miércoles, 8 de mayo de 2013

Ya no más - Galletas de la suerte


Hola a todos:

Entrada cortita. En realidad sólo quiero decir que es mi última galleta de la suerte. No necesito 900 palabras para irme, pero dispongo de ellas, así que procuraré darles uso.

Lo dejo porque quiero. Lo que quiero hacer es dejar de escribir galletas.

Comencé porque me apetecía, porque me sentí halagada y porque creí que sería “beneficioso” para mí.  Por lo de libro recién autoeditado y esas zarandajas. Por eso y porque nunca jamás me había nadie pedido que formase parte de nada. Este era un proyecto chulo, no exigía grandes dosis de esfuerzo e imperaba  el buen rollo. Todo eso sigue vigente.

Continué porque siguió apeteciéndome.  Lo de los “beneficios” se demostró pronto que había sido un espejismo. Me lo pasaba bien, la interacción entre nosotras era divertida y agradable.
Y así han pasado once meses.

Durante todo ese tiempo nada ha perturbado la paz de los tacones, al menos por lo que yo sé. No hay problemas internos, ni piques estúpidos, ni rivalidad ni nada parecido. Nada ha cambiado desde el planteamiento incial. Yo sí. Y por eso le pongo la capucha al boli.

No quiero seguir escribiendo para nadie, ni en colaboración con nadie, ni con un timing. Lo mismo que no quiero venir a trabajar por las mañanas y a Dios pongo por testigo de que antes o después lo lograré.

He creído que quería varias cosas en mi vida: entrar en una talla 36, ser rica, hacerme famosa, formar parte de un importante movimiento, ligarme todo lo que se moviera… pero no es cierto. Intuyo que lo que quiero de verdad es mucho más sencillo y está mucho más al alcance de mi mano. Y me escornaré si hace falta para definirlo primero y conseguirlo después.

Llevo un año  dando vueltas a las mismas cosas: lo importante es lo que de verdad deseamos y quienes en realidad somos. Lo importante es amar y del amor se deriva la escucha y la comprensión. Lo importante es ser. Lo que se sea, sin tapujos; O con los menos posibles, tampoco vamos a alardear ahora de una libertad que no ejercemos.  El amor empieza por uno mismo, así que la escucha debe empezar por esa misma persona.

Es duro escucharse, porque la mayor parte de las veces no nos gusta nada lo que oímos. Al menos a mí. Por eso me rodeo de ruido de forma constante. Es un ruido bonito. Tampoco es que me llene la cabeza de cacofonías absurdas sin ton ni son. Pero ruido al fin y al cabo. Ruido que no me deja oírme.

Estoy en el proceso de cerrar ojos y oídos al ruido. Estoy en el proceso de librarme de todos los compromisos que he adquirido y que no son esenciales. Lo adelanté hace unas semanas.  Hablan los budistas del desapego. Ahí quiero llegar yo.

Quiero ser. No quiero hacer y deshacer. Sólo quiero ser. Quiero observar, me gusta. Y quiero disfrutar de la observación sin desear formar parte de eso que observo. Ese es el quid de mi perdición. Cuando veo un programa de talentos quiero hacer el casting, cuando veo un blog de fotos quiero pintar, cuando veo una mosca, quiero volar. Eso es lo sencillo para mí: seguir una corriente, la que sea. Pero estoy cansada. Cansada de eso que he hecho hasta ahora y emocionada porque puedo por fin sentarme y esperar a ver qué corriente es la mía.

Me perdería en una ermita de la montaña, pero mantengo alguno de esos compromisos de los que quiero liberarme, así que no será hoy. Será, con toda probabilidad, cuando deje de desearlo.

Sucederá también cuando me libre del anhelo correspondiente, que no necesitaré aprobación, ni palmadas en la espalda, ni público, ni halagos, ni fans, ni un fondo de armario impecable, ni un cuerpo perfecto, ni una belleza tópica. Llegará el momento en que me bastará despertarme para estar alegre por la vida. Saldré a la calle, respiraré y sabré, de verdad, no como ahora que lo intuyo nada más, que todo está bien y que ya soy perfecta porque soy.

Hasta entonces, nos vemos por estas redes. La carne es carne.

Mañana y todos los jueves, ya sabéis lo que toca. Yo vigilo...



martes, 7 de mayo de 2013

LA MOTA ROSA: lo que escribo



Tanto tiempo escribiendo, tantísimas entradas y hasta ahora no caigo en la cuenta de que nunca os he hablado de mi obra. ¡Upps! Debe ser la edad que no perdona, o esta tendencia mía a saltar de tema en tema cual cabra monteña sin reflexionar apenas. Escribo por impulsos, ¿os lo había contado ya? Sólo me siento delante del ordenador cuando realmente tengo algo que decir, de ahí que las entradas en mi blog tengan menos regularidad que la menstruación de Lady Gaga. En fin, qué se le va a hacer, una no puede estar en todo.
Dediqué muchos años a la abogacía, no en una rama cualquiera, no: en las 2 más desagradables que posiblemente se ofertan. Criminalística y mediación familiar en divorcios sangrientos. No creo que haga falta explicar las condiciones anímicas en que llegaban los clientes al despacho. Si sufrir un problema que nos conduzca al abogado de ordinario nos preocupa, qué decir cuando tú o alguien cercano y querido está encausado penalmente o cuando atraviesas el crudo lodo de una familia en pleno desmorone, con ilusiones rotas, niños que sufren, venganzas en marcha y todo lo ya conocido.
Había que salvar esas almas. Animar esos corazones. Subir esos ánimos. Forzarlos a que creyeran de nuevo en sí mismos y recuperasen las ganas de luchar, porque cuando se enfrentasen al interrogatorio del juez o del letrado contrario, estarían solos, yo no podría responder por ellos. Y debían estar seguros de que luchaban por algo justo, merecido, que todo lo malo que les acechaba no era ningún castigo divino por lo mal que se portaron en 1998.
Surgió mi labor de consejera. Algo que ya se venía cociendo desde mi más tierna infancia, cuando en el colegio mayor tenía prácticamente montado un consultorio sentimental y me colgaron en la puerta de la habitación un folio con fixo que decía:
"Te queremos, Elena Francis. Gracias por todo"
Por cierto, jamás debí tirar ese cartel. Si llego a saber que con el tiempo tal adjudicación se haría realidad...

Cuando por motivos graves de salud planeaba en mi cabeza abandonar la abogacía, antes de haberlo ni mucho menos decidido, ya surgió la Psico-comedia. Debe ser que mi yo "consejero" viéndose amenazado de desempleo buscó inmediatamente salida por otros derroteros. El proceso de elaboración mental debió ser algo parecido a esto:

Siglo XXI.
¿Nada nuevo bajo el sol? ¿Falta originalidad en nuestro universo literario? ¿Todo lo que se publica es más de lo mismo?
¿Y si fuésemos capaces de descubrir un género novedoso tanto en España como en el resto de Europa con el más amplio espectro de ventas? ¿Algo que guste a adolescentes, jóvenes y ancianos, a hombres y mujeres,sin distinción?
¿Será posible?

Cojamos un manual de autoayuda (de esos que tan bien venden) y démosle 2 vueltas de tuerca:

1ª) Eliminemos el formato "manual", árido, repetitivo y aburrido y sustituyámoslo por el de "novela", con su ritmo, su argumento, sus personajes y sus cosicas.
Nace la autoayuda novelada: el lector se sumerge en la historia, las peripecias de los personajes y disfruta sin percatarse del trasfondo psicológico y terapéutico de lo que lee.

2ª) Plásmela en clave de comedia romántica (mi favorita).
De ese modo, incluso los que no capten o no necesiten el mensaje psicológico de la obra, se llevarán consigo el innegable bienestar de la risa y el romance.

Me convencí de que lograrlo sería posible y tras varios intentos, nació la PSICO-COMEDIA.
En España, que como inventores no tenemos parangón. Sin antecedentes en la literatura europea, para que rabien y se chinchen. Completamente original y castizo. ¡Toma ya!

Y ahí estamos, en la brecha, juntando palabras para que la colección crezca. Con 8 títulos publicados que tratan respectivamente la reacción de tu entorno cuando decides ser tú misma (Un féretro en el tocador de señoras), la caída de la autoestima con la edad y la amistad verdadera (Cuarentañeras) y la mitomanía o mentirosos compulsivos (Del suelo al cielo) el maltrato psicológico (Gato por liebre), la historia de un perro contada por él mismo (El pequeño de la casa), la envidia corrosiva (Muerta de envidia), madres e hijos adolescentes (50ñeras, Perlitas de C/ Larios). Avecinándose la vuelta de Gilda el fantasma y la "ortiga emocional" (VenenoS.A.) y las personas que no saben decir "no" (QuiérOme mucho). 


Llena de ilusión y de fuerzas que a veces me abandonan en busca de aventuras y mejores tierras pero que siempre acaban regresando al redil. Porque saben que las necesito, que esto es una tarea para la buena gente, que los libros están curando corazones y sacando la risa de personas tristes en momentos en que poco o nada nos lleva a sonreír. Que hay que ser agradecidos y corresponder a las cartas y mensajes que recibo, plenas de agradecimiento y de cariño.

Por todo eso, por vosotros y por mí misma... ¡Resistiréeeeee!




Miércoles... miércoles... ¿Miércoles? ¡Oh, las galletas! ¡Las galletas de la suerte con Alicia Pérez Gil! A comerrrrrrrrr...




lunes, 6 de mayo de 2013

From my blonde mind: Cosas que me gustan.




Hace tan solo un par de días tomaba café con un nene muy importante para mí. Llamémosle Pedro (nombre ficticio). Pedro degustaba con nostalgia una bamba de nata, bollo que suele pedir siempre que le asalta un ataque de gula. Yo le pregunté acerca de dicha predilección y, entonces me confesó que obedecía a un recuerdo, más bien un sentimiento, que le acompañaba desde la infancia. Cuando mi amigo era pequeño, su abuela, todos los domingos, le llevaba a una confitería y allí le compraba como un ritual la susodicha bamba de nata. ¿Por qué siempre lo mismo? Quise saber yo. Había muchas otras cosas donde elegir. Podría haber alternado con un pepito de chocolate o una palmera de vez en cuando para variar. Podía haber sido, pero no fue. El caso es que su abuela siempre le compraba lo mismo, además, ella, en su sabiduría y demagogia, alegaba que era lo mejor, y eso le hacía sentirse especial. Con el tiempo, sin embargo, Pedro un día descubrió que los motivos de la querida progenitora de su madre no eran tan considerados y que el ya mencionado pastel era de lo más económico de la carta.


- Bueno, pero ahora no tienes ese problema, eres adulto y puedes tomar tus propias decisiones. Arriésgate y toma algo diferente e incluso tira la casa por la ventana; pídete lo más caro, solo para darte el gusto.- Le reté.

- Demasiado tarde, So. No hay nada en la vitrina expositora que me atraiga la mitad de lo que lo hace mi bamba de nata. Quizás los otros postres estén más buenos o sean más sofisticados, pero no poseen la capacidad de evocar el pasado de la misma manera, de hacerme sentir un niño en cada bocado. Además, ¿lo que has encargado al camarero no es tu trufa de chocolate de siempre?

Touché, tocado y hundido.

 Lo malo de intentar provocar a amigos íntimos es que te conocen casi mejor que tú misma y corres el riesgo de que la pelota te rebote. Hay argumentos contra los que uno no puede competir. Menos aun cuando los entiende y los comparte. No en vano, y él lo sabía, a mí me encanta hacer un estudio comparativo en todas las pastelerías acerca de las trufas, y mi criterio no es en absoluto objetivo, llevo ya una idea preconcebida acerca de cómo debe ser la trufa ideal, como si existiese un canon universal al que el resto de ellas debieran imitar. Conozco su aspecto, su consistencia y su sabor: debe ser oscura por dentro, empalagosa y muy, muy densa. No de esas que están hechas con nata y son de color clarito, suaves y ligeras que son una mierda. Porque yo, al igual que mi amigo, no buscó un dulce sino el dulce de mi niñez.


Hay cosas que son como son, simplemente nos gustan y ya está.

Entrados ya en materia, la conversación discurrió por el sendero de las cosas que nos provocaban placer. Mucho había llovido desde que este nene y yo nos conocimos y nuestras circunstancias habían cambiado, algunas para bien, otras para mal, pero ya no somos los chiquillos de entonces. Ahora ambos somos adultos, con bagaje a nuestras espaldas y una larga trayectoria en común. Más serenos, menos expectantes y, espero, un poco más sabios, quizás también con menos fe en el futuro, pero no por ello con menos ganas de tener proyectos y llevarlos a cabo.

-¿Con qué cosas disfrutas ahora?- Me preguntó.- Estamos mayores, nos hemos aburguesado y somos mucho más vagos. El dinero se ha convertido en un factor importante ¿verdad? Casi todo requiere de él.

-El dinero es importante, no lo voy a negar. Pero seguro que, si nos esforzamos, encontramos algo que no lo necesite.

Estrujé mi cabeza.

Por ejemplo a mí me encanta dar de comer a los patos, ver como vienen corriendo y abren el pico cuando yo les acerco un ganchito. Y los largos paseos por cualquier lugar, perdernos porque a pesar de todo nuestro sentido de la orientación sigue siendo una mierda y hacer de ello una aventura.

Cuando llueve y el día es tétrico y deprimente, quedarse calentito debajo de una manta y leer un buen libro o salir a la calle a pesar de todo y tomar café mientras esperamos a que amaine.

En primavera, con los primeros rayos del sol, es un placer sentarse en un banco muy quieto como una lagartija e ir descongelándote poco a poco al igual que un sapito que revive tras un crudo invierno y siente la existencia retornar a su ser.
Recorrer la ruta de mis parques favoritos: en la Quinta de los Molinos el florecimiento de los cerezos es espectacular; el Campo del Moro, en verano, es un oasis de verde frescor en medio del ardiente asfalto; el Parque del Oeste es inmenso y todavía se puede encontrar algún recodo desconocido; estudiar la fauna de la Casa de Campo es siempre entretenido.
Allí conviven, en relativa paz y armonía, los corretones y ciclistas, las prostitutas, sus chulos, los clientes y los mirones curiosos, los retenes, torretistas y demás trabajadores. Estos habituales de tales lares se conocen y se saludan, cada uno desde su pequeña parcela vital. A veces, incluso comparten un cigarro a modo de tregua e intercambian algún comentario acerca de sus respectivas vidas, un pequeño momento de convergencia que acaba tan pronto como se extingue el humo, después dan media vuelta y sin mirar atrás retornan a sus quehaceres.

De noche, Madrid se ilumina y los edificios adquieren una magia especial, nos recuerdan que es una ciudad llena de arte y de solera a la que no miramos con la atención debida porque la fuerza de la costumbre nos ha robado la capacidad de detenernos a contemplarla.
Quedar con amigos y familiares, sentir su presencia cerca, reírte con ellos de cualquier absurdidad, compartir con ellos las alegrías y las penas, tu vida y la suya es a la vez un placer, un deber y un privilegio.

-¿Qué opinas tú? Inquirí a Pedro con gesto escrutiñador.

Él me miró con una sonrisa y añadió:

 -Que tienes razón y que a pesar de todo seguimos siendo las mismas personas, más viejas y quizás vestidos de distinta forma, pero las cosas que nos gustan son las mismas que hace quince años. Algo debe permanecer de nuestra esencia primordial, o quizás sean los recuerdos que dan unidad y sentido a nuestra identidad, y retroalimenten nuestras experiencias pasadas y presentes. ¿Disfruto de lo que me hizo feliz antaño, o recuerdo con cariño del pasado lo que me complace ahora?

-No lo sé y es meterse en jardín demasiado metafísico, tan solo acepta y admite que hay cosas que te gustan, porque sí, y ya está. No le des más vueltas. Y ya se me enfriado el café con tanta charla ¡qué irónico! Hay hechos que no cambian, demos gracias por ello.

Pedro asintió con sus ojos castaños y me di cuenta de que en realidad lo que me gusta no es lo que hagamos o dejemos de hacer, es que lo sigamos haciendo juntos.







Que Di Estéfano se case demuestra que las leyendas nunca mueren, mañana tenéis aquí a la cuarentañera más espectacular, Regina Roman con su Mota Rosa.

sábado, 4 de mayo de 2013

¿Qué hacer antes de los 30? Colega o espía...





Esto de tener un novio y un trabajo nuevo, la verdad es que  no me da tiempo a nada… ¡lo siento!
Sigo intentando sumergirme en aventuras antes de los treinta, que por cierto cada vez queda menos…

¡Dos meses! ¡Voy a llorar! Y no de alegría claro, quiero ser una veinteañera for ever.

Encima mi forzado y nuevo corte de pelo, ¿os acordáis que la inepta de la peluquera me quemó media melena rubia?, pues dicen que parezco más mayor.

Yo me siento de venti y pocos, ese es el mi entusiasmo que exulta felicidad y no se resigna.

¡Ah! El nuevo trabajo, estoy en prácticas, un mes de prácticas y me convertiré en administrativa oficial. ¡Vaya, qué suerte!

No me mola, quiero tirarme de la ventana cada vez que abro mi oficina y saludo cortésmente a mi nueva compañera.

No tengo nada en contra de ella, soy yo que después de meses ¡y qué intensos! se niega a volver a la vida normal, o como diría Irene a la real.

Hace unos días me envió al archivo a ordenar unos ficheros, se cree la mandamás porque soy la nueva, y por ahora no me he revelado, por ahora.

Me fumé un cigarrillo a escondidas y ordené los ficheros alfabéticamente. Tanta era informática y ese despacho olía a antigüedades.

Ana, se llama mi compañera, que nombre más clásico, como ella eficiente, ordenada y aburrida.

No tengo nada contra ella, ¿o sí?

Pues, mi trabajo de administrativa es pesadísimo y por ahora me encuentro bajo presión por parte de una colega que no sé si me espía.

―¿Cómo ha ido? ―preguntó José, que ha venido a recogerme.

―Voy a vomitar ―respondí en broma.

―Si no te gusta, lo dejas, cariño. Ya encontrarás otra cosa.

―¡Tú ves el noticiero Jóse, no puedo dejarlo! Además no creo que pase la prueba.

―Necesito una persona que me ayude en video club. ¿Te apetecería ser mi dependienta?

―¿Serás un jefe malo? ―pregunté con picardía.

―Todo te parece una broma, rubita.

―No, Jóse, mil gracias, pero mejor no mezclar el trabajo y el amor, nunca resulta bien…

―¿Amor? ¿eres tú?

―¡Qué bobo eres!

Por la noche planeo un plan maquiavélico para descubrir si Ana es una compañera fiel o es una especie de soplona de la empresa. Si algo sale mal me tocará aceptar la propuesta de Jóse...

jueves, 2 de mayo de 2013

Encuentro en tacones. Solidaridad.


Nunca he dedicado mi sección a la recomendación de libros (y eso que aquí tengo a cinco compañeras autoras que escriben maravillosamente), pero hoy es un día especial en el que quiero hacer hincapié en esos pequeños gestos que se pueden hacer todos los días para ayudar al prójimo, pequeñas cosillas que mejoran la vida de los demás, y si esos “demás” tienen una historia tan emotiva y bonita como Eder, ya ni os cuento lo que significa nuestra ayuda.  
Hace unos días encontré este vídeo por la red, tras verlo entero (por favor, miradlo hasta el final) comprendí que con una ayudita, este chaval podría tener la oportunidad de cumplir su sueño, mejorando su vida y su salud.
Rápidamente me informé de la veracidad de la historia y terminé por comprar los diez cuentos que su familia ha puesto en venta para recaudar esas imprescindibles monedas.
Mirad el vídeo (muy ameno y divertido por cierto), y si queréis colaborar como yo lo hice, aquí os dejo el enlace de compra de sus cuentos.

http://diezcuentosparaeder.org/

¡¡A mi hijo le han encantado!!!

Y si no os llaman la atención los cuentos, podéis echar una manita compartiendo este vídeo con todos vuestros amigos, en facebook, en vuestros blogs….. Toda publicidad es poca y bienvenida.
Besos para tod@s y gracias por prestarme atención, un beso muy fuerte y que vivan las buenas personas!!








Y mañana una historia genial de la mano de nuestra Connie, la rubia más bonita de esta ciudad ^^ 


miércoles, 1 de mayo de 2013

Galletas de la suerte - Trapos


A veces pasa: A veces te metes en una tienda de ropa y una dependienta se acerca a preguntar si puede ayudarte. A veces, la mayoría, contestas que no. Total, es poco probable que compres nada, lo que quieres es matar el tiempo mientras esperas a alguien o enterarte de qué van a llevar las demás esa temporada. Tú estás en medio de una dieta o puede que apática. O, cosas más raras se han visto, encantada con tu fondo de armario y concienciada de que el consumismo es una lacra y el síndrome de Diógenes una amenaza mucho más seria de lo que parecía hace un par de películas. 

En menos ocasiones le dices a la chica que te sonríe con todo el rouge que sí, que necesitas ayuda. Y entonces comienza el show. Para empezar, ellas esperan que digas que no y continuar así con su labor de cuelgue de perchas y distribución mágica de prendas. Pero has dicho que sí, que necesitas ayuda. Eso las coloca en la tesitura de seguir estirando el carmín, escucharte y hacer como se saben la respuesta. Porque una cosa es que tú te acerques por tu propio pie a una de esas señoritas para preguntar si en los veinte o treinta metros cuadrados que constituyen su reino vive una prenda concreta. Eso no las compromete más que a soltarte que si no está ahí es que no está. El ser humano de compras que no sabe eso, es que ha comprado poco. Pero si ellas son las primeras en entablar contacto, la cosa cambia.

Y en estas me encontré yo el otro día, ya en el probador, con mis vaqueros pegados a las posaderas, contorsionándome porque la opinión de Emilio es que no hay culo grande, lo que me obliga a ponderar el aspecto del mío con cierta mesura, no vayamos a terminar comprando pantalones con implantes y cantando salsa sobre unas plataformas imposibles. 

- ¿Te gusta cómo te quedan? Igual te parecen apretados.

Yo, que había cogido una talla más de lo que necesito porque estoy harta de marcar más que un fluorescente, le contesté que no, que estaba muy cómoda, pero que no me convencía el color. Le pedí que me trajera un par más claros, unos negros y otros con otro corte de pierna. La chica, encantadora, me los trajo todos, me explicó la diferencia entre ellos y se desentendió de mi espectáculo ante el espejo. Emilio se desentendió también. Para eso se han hecho los smartphones: para que los novios vayan contigo de compras sin posibilidad de desesperación.

Al final me llevé el par que me había probado primero, di las gracias a la dependienta y me marché de allí razonablemente contenta. Y eso que la mujer había sugerido que me veía embutida. Estaría yo benevolente, no sé.

¡Qué narices! Claro que sé. Lo que sucedió es que, antes de encontrarme al cuervo blanco de las dependientas de textil en España, había estado en un Zara. Un zara de una sola planta en el que pululaban al menos seis dependientes: cinco chicas y un chico. Y ahí mi método de caza del vaquero perfecto había sido el que mencionaba como infructuoso unas líneas más arriba. Tenía cierta prisa, sabía lo que quería y creía que era sencillo. Culpa mía: nunca subestimes la complejidad del shopping.



Primera dependienta del Zara (en adelante PDZ. La segunda será SDZ, etc)

PDZ- ¿Pero los quieres de esta sección?

ALICIA- Pues me da igual. Los quiero rectos o con un poco de campana.

PDZ- Casi ve a mujer, aquí son todos pitillo.

SDZ- ¿Los buscas en mujer? Yo creo que igual en joven. Mira, pregunta a mi compañero.

ALICIA - ¿Pero no sabes si los hay?

SDZ- Es que mi departamento es ese

Entendámonos, toda la tienda era como dos veces mi casa. Máximo dos y media, o sea, no llegaba a doscientos metros cuadrados. De todas maneras no discutiré la capacidad cognitiva de la dependienta 1 ni de la 2. Me consta que no se trata de eso, sino de lo que viene a ser no tener ganas. Y me consta porque sé que las trabajadoras del ramo son las primeras en conocer al dedillo el género, que para eso tienen descuentos en la tienda y es ahí donde compran regalos a porrillo para amigas y familiares. Y no las acuso de nada, conste. Son muchas horas de pie soportando a personas indecisas, tocapelotas y demás tonterías asociadas a la compra compulsiva. A ver por qué iban a tratarme a mí como a un ser diferente. No señor, el cliente es un tarado y yo no iba a ser menos.

Así las cosas, resignada a no encontrar vaqueros jamás porque ya me lo había dicho el Vogue de septiembre (suelo comprar el de septiembre y el de mayo, por el cambio de estación y porque el contenido del resto es una repetición extenuante de lo dicho esos dos meses y, además, tampoco le hago mayor caso): me había informado de que podía hacer acopio de pantalones anchos antes de Navidad porque después sería más difícil que lo de la aguja y el pajar. Eso sí, de lo que no advertía la revista era de lo que encontré a continuación:

ALICIA- Buenos días, estoy buscando unos vaqueros boot cut (pronunciación estupenda, que se vean mis dos años en Londres. O que se oigan.).

DMZ (Dependiente masculino de Zara. Y Gay, debo decir): ¿Disculpa? ¿Butqué?

ALICIA – Boot cut, con corte ligeramente acampanado… Como los que llevo puestos pero nuevos.

DMZ(YG) – Perdona, es que no sabía lo que era. No, no tenemos ¿Has mirado en mujer y en TFR?

Ríete del vuelva usted mañana funcionarial. Y ríete de la eficiencia y la sofisticación. Ahí lo tenéis: un dependiente de una tienda de moda de la que ha copiado el escaparatismo de Loewe que no conoce los nombres de los cortes de pantalón. Yo no podía bajar las cejas de la estratosfera, Emilio me cogió de la mano y salimos de allí. Él aliviado porque a mí no me había dado un patatús y yo víctima del patatús. De uno discreto y callado.

Debe de ser la situación peor de lo que la percibo cuando en todos los gremios se cuecen las mismas habas. Al menos antes podías fiarte de que las dependientas conocían su género, de que los agentes de viajes manejaban los precios de la competencia, de que los libreros leían y los escribientes escribían. Ahora no. Ahora lo que hay que hacer es facturar. El cliente comprará o no en función de sí mismo y no de la labor del vendedor así que ¿Para qué esforzarse?

Llamadme loca, pero a mí esto me asusta tanto como la concentración de sindicalistas en el edificio contiguo al de mi oficina. Seré una cobarde…




Y mañana una profesional del taconeo. Con todos ustedes: Irene Comendador:


martes, 30 de abril de 2013

LA MOTA ROSA: Desmemorias





 
Esta semana desfilé en dos ocasiones con el equipo de “40ñeras la serie” por la alfombra roja. No era mi primera vez aunque las piernas me temblasen igual. Me estrené el pasado año con un vestido de gala y una chupa de cuero que dieron mucho que hablar, con el largometraje “Behaviors” un más que digno homenaje a Quentin Tarantino que gustó mucho y nos dejó muy satisfechos.

Hoy, pasados los nervios, el dolor de pies, el cansancio absoluto y la resaca (que todo hay que decirlo), se me viene a la memoria un episodio, casi anecdótico a estas alturas, que pese a pertenecer a mi más honda intimidad voy a compartir con vosotr@s. Porque lo valéis.

Andaba yo por aquellos tiempos estudiando Artes Escénicas, combinándolo como podía con mi  demoledor trabajo, con más voluntad y pasión que fuerzas. Soñaba, como soñamos todos, y es lícito y perfectamente aceptable, con rodar películas y vivir la magia del cine y sus aledaños. Flotaba una servidora perdida en sus ilusiones, cuando pillé a una que se suponía “amiga” (sí, de esas que te quieren, te aprecian y se preocupan por ti) clavándome navajazos por la espalda y comentándole a otra amiga común:

—Esta ya se ve haciendo la alfombra roja, la muy gilipollas.

Di que sí. Así es como se supone que deben comportarse las amigas. Apoyándote y animándote para que alcances la cima de aquello que te hará tan feliz. Y digo yo una cosa: si ni siquiera te alegras por mis logros, ¿qué puedo esperar de ti?

Pese a ello y al dolor que me provocó escucharla (sus intentos patéticos por arreglar la metedura de pata de poco sirvieron, soy buena, no imbécil del todo), la cosa quedó en el olvido, y seguimos tan amigas. Lo sé, no tengo perdón. El tiempo pasó y se acumularon otras historias que quizá no me incumbían pero que me separaron de ella y… en resumen, esa persona ya no está en mi vida.



Este ejercicio de “desmemoria” me lleva a cuestionarme la cantidad de gente que pulula a nuestro alrededor (ignoro con qué objeto, yo poco puedo darles aparte de un montón de chistes, muchos ánimos y bastante alegría), empeñados en hacerte creer que son tus amigos, que te quieren, que harían cualquier cosa por ti cuando en realidad te desean lo peor, que te estrelles ante sus ojos (para poder disfrutarlo) y a la mayor brevedad. Aunque claro, una cosa es lo que otros te deseen y otra el poder inmenso de tu voluntad, tu tesón, tu trabajo y la esperanzada energía que pongas en las cosas. Con estos ingredientes muchas veces, mla que les pese, se llega.

Así que sí, querida a-amiga, no sé los tuyos pero mis sueños pesan, y toman forma, se moldean y son hermosos. Te deseo lo mejor, que realices los tuyos (si es que los tienes), que llegues a donde te has propuesto sin pisarle el cuello a nadie (aunque no sé si eso va con tu estilo) y que jamás sufras la decepción de escuchar a quien crees amiga, mofarse de tus ilusiones y embarrarlas.

Puede pasar, sin embargo, que llegues, como he llegado yo. Y esa persona tenga que tragarse sus burlas. Pero esa es otra historia y ya la contaremos otro día.

Feliz martes, amores!!






¿Y qué decir de mañana? Que como es miércoles tocan las galletas y que las trae su cocinera, Alicia Pérez Gil. La inigualable.