a mantener este tipo de charlas a menudo, y le recomendé que intentara un diálogo de verdad con más congéneres femeninos, seguro que la experiencia le sorprendería de forma grata.
En definitivas cuentas, parece que aunar mujer y persona en un mismo término es algo complicado. Quizás esto se deba a algún tipo de resorte atávico que impulsa a diferenciar el sujeto follable del escuchable, no lo sé con seguridad. Y si la mente se ve nublada por el primero, anula de forma automática al segundo. Hace falta pues un pequeño ejercicio de concentración para poder valorar que la mitad de la población mundial no ha sido puesta en el mundo con el único propósito de satisfacer nuestros apetitos más básicos de cópula y reproducción, (ojo, que aunque algo difuso y primigenio hable en el interior del hombre instándole a esparcir su semilla como el polen en primavera, si a ellos les sugieres el tema, seguro que pierden la libido a la velocidad del rayo. Paradojas de la vida). Además esto resultaría muy aburrido: Ir por la vida manteniendo en todo momento la pose de sujeto interesante y atractivo, sería  agotador y frustrante.
Sin embargo poco después, (creo que fue al día siguiente. A veces trasnocho, madrugo y me lío) tumbada en el sofá, me dediqué a chuparme una nochecita de pelis españolas, con este humor tan nuestro. Los lagos en cuestión fueron, por este orden: Fuga de cerebros, que trata acerca de unos pobres chicos, un poco raritos (la sal de la tierra), que deciden falsificar sus calificaciones escolares (usando no poca habilidad e imaginación) para viajar a Oxford en busca del amor platónico de uno de ellos. Allí todos y cada uno de los implicados deben  hacer uso de sus recursos, tanto para ayudar a su colega, como para sincerarse con ellos mismos y sus limitaciones, en busca de una  compañera ideal.  Final feliz e historia de superación. Hasta aquí todo bien.
Rubia divertida. Serás la envidia de tus amigos.
La segunda,  Pagafantas, nos habla por su parte de un nene también un tanto especial (parece ser una tónica muy nuestra) que, tras romper la monótona relación con su novia de siempre, se dedica a intentar engañar a sus colegas para salir entre semana en busca de unos ligues que se resisten a ser conquistados. Un buen día conoce a una argentina (pequeñita pero muy salada) que está loca como una rana en una batidora y que le llevará por el camino de la amargura. Donde él ve amor (también sexo), ella ve amistad ( y formas de putear al pobre, dicho sea de paso). Así que ya la tenemos liada. Como trama secundaría, encontramos al amigo de toda la vida del fallecido padre de nuestro Casanova, que hará cualquier tipo de locura por llamar la atención de la madre de este (el protagonista) en vano. La mujer no dejará de verle como un amigo hasta que pierda unos favores a los que ya estaba tan acostumbrada, que daba por supuestos sin valorarlos.
Ahora me diréis: Pero menudo coñazo nos está contando la rubia.
En efecto, así es. Pero si seguís mi argumentación (cosa difícil, lo reconozco, que ando fina), a lo mejor os dais cuenta de que en ninguno de los casos nos presenta la amistad entre hombres y mujeres como algo viable.
 No hay apenas ninguna conversación y, si mi apuráis, ninguna acción realizada por parte de los nenes que no tenga por finalidad meterse en las bragas de las féminas (con más o menos afecto de por medio, no lo niego, pero lo mismo me da).
Y esto me jode porque creo que por culpa de las actitudes gilipollescas  del  cortejo, (infructuoso, casi siempre) que me encuentro, estoy perdiendo la oportunidad de conocer a personas con pene que merecen la pena.
En definitiva, mi problema es que soy insaciable. Me pierdo por horas y horas de charla banal y distendida, de cañas y tapitas. Por proyectos juntos y sesiones de aprendizaje.  Por estar espalda contra espalda en una trinchera. Porque  una voz masculina me llame de madrugada y me diga: «So, necesito tu ayuda, rubia. Trae munición y el Thunderbird».
Tengo mucho vicio, debería limitarme al choof plastificado final y al «ya te llamaré, nena»  tras los tres minutos quince segundos en los que soy capaz de solucionar esos lances.
Os quiero, nenes, vosotros sabéis a quienes me refiero.




Mañana martes otra rubia, otro estilo “La Jefa de Todo Esto”a la que llamaban en los reuniones de yakuza, con tono velado por el miedo y el respeto, Regina Roman.
La Mota Rosa.







viernes, 18 de enero de 2013

¿Qué hacer antes de los 30? Te quiero



José no me pregunta nada,  pero sus gestos expresan una vez más decepción. 
Yo intento subsanar la situación con un abrazo intenso y unas tímidas caricias en su espalda por debajo de la camiseta. 
Nuestra atracción es lo único que no varía a través del tiempo. Él no puede resistirse y me coge de la cintura acercándome hacia su cuerpo y me besa con intensidad. Me encanta como su lengua juega con mi pircing.

Entramos a mi piso desesperados el uno por el otro. Me tira en el sofá y entre algunos papeles que hay desperdigados por ahí y las tres cajas que siguen  inmunes hasta que yo decida ordenarlas, hacemos el amor.  
Cuando al fin, nos trasladamos a la cama medios desnudos, pues no nos había dado tiempo a despojarnos de toda la ropa, él se anima a soltar un:

¿Qué voy a hacer contigo? 
―¿Por qué? ―pregunto con mi carita de niña indefensa y me acurruco en su pecho. 
―Pues, siempre que vengo a sorprenderte, eres tú la que innova y superándome con creces. ― Admite al fin con la respiración entre cortada.
 
―Ya, pero es que…  ―lo interrumpo intentado defenderme.
 
―No empieces, no me quiero enfadar. Dime la verdad. 
 
Me siento en la cama, mientras me pongo mi camiseta de tirantes e intento ser lo más clara posible:
―Ese chico, el del ascensor,  es amigo de un tío que conocí con una de mis taconeras el día que nos colamos en una boda. ¿Te acuerdas que empecé esta historia de hazañas antes de los 30?  
―Eso incluía liarte con todo dios ―dice José entre risas.
―Te estás pasando.
―Pues no lo entiendo, de verdad. Quiero olvidarlo todo, pero siempre aparece alguien. O una nueva hazaña como bien tú dices y poco explicas… ―responde también sentado y cogiéndome de las manos.  
―Te quiero José ―le digo por fin, algo que sale realmente de mi corazón.
―Me gustaría creerte, y no es por el tío del ascensor, ni por tus hazañas, ni por tu ex y perdona que lo nombre porque sé que te ha hecho mucho daño y el tema del secuestro no es tontería, pero Yago, ¿quién coño es? ¿quiénes son todos?

―Tienes razón ―respondo.

―Yo también te quiero. ―dice él dándome un beso en la frente.

―¿Pero…? ―lo corto, sabiendo que continuaría un pero…

―Pero, nada, aquí estamos, como un puto cabrón, aguantando y enamorado…  ―afirma con impotencia.

―¡Yuppy! ―grito mientras salto en mi cama, intentando desdramatizar la situación.

Nos besamos y ….

Me prometo portarme bien, me lo prometo, se lo prometo, os lo prometo.

¡¡Feliz viernes!!

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