viernes, 8 de febrero de 2013

¿Qué hacer antes de los 30? Te presento a mis padres




 


Os tenía abandonados y lo siento. Imaginaros mi carita de pena, multiplicada por mil galletas oreo’s que veo y no puedo comer. ¡Qué coshita! Y encima son las bañadas en chocolate blanco, ains.

No tengo muchas excusas, pues todas negocian con los dos señores que rigen mi vida: don tiempo y don Morfeo, fundamentales para que no tropiece.

¡Vale! Ya os dije que no es excusa, lo importante y nueva misión para mí, es sentar cabeza.

Aquí me veis –no me veis, lo sé- pero es lunes y ¡síiiiii! ¡Surprise! Estoy escribiendo la entrada del viernes.

Os la merecéis y espero no defraudaros porque cada vez más se me complica el panorama.

Aquí voy:

Sábado por la tarde:

Mis padres y yo en el museo Nacional del Padro, -¡ohhh, ahhhh, ajá, ohhhh!, luego muertos de frío un paseíto por retiro –grrrrr. Más tarde en un típico restaurant capitalino devorando un cocido calentito que por poco no quedan ni los huesos, y finalizando el tour rapidito, ya en el autobús-rojo rodeados de japoneses, descendemos en el  bernabéu haciendo oídos sordos a  los comentarios de mi padre hacia dos mujeres que lo único que celebran de fútbol son las noches que la televisión no lo emite y os vais al bar.

¡Ay que soledad más agradable!

En fin, después de redescubrir Madrid y todos sus puntos imperdibles para un turista de fin de semana, tocaba la gran cena familiar.

¿E Irene? Pues Irene después de recoger a mis padres en el aeropuerto y reírse de mí mueca alegre-preocupada decidió saltarse la parte guía turística ya que en casa de Karol había encuentro y las chicas tenían invitados.

La cena sería en un conocido restaurant que eligió Jóse, nos encontraríamos allí a las 22, mi padre se mostraba desconforme con el horario de la cita:

―Tu amiga no se imagina que la gente mayor cene temprano ―suelta enfadado a los cuatro vientos.

―¿Tú mayor? Entonces ya va siendo hora que te quites ese ridículo pendiente en la oreja. ―lo corta mi madre, una señora que aparenta siempre cuarenta años en todos sus sentidos, sobre todo en la energía que irradia, y claro que los pasó hace décadas.

Yo los miro y admiro, entre quejas y chillidos siempre juntos y enamorados como un matrimonio puede llegar a estarlo, sin la ceguera esa que lo envuelve todo. Ahora se acompañan y se aman con ojos que ven y aceptan.

Luego me atropella la duda ¿Amiga? No, no ha sido un error de teclado.

―¿Tú sabes con quién vamos a cenar, verdad papá? ―le pregunto mientras nos estamos sentando.

―Sí, con tu amiga, Irene, la chica tan guapa que ha venido a recogernos.

―Mmmm no, justamente no es una chica papá ―le contesto con el terror de princesa encerrada en una torre por un padre que quiere protegerla de las hienas machos.

―Te digo yo que es chica, vamos, sé reconocer unas lolas hechas ―contesta riéndose.

―No te hagas el gracioso, que tu hija te está queriendo comunicar algo importante.

―Que sí, que quiero presentaros a una persona muy especial para mí ―interrumpo a mis padres, mientras veo como un Jóse disfrazado de novio serio con gafas y camisa blanca se acerca para estrechar la mano de mi padre.

―Pues eso, papá, mamá él es Jóse, mi, mi… mi compañero de piso ―suelto nerviosa.

―¿Compañero de piso? ―responde Jóse  y de repente se apaga para siempre la música del mundo, el silencio nos inunda.

―Sí, mi compañero de piso, que es gay, que no pasa nada entre nosotros ―agrego y me vuelvo a enredar.  

―¿Gay? ¿Y a ti qué te pasa? ―dice Jóse, con una mirada punzante.

―E Irene ¿dónde está, tu amiga? ―pregunta mi padre.

―Vale ya, que le estáis dando un susto al chico, Jóse encantada, sé que eres el novio de nuestra pequeña malvada.

―¿Será una broma? ¿El novio de quién? ―contesta mi padre enfurecido―, ¡No! ¡Novios no, lo sabes que lo tienes prohibido! Tú tienes que casarte con el hijo de Antonio se lo prometí el día de su muerte, no puedes hacerme esto.

―Pero papá… yo.

―¡Qué no! Vámonos ya de aquí ―vuelve a insistir mi padre cogiéndose el pecho ―.Ah, no siento el brazo, ¡ah! Un pinchazo en mi corazón. ―Agrega simulando un ataque cardiaco.

―Siéntate papá, tranquilo ―le digo mientras veo como se desvanece en una silla.

―¿Llamo a una ambulancia? ¡Por favor, qué alguien nos ayude! ―dice Jóse pálido por las noticias y la situación.

―¡Qué no hombre, qué es broma! ―dice papá riéndose.  

―Es bromita, no me mates ―le digo abrazándolo por la cintura.

Mientras las carcajadas se oyen hasta en Cuenca, mi padre le suelta:

―¡Bienvenido a la familia! 

******Y mañana sábado no te pierdas a KAROL SCANDIU, una persona maravillosa que yo estaré achuchando en Madrid, ¡buen finde!******

jueves, 7 de febrero de 2013

Encuentro en tacones. Una de niños.



— Álvaro, deja a tu hermana y recoge lo del salón, que lo has puesto todo patas arriba— decía Karol en tono enfadado.
— No, si lo peor no es lo del salón, has visto cómo ha dejado Mario el cuarto de baño, olvídate de las sales de baño y los jaboncitos de colores—dijo Regina al entrar y ver el estropicio.
— Pues esos jaboncitos son de So, verás cuando vuelva lo que le va ha encantar la idea— siguió Alicia desde la cocina.
— Pues parece que no vamos a tardar en ver la respuesta, creo que está sonando la llave en la cerradura y es ella con Nicolás— dijo Karol mientras despegaba un chicle del aparador.
— ¡Hoy me tienes hasta las narices, bonito! La próxima vez te quedas en el colegio y duermes sobre algún pupitre, a ver si así no te da por hacerme pasar vergüenza donde sea— gritó So mientras arrastraba a Nicolás hasta su cuarto.
So lo dejó allí encerrado, a sabiendas de que la destrucción del cuarto sería de Defcom 12 cuando entrara de nuevo. Se puso las manos en la cara y empezó a híper ventilar. Estaba agotada tanto física como mentalmente. Pero no había llegado aún a saber lo que había pasado con sus cosméticos y demás maquillaje en el baño, buena cuenta había dado de todo aquel arsenal cosmetológico el urinario, gracias a las manos traviesas de Mario.
Connie salió de la cocina con todo el pelo pringado de una especie de salsa verde y los ojos a punto de estallarle de pura ira.
— Madre… ¿Qué vienes, de la guerra? — Le preguntó Regina a la rubia de pelo pastoso.
— Es que mi chiquilla hoy dice que no quiere puré, ella es así, más bonica, más graciosa, más…. ¡yo la mato! — Karol agarró a Connie del brazo antes de que cometiera una estupidez y ordenó al resto de amigas sentarse en el sofá.
— Y a todo esto, ¿dónde está Irene? — Preguntó Alicia.
— Déjala, pobrecita, se ha llevado la peor parte, fue al parque con Margarita y los gemelos, creo que esta noche la rubia sonriente tendrá una de esas jaquecas que tanto le gustan— respondió Karol.
— Vamos a ver, pero ¿nosotras no íbamos a ir mañana al parque Warner? — Preguntó Regina sujetando a Mario de las muñecas y regalándole una mirada de aviso.
— De eso nada, yo no me meto con toda la tropa en un sitio como ese, verdaderamente vosotras queréis morir. Conmigo no contéis— dijo So antes de pegar un grito ensordecedor al ver su neceser desparramado por el suelo del aseo.
— Un momento, creo que me falta alguien— comentó Connie mirando la sala con preocupación.
En esos momentos Irene traspasaba la puerta del piso con las tres criaturitas que hacían sus vidas mucho más “entretenidas”.
— Es la última vez que llevo a estos dos a ningún sitio. La nena se ha portado muy bien, pero estos demonios están para encerrarlos en una cámara acolchada. Le han levantado las enaguas a una pobre anciana, que además escaseaba de ropa interior. ¡Casi llama a la policía!
— De verdad, que nos falta un niño, ¿dónde se ha metido Laura? — Preguntó de nuevo Connie buscando a la hermana pequeña de Álvaro por todas las habitaciones. 


Las seis taconeras empezaron la búsqueda de la mocosilla de pelo rubio, que tenía aquella fijación por el juego del escondite, aunque nadie estuviese jugando.
Por fin la encontraron dentro de un armario, escondida en un pequeño hueco, en el que solo se le veían cuatro pelillos del flequillo.
Pero aquella maniobra de distracción ocasionó lo que los niños estaban buscando, meter en una misma habitación a las seis mujeres. Los gemelos cerraron el pestillo por fuera y atrancaron la puerta con una de las sillas del salón.
— ¡Fiesta! — Gritaron todos los niños al unísono, mientras las taconeras forcejeaban la puerta del dormitorio para salir.

***

Connie pegó un respingo y se levantó de la cama sofocada, había tenido una pesadilla horrible y se encontraba mareada. Salió al salón para dirigirse a la cocina y así poder beber algo de agua fresca que le aclarara las ideas, aquellos sueños se le repetían de vez en cuando y la dejaban machacada.
Pero por el pasillo se encontró con Regina, que al ver su cara lívida, la paró en seco.
— ¿Qué te ha pasado, rubia? — Preguntó alarmada Regina.
— ¡Buf! No te haces una idea del sueño tan vivido que he tenido, nuestros hijos… muchos, todos, eran unos completos demonios que nos las hacían pasar putas. Era como vivir en un manicomio infantil, que desazón tengo ahora mismo…— contestó Connie frotándose los ojos y la cara con las manos.
Regina la abrazó y le dijo que se clamara, que solo se trataba de una pesadilla.
Las dos juntas entraron al salón.
— ¿Lo ves, nena? Nuestros pequeños son unos angelitos, ahí los tienes a todos pintando y jugando con la plastilina desde hace más de dos horas sin rechistar. A ver cuándo dejas de soñar esas cosas con los niños, pero si todos son un encanto de modales ejemplares— dijo Regina, calmando a Connie y haciéndole ver que sus temores de madraza eran totalmente infundados.  






 Y mañana viernes viene el plato fuerte, la entrada que no os podéis perder, las letras con marca registrada y de mejor calidad, nuestra Connie Jett nos contará como cada semana qué hacer antes de los 30, ¿te lo vas a perder? Yo no lo haría ^^

miércoles, 6 de febrero de 2013

Galletas de la suerte: El efecto mariposa


Harry Belafonte nació el 1 de marzo de 1927, de padres jamaicanos, en Harlem. No había mucho bueno que augurarle, pero la vida le llevó a popularizar la canción del barco bananero en los años 50. A la mayoría de vosotros os habrá llegado de la mano de Tim Burton, que la usó en Beetlejuice. A mí me llegó impoluta gracias a mi padre, que no es que fuera muy freak, es que nació en 1950 y era el hombre muy de escuchar música a todas horas.

Harry Belafonte era un hombre negro en una época en la que lo único peor que ser un hombre negro en Estados Unidos era ser una mujer negra. Aprovechando su influencia en el panorama musical hizo cine de alto contenido social, se involucró hasta el tuétano en la lucha por los derechos civiles, trabó amistad con Martin Luthern King, dejó que Petula Clark –qué tía- le tocara el brazo en antena y renunció a un contrato millonario para cinco programas de televisión cuando en la cadena le dijeron que no había problema por sacar negros en pantalla, pero que si salía uno, no podía haber mezcla racial: el ballet debía estar formado en su totalidad por personas negras. Harry dijo que no.

En 1964 en Mississippi, tres muchachos (dos chicos y una chica) que se dedicaban a hacer una campaña puerta a puerta para censar a ciudadanos negros con la finalidad de que pudieran ejercer su derecho al voto (la comunidad negra podía votar pero sólo podían ejercer su derecho los ciudadanos censados, lo que de hecho privaba a la inmensa mayoría de su paseo hasta las urnas para depositar su papeleta) fueron asesinados. Hay una gran película de Willem Dafoe y Gene Hackman que narra el episodio: Arde Mississippi. Ese mismo agosto Belafonte se plantó en el estado de Tom Sawyer con su amigo Sidney Poitier para continuar con la campaña del censo. Sidney le dijo que sí, que iría con él, pero que no volviera a llamarle para nada jamás. La vida de ambos corría peligro.

Fue uno de los promotores y organizadores del famoso We are the world, interpretado por todo hijo de vecino y producido, si no recuerdo mal, por Quincey Jones. Quizá no recordéis por qué se juntaron Michael Jackson, Paul McArtney, Cindy Lauper, Diana Ross, Sting y hasta la última hormiga con nombre propio sobre la faz de la tierra. Yo sí. Recuerdo los anuncios en televisión, las moscas en los ojos de los niños raquíticos que poblaban el desierto etíope. Hace poco ha habido una hambruna parecida en Somalia. Aprendemos poco.


Ver artículo sobre Somalia


Seguimos hablando del hijo de un cocinero jamaicano nacido en Harlem en 1927. Lo que viene a ser la peor clase de basura humana, el fruto de un estrato social con menos perspectivas de futuro del mundo entero. Un tío que alcanzó fama mundial (venga, yo le conocía, así que en sus tiempos debió de ser la releche) y que no por ello se hizo una casa de verano con los laureles.

Se me quedarían muy cortas las 900 palabras de hoy para explicar todo lo que ha hecho este hombre, que sigue siendo un activista de pro, así que voy al lío: hace dos días decía So Blonde en su muro que la microfama empezaba a tocarle las narices. Bendita rubia que me puso el concepto debajo del mentón.

Nosotros somos, en nuestra mayoría, seres humanos con algunos estudios, con conexión a internet –así que comemos un mínimo de tres veces al día o es que tenemos las prioridades muy estropeadas- y poseedores de una microfama más o menos micro. La pregunta es la siguiente: ¿Qué hacemos con ella? Además de darnos baños calmantes para el ego, de besar las mejillas de nuestros prójimos cuidando de que sus epiteliales no se mezclen con las nuestras ¿Qué hacemos de bueno con nuestra microfama?

Vale, a estas alturas ya estamos todos colorados hasta las orejas (todos los que tengamos alguna vergüenza, quiero decir) y la pregunta cambia: ¿Qué vamos a hacer a partir de este momento con nuestra microfama? ¿Vamos a seguir llenando nuestros muros de material salido directamente de nuestros ombligos? ¿Lo vamos a salpicar de fotografías graciosas que ridiculizan a nuestros políticos y de fotografías aún más graciosas de gatitos encantadores? Porque las cosas, el mundo, no se cambia con sentido del humor, ni con ingenio español, ni echando mano de una mezcla del Lazarillo y el Quijote.

Con sentido del humor se sobrevive. El mundo, ese que nos toca a todos las narices, se cambia con el ejemplo. El mundo se cambia diciendo con seriedad las cosas que hay que decir. Con seriedad, sí, aunque tenga tan mala prensa lo de ponerse serio. El mundo se cambia dejando de difundir estereotipos absurdos que no son verdad; tratando a todos aquellos con quienes te cruzas como te gustaría que te trataran a ti.

Para cambiar el mundo no hace falta ser Harry Belafonte, aunque cambiaría más rápido si todos nos comprometiésemos como él. Basta, para empezar, con portarse igual que Harry en el círculo de influencia de cada uno. Todos somos famosos. Todos somos Harry Belafonte, así que ¿Por qué no ser Harry Belafonte?

La semana que viene comienza una sección nueva; o una nueva manera de afrontar la sección. Asumido queda que perderé lectores. Salvo que mis lectores hagan lo que les pido y difundan, compartan, busquen. Porque la única manera de terminar con lo que no funciona es empezar: empezar y que se sepa. Este es mi compromiso. Es pequeño, es minúsculo, pero ya sabéis todos lo que ocurre cuando una mariposa agita las alas a destiempo.





Y mañana nos encontramos con la mejor rubia de todos los jueves. Saluden con alegría a...


martes, 5 de febrero de 2013

CORAZONES HELADOS (II)





 
El terror a equivocarnos de nuevo es el freno infalible para dejar de vivir. Bloquea, impide tomar decisiones y es posible que nos mantenga mucho tiempo (a algún@s para la eternidad) dando vueltas de peonza alrededor de una minucia que deberíamos resolver con un chasquear de dedos.

¿Por qué lo permitimos?

Porque controlar el miedo es harto difícil y jamás nos han enseñado. Unos se escudan en que simplemente, no son personas valientes. De acuerdo. Pero no estamos hablando de hacer paracaidismo, ni puenting. Ni siquiera te propongo entrar en el Pasaje del Terror del parque de atracciones, tan solo de tomar una decisión: enamorarte de nuevo, confiar otra vez. No hace falta ser valiente, solo relajarse. Puedes ser igual de cobarde: se permite optar por vivir como un cagueta relajado.


Los corazones helados cometen varios errores. A saber:

-Juzgan a todos los pretendientes a amante (entendido en el sentido de “quien te ama”) con el mismo rasero: el que un limón venga agrio no quita las vitaminas que tienen los demás. Bueno, este ejemplo no acaba de convencerme. El que una manzana venga podrida no significa que todo el frutero lo esté.
Mejor, ¿no? Más claro.
¡¡Todos los hombres NO son iguales, leñe!!

- Están convencidos de que si no se enamoran de nuevo no volverán a sufrir: hay tantas formas de martirizarse y tantas cosas en nuestra febril rutina de vida que pueden hacernos sentir desgraciados, que los sinsabores del amor no son, ni mucho menos, los peores. Porque a diferencia de otras fuentes de sufrimiento, el amor nos regala momentos inolvidables que a veces compensan las lágrimas. Un jefe coñazo o un compañero de curro que se dedica a hacerte la vida imposible no te aporta ni un gramo de positividad, solo una úlcera por tener que tragarte lo que te gustaría soltarle. Piénsalo. Medita y saca conclusiones.

- Si se animan a comenzar alguna tímida relación, harán pagar al nuevo compañero por los errores del anterior y lo castigarán (sin motivo ni justificación) con el látigo del resentimiento por “lo que me hicieron”: es la mejor manera y la más rápida de condenar al fracaso una relación que comienza y que quién sabe qué futuro dorado podría tener. Es requisito imprescindible estar limpia y en lo posible, curada o en un estado avanzado de sanación, para iniciar algo nuevo. Lo de “un clavo saca a otro clavo” no funciona más que en el bricolaje (salvo que el 2º clavo no pase de ser un mero entretenimiento y lo tengamos bien, bien, repito, bien clarito).




¿Que nos han roto el corazón? Todavía podemos perder el trabajo, ver cómo el pu** banco se queda con nuestro pisito, perder a nuestra mascota o a un ser querido, accidentarnos con el coche… ¿Quieres que siga? Suena horrible, ¿verdad? El listado de cosas espantosas que pueden suceder es interminable y es que para morirse… solo hace falta estar vivo.

Recoge tus pedazos. Recomponte. Llora cuanto quieras (sin anquilosarte ni anclarte en el victimismo ni en tu desgracia). Dale la lata a las amigas (para eso estamos). No le hagas caso a ninguna, solo a tu corazón. Analiza lo que pasó sin pasión. No te eches la culpa: si él era un cerdo y no supiste verlo, él era un cerdo y tú eres un ser entrañable sin maldad. Si fuiste la causante de la ruptura, aun sin ser consciente de ello, repasa y toma nota de tus actos. Se trata de que vivas la ruptura como una lección de vida, no como un fracaso. Que saques conclusiones inteligentes que te ayuden a ser más sabia y a no cometer los mismos errores… la próxima vez que te enamores.

No dejes de creer en el amor. Cada historia es un mundo lleno de posibilidades. Tu yo sumado con otro ser humano, compone cada vez una realidad distinta y novedosa que puede sorprenderte hasta a ti misma. Niégate a ser un corazón congelado.

P.D. A veces es inevitable que los productos frescos, una vez descongelados, hayan perdido sus propiedades nutritivas y sus vitaminas. Ea.




Y mañana nada de corazones helados. Mañana galletas. Con ella: Alicia Pérez Gil. Un corazón caliente. 





lunes, 4 de febrero de 2013

From my Blonde Mind: En la cresta de la ola.


Hay muchas cosas en la vida estimulantes y otras que, con el tiempo, se vuelven aburridas, rutinarias. Sin embargo hay algo que a muchos  siempre nos mantiene en continua búsqueda, alerta, despiertos. ¿Qué es? Cada cual tiene lo suyo. A algunos les gusta pasarse pantallas de un juego épico, futbolístico o de carreras en la consola; otros, prefieren dibujar, ver cómo de la nada van surgiendo primero los contornos para  luego, con posterioridad, marcar los detalles de lo que, quizás, con suerte, sea una obra maestra, capaz de ofrecer una sensación de volumen, espacio y movimiento y  a la vez producir sentimientos de orgullo en el propio autor y de admiración en sus espectadores.
Y a algunos (que no se me ofenda nadie, que lo digo por mí misma. Es que el plural mayestático me pierde cosa mala), que no sabemos hacer la O con un canuto, nos gusta escribir. ¿Por qué pensamos que algún día seremos ricos famosos y dotados de un halo de fascinación y misterio que nos asemejará a los héroes inmortales; nos alejará de la mediocridad de lo efímero, de la perdida que significa la decadencia de la vejez, el olvido y la muerte? Ummmm, pues mira, que esto no lo había pensado yo más allá de unas trescientas o cuatrocientas veces, y no suena mal del todo, oye, pero va a ser que no.
Lo de ser rica, lo veo complicado. No es que no me atraiga la idea de vivir en una casa enorme, con un vestidor gigantesco lleno de ropita con pedigrí, una piscina olímpica climatizada y unos nenes, así de buen ver, con bultos extraños, que me masajearan los pies y me deshicieran ,con suavidad pero con firmeza, las contracturas de mi futuro escultural cuerpo moldeado a base gimnasio y clínica de estética. Con toda sinceridad, creo que tengo más posibilidades de acceder al olimpo de los millonarios, vendiendo jamones que juntando letritas. Y yo es que soy muy mala vendiendo jamones. Creo que antes me los comería y adiós negocio.
En cuanto a lo de ser una heroína legendaria, capaz de grandes hazañas. Pero, ¿vosotros me habéis visto? Si mi mayor reto diario es recordar dónde dejé los zapatos la noche anterior. Soy una nena (bueno, ejem, todos somos niños a ojos de nuestros padres) que pasa por delante del Hospital del Aire, mete la cabeza en una apertura de la verja y grita: «Conejos, conejitos, venid a mí», hasta que se da cuenta de que el guardia de seguridad la mira de manera extraña y que, tal vez, agacharse con el culo en pompa cuando se lleva minifalda y tacones para llamar a los animalitos (que no sé qué leches harán ahí. Alguien que debió hacer la gracia) pues no sea la actitud más adecuada ni la que aporte un alto grado de dignidad y compostura a mi persona. No me veo yo al lado de esos personajes regios y cultivados que ocupan los sillones con mayúsculas bien gordas del abecedario. Que discuten con parsimonia si la palabra «chachi» está lo suficientemente madura para entrar a formar parte de libro gordo de petete que es la DRAE, faro de todo bien hablante, dentro está la cultura; fuera, las tinieblas del barbarismo choni. Oh, sabios catedráticos, yo os saludo, porque sin vuestro sencillo manual mi vida sería más fácil, sí, pero más aburrida.
-Bueno, vale, no nos aburras con tus mierdas de rubia, So ¿Por qué escribes?
Oye, no os pongáis bordes que os meto un tocho sobre Marcela de Vega y su aportación a la dramaturgia que os dejo secos. Tengo mis novecientas palabras semanales y pienso aprovecharlas.
Bueno. Existe la teoría de autor sudamericano, cansino y meloso, de que la literatura es un diálogo entre el escritor y el lector. Yo he meditado sobre esta aseveración y concluyo: Y unos cojones de yak en celo que son casi cuatro kilos de huevos bien hinchaos.
Los escritores hablan solos como las viejas que discuten con la tele, y además lo hacen con nocturnidad, alevosía, premeditación y una cosa que es «mastocamiento».
Esa palabra lo resume todo, no busquéis excusas de ansia de creación, mundo interior que se desborda, necesidad de comunicar, afán de hacer sentir. Ná, eso gilipolleces para las entrevistas. La escritora que no se empapa hasta el punto de tener que ir a cambiarse, ya no de bragas, si no de calcetines, no es escritora ni es nada.
El escritor que no culmina una buena eyaculada literaria con otra análoga pero física gracias a dos cliks del ratón que cambian las insignes letras por lotengopatirosayquehuele.com, no es un autor de pro.
De ahí que no se tenga autocrítica, de ahí que todos nos creamos buenos escribiendo, que aceptemos tan mal los reproches y los consejos. ¿Quién os lo va a hacer mejor que vosotros mismos, nenes y nenas? Nadie. Lo que pasa es que follando conoces gente.
Mastocamiento, que es soberbia, complacencia, vanidad, regocijo.
Pero también, gracias a la Diosa, es una forma de calmar tensiones, de evacuar miedos, de coger una bocanada de aire, de derrotar traumas.
No creo que los señores de la DRAE me lo acepten, ni que consiga nunca el sillón con la ese mayúscula. Aunque seguiré cosiendo mis letras una tras otra y sintiéndome bien por ello al menos mientras esta actividad tan poco provechosa me haga creer que estoy en la cresta de la ola.
Y muchos de vosotros también.




Pal martes, Mota Rosa, es tiempo de Regina Roman, tiempo para la reflexión, las pastas de té y los calcetines con puntilla.


sábado, 2 de febrero de 2013

Vaya par de Gemelas: De ser como la gemela y... cómo sea...



Vaya par de Gemelas: De ser como la gemela y... cómo sea...





     Le estuve dando vueltas a la carta que mi hermana la gemela rubia escribió el otro día, todo eso de decir algo de un modo que nunca harías en la vida real. Me llamó la atención. Ella, por si no lo habéis leído (ya estáis tardando, ¡que os veo!), escribió todo un reclamo de rabia e impotencia, soltando tacos (o lo que considera tacos, al menos), olvidando la educación de mariposa de colorines que nuestra madre nos inculcó, e incluso, pasando por alto lo que la abuela insistió en que aprendiéramos. Ha sido... interesante. Y digo interesante, porque después de hacerlo, a saber cómo demonios pasó, pero ahora ella, o eso dice, se siente “liberada”. Si algo le molesta, pega un par de gritos y les manda a freír tomates verdes, y tan a gusto que se queda. Y de eso yo entiendo. No de freír tomates, que cocinar no es lo mío, pero sí, de decir lo que me sale del alma y luego sentir que, por lo menos durante un tiempo, soy... libre.
    Entonces he decidido hacer lo mismo. No, no escribiré una carta a modo cabreo, porque eso sería como arrancar una hoja de mi diario (de tener uno, que no lo tengo, ejem), así que haré “casi” lo mismo. Escribí una carta diciendo lo que siento. Así a secas. Todo lo que siento. Sin preocuparme de sonar menos fuerte o un poco más débil o accesible al mundo en general. Pero qué conste antes de leerla, que eso fue ayer. Hoy estoy igual de cabrona que siempre. No intentéis aprovecharos de ello.

     “Ayer ha sido un día curiosamente extraño. No llovía ni tampoco hacía el frío que desde hace días azota la ciudad, enfría los pensamientos y, qué pena, llena de escarcha los corazones ajenos y nos deja vacíos y solos durante demasiado tiempo. Fue un día diferente, de estos cuando sale el sol tras semanas de bufandas y abrigos, de pajaritos que deciden cantar y no preocuparse por quedarse afónicos. Me sentía cursi de cojones. Perdón, cursi a secas. Y eso nunca presagia algo bueno. Porque, y que nadie sonría de media boca porque sabéis que es así, cuando miras al cielo y dices: qué día más bonito, qué bien huele todo, que... pisas una caca de perro (iba a decir mierda, pero la carta va de no soltar nada que diría siempre). O no. Y en lugar de mancharte lo zapatos como de esperarse, te tropiezas con el principio de algo que no esperabas y que, nunca podrás saberlo con seguridad, puede que malo o bueno. Eso ya depende del tiempo.
     Pero lo hice. Miré al cielo, las nubes de pronto me recordaban a peces y olas en el mar, incluso una cometa un poco más allá. Y al cerrarlos e inspirar profundamente, el olor de la tierra aún húmeda tras la helada de la noche pasada que se hacía agua gracias al sol tan ausente y de pronto bienvenido, dio paso a un aroma dulce y profundo que me trajo de vuelta a la realidad. Al mirar a mi lado, me quedé con las palabras en la boca al ver el hombre que ahora miraba al cielo, al mismo punto que antes mis ojos ocupaban; su entrecejo fruncido y mirada preocupada, hasta que se giró hacia mí, y tras una de esas sonrisas capaces de convertir rodillas en flan, soltó un “no sé qué miras, pero no veo nada”. Y yo de pronto sí que veía. Todo. Mucho. Demasiado.
     No contaré cómo me reí con cara de tonta ni tampoco el tono rosáceo de los coloretes acalorados. Solo diré que dos horas más tarde estaba en casa, tirada en mi cama en una postura quinceañera y con dolor en los mofletes de tanto reír, hablando por el móvil con un tipo que en poco más de lo que dura una película, me había atrapado.
     A veces la vida te sorprende. Te llena de colores cuando todo lo ves (y lo peor, te acostumbras a verlo) en tonos de grises opacos. Hay colores, incluso unos inventados, que solo los ojos propios pueden ver. Puedes encontrar belleza en una canción ñoña que nunca te haya gustado, así porque así, porque la escuchabas a los lejos mientras los ojos de otra persona invadían los tuyos sin pedir permiso. Llegando al corazón, ya de paso. Hay esperanza de reconstruir ese jarrón hace tanto roto cuyos trozos, a saber dios porqué, has mantenido guardados aún con la certeza de que nunca podrías volver a juntarlos. Porque de pronto, sin venir a cuento, te ves bella, hermosa, reflectada en los cristales de la gafas de montura que adornan otros ojos. Y, ahora tú no él, lo ve todo más claro.
     Estaba en una cafetería. La música era una mierda y miraba los hielos con parsimonia y aburrimiento. Me preguntó si podía coger la silla a mi lado. Y me vi de pronto hablando de mi viaje de la semana pasada o de como me gustaba el helado. Y me vi a mi misma en sus ojos.
    Iba en tren. Llegaba tarde. No tenía batería en el móvil y alguien nada delicado se dejó caer a mi lado con demasiada prisa y poco cuidado. Le miré. Me miró. Y de pronto, pude verme a mí misma en sus orbes marrones dorados.
     Caminaba por la calle. Hacia un calor horrible. Quería agua y saber por qué los autobuses nunca cumplían sus horarios. Me choqué con alguien, se cayó mi móvil, batería aquí cascos al otro lado. Y pude ver como de pronto mi rostro ocupaban sus ojos.
     No estaba en la calle. No veía nubes, era de noche, estaba oscuro, y poco más podía apreciar que el baos que salía de mis labios. Nadie se había detenido a mi lado, ni tampoco miraba al cielo conmigo, ni como yo, embobado. Era de noche. Hacía demasiado frío para estar en la calle, y en lugar de hablar sobre nubes con forma de corazones, de la nada, hablaba con el teclado sobre algo que no venía a cuento, una conversación que no sabía como había empezado. Para luego, cuando el tiempo se puso de acuerdo con los relojes, por fin, verme a mí misma reflectada en sus gafas y labios.
      Iba por la vida, cansada de autobuses, trenes, cafés amargos, mañanas de sol sin compañía ni pájaros, noches con frío, demasiado dentro y callado. No caminaba. No pensaba. No lloraba. Solo miraba, repasaba, leía y pensaba. Y como si el dolor ese que desde hacía tanto llevaba dentro se hubiese descuidado, sentí como otro inquilino se acoplaba entre mis costados, un poco más a la izquierda que a la derecha, justo debajo del esternón. Dio un vuelco. Lo sentí. Lo juro. Y, sin saber cómo ni por qué, simplemente, me había enamorado.
     Porque hay colores, hay días que brillan, es así, no lo puedes negar siempre. Por mucho que insistas en hacerte dura, fiera, amurallada, llegará el momento en que, sin que sepas cómo ni cuándo ocurrió, te pillará como una balazo en la espalda (the dog´s day are over, the horses are come... so you better run!).
     Ayer ha sido un día curioso. Me levanté sin ganas y hecha un nudo. Pero esos son los días que marcan la diferencia. Los que no esperas que lleguen en absoluto, y viene para convertir toda una vida en boceto tras una nueva novela que empieza con un simple saludo.
     Sí, no miraba a las nubes, ni pensaba en nada. Solo me dejaba llevar, como vengo haciendo desde hace mucho. Pensando en las cosas que pasaron, repasando los malditos capítulos e intentando no odiar al que los escribió, poniendo comas sobre mis puntos. Pero, entonces, en días como ayer, y pese a todo, llegó la prueba de que puedes reconstruirte si quieres. Puedes volver a hacer un corazón de un estrujado y seco nudo.
      Un día extrañamente raro. Sí. Y sé que no será el último. Toda vía me veo a mí misma en aquellas gafas y ojos marrones que me han devuelto las ganas de comerme el mundo.”

     —Lo dicho, eso fue ayer. Así que no te me pongas en plan quisquilloso, puedes volver a fruncir el ceño. ¡Ni una sonrisa!
    —Hum... eso... yo...
    —Ni se te ocurra, rubia.
    —¿Me puedes decir cómo se llama al menos?
    —¿Quién?
    —Vale, morena. Tú a lo tuyo.
    —Eso. Y tú... a lo que sea. El nombre dice...

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*** 

 Y el lunes no os perdáis a So Blond y su magical Mind :D

viernes, 1 de febrero de 2013

¿Qué hacer antes de los 30? El tiempo vuela...




 
¡Es viernes! 

¿Es viernes? ¿Ya es viernes? ¡Ostris!


Wowww los días vuelan, justamente hoy en el trabajo hablaba con mi amiga Ana –psicóloga de grandes rizos e ideas- de cómo cambia la percepción del tiempo a través de los años y su teoría dice que a partir de los quince el tiempo se escurre.  

Pues ya sabéis que yo estoy doblando esa cifra y confieso que a veces ni sé en qué día vivo, y no porque ande despistada -que eso también eran mohines de quinceañera-, sino de las mil y una cosillas a las que no sé decir que no y se acumulan por hacer. 

¡Necesitaría las 24 horas de un día, más unas 7 horas de sueño! 

En fin, la semana ha ido genial, ya os contaré como ha sido la presentación de Jóse en mi dinastía familiar, por ahora estamos en plan turistas paseando con mis padres. 

Por ello y para no dejar un huequito vacío me encantaría compartir con vosotros una estumegacañera entrevista que le han hecho a mi creadora, os encantará porque ella lo cuenta todo, ¿Quieres conocer a Connie Jett? 

Un click aquí:







PD: Me ha prometido actualizar la entrada en lo que queda del viernes...

Gracias por la compresión y a mis taconeras por la oportunidad
¡Abrazos y besos!