jueves, 8 de noviembre de 2012

Encuentro en tacones. Unos tacones de altos vuelos.





Día D hora H, las taconeras se van de viaje, y ningún destino mejor que las cálidas y flamantes (además de abarrotadas de hombres esculturales) playas de Acapulco.
Después de más de cuatro horas insufribles para los vecinos de abajo del apartamento de las chicas, a causa del repiquetear de los tacones mientras hacían sus maletas para el viaje, han cogido un par de taxis y se dirigen sonrientes al aeropuerto. Se comunican de un vehículo a otro por medio del Whatsapp, cabreándose de vez en cuando al descubrir en algún comentario que se les ha olvidado meter esto y aquello en las maletas, al menos, los billetes los guardan en el bolso de Regina, a buen recaudo y siempre a la vista.  
El aeropuerto está colapsado, una convención de feligreses acapara todos los mostradores y hace que los enormes pasillos de mármol brillante parezcan la Capilla Sixtina en hora punta. Las seis taconeras destacan como lo haría un melocotón dentro de un cubo de garbanzos, con sus vestidos de colores vistosos, las melenas ondeando y balanceándose con el enérgico caminar de sus tacones de aguja, entre toda aquella marea de trajes grises y caras largas.
Las ruedecillas de sus maletas se esfuerzan por seguirles el ritmo, pero ellas tienen prisa, han llegado mucho más tarde de lo que tenían previsto por culpa de un taxista avaricioso y un atasco en la ruta de tintes sospechosos. No tienen ganas de discutir, están felices porque por fin se tomarán todas juntas las vacaciones que tan bien merecidas tienen, el trabajo en estos últimos meses ha sido claustrofóbico, evitando en ocasiones las reuniones taconeras que organizan semanalmente.
Al llegar al mostrador de facturación no pueden evitar discutir con una mujer de avanzada edad que quiere hacerle pasar un mal día a la trabajadora de turno, mientras ellas miran preocupadas los carteles informativos de la salida de los vuelos, en especial el suyo: Madrid-Acapulco.
Gracias a ciertos contactos por parte del primo del hermano del amigo de Alicia, han conseguido billetes a buen precio y en vuelo directo, algo que les ahorrará varias horas de trayecto y evitará que Karol, propensa a los ataques de ansiedad y la aversión de su cuerpo a los cambios de presión, lo pase peor.
Una vez facturadas las maletas de mayor volumen y con las de mano rodando de nuevo por los interminables pasillos del aeropuerto, las chicas se dirigen a la puerta de embarque, donde terminan regañando de nuevo por la exigencia de uno de los trabajadores, que les ordena quitarse los zapatos y botas para depositarlos en las bandejas que pasarán por el escáner. 

Terminan cediendo, de todos modos no pueden desperdiciar más tiempo con menudencias, el avión está a punto de despegar y la luz roja de último aviso lleva unos minutos parpadeando.
Connie con sus calcetines rosas de la osita Peggy, Karol con unos pinkis azul añil y el resto de taconeras con los leggins llenos de pelusas recolectadas del suelo, pasan bajo el arco detector de metales, pitando la alarma cuando So pasa por este; no se ha quitado el cinturón y tras desabrocharlo sigue su camino con cara de enfado.
— Nos tendremos que quitar los empastes a este paso— murmura cabreada.
Abren la maleta de mano de Irene, Regina y Karol, de ellas extraen un par de frascos de perfume y un desodorante en forma de roll-on, mientras que el resto de taconeras miran extrañadas sus maletas, pensando que también contienen esos productos y aún así han pasado el control.
Una vez pasado el cabreo de la pérdida de ciento cincuenta euros en perfumes y demás accesorios de higiene femenina, las chicas emprenden la carrera hacia el avión.
Como es de esperar, su puerta de embarque es la última de la terminal, al otro lado del aeropuerto. Los tacones retumban en el edificio de cristales y el resto de asistentes, muchos de ellos con sotana, miran a las mujeres corredoras con sorpresa, alguno incluso fantasea con tropezarse con ellas simulando un encontronazo que diera pie a, quizás, un café en compensación y la charla correspondiente, pero la cara de malas pulgas de nuestras protagonistas deja poco margen para ese tipo de planes reproductivos.
Varias de ellas deciden quitarse los zapatos de nuevo, corriendo descalzas por las baldosas pulidas y resbaladizas o las cintas mecánicas, donde apartan a la gente con la mano y no muy delicadamente que digamos.
— ¡Allí, allí está la maldita puerta 26!— Grita Connie, que es la que va en primera fila rompiendo el hielo y dislocando algún que otro tobillo de la congregación samaritana.
Al llegar al mostrador donde las pedirán el carnet de identidad y los billetes de avión, son recibidas por una azafata delgada y morena que adorna su cabeza con un moño italiano de fabricación casera.
— Lo siento señoritas, pero el avión ya ha cerrado sus puertas hace unos minutos y está a punto de despegar— les comunica la mal peinada.
Las chicas se indignan y no pueden creer que su avión salga sin ellas dentro, después de todo aún está en pista y sin moverse del sitio.
— No, usted no lo ha entendido, llame a la cabina y dígales que faltamos nosotras, que abran de nuevo las puertas— contesta So con cara de pocos amigos.
— No puedo hacer eso, ya han puesto en marcha los motores y es peligroso. Podrán hacer las reclamaciones pertinentes en el mostrador de incidencias en la planta superior.
— A ver si es que usted no ha entendido a mi amiga con la suficiente claridad— dice Irene acercándose a la espiga de traje monocolor—. No es una petición, es una orden, no vamos a perder ese avión por nada en el mundo y será mejor que llame a los pilotos o a quien corresponda para que abran el puto avión, porque si no seremos nosotras mismas las que crucen la pasarela portátil, y llamen a la puerta del aparato lanzando las maletas contra el casco exterior del bicho. ¿Lo he dejado claro, o prefiere que le haga un croquis?
— Mire, llevamos esperando estas vacaciones cerca de dos meses y no nos parará una…— Alicia intenta controlarse un poco antes de faltar con algo realmente gordo a la azafata. Respira profundamente y dice en tono amenazante—: Vamos a montar en ese avión, por las buenas o por las malas, así que haga la puta llamada de una vez.
La azafata se siente las piernas como gelatina, aquellas mujeres la intimidan. Sus compañeras se han marchado de allí y ella solo estaba recogiendo los billetes. En su cabeza solo ronda una frase: “una chica como yo no tiene nada que hacer contra seis locas de atar”. 

La azafata agarra el auricular y marca con dedos temblorosos las teclas 5 y 6, al otro lado se escucha un ruido estridente y ella intenta explicar lo sucedido, pidiendo que hagan una excepción y abran las puertas de nuevo.
Tras varios segundos de tensión e incertidumbre, la azafata sin siquiera mirar los billetes y carnets de identidad de las pasajeras, les indica que pueden ir andando por la pasarela, pero que deberán esperar en la puerta del avión para que alguien les de paso.
Las seis chicas sonríen y comienzan el recorrido maleta en mano por el suelo gomoso, flanqueadas por cristales llenos de mugre y churretes inclasificables, hasta que llegan a la entrada del avión, el cual se ha movido dejando un hueco de casi un metro de distancia hasta la pasarela móvil.
Karol mira hacia abajo y ve la altura a la que están, empieza a marearse y sus mejillas pierden el color natural. Irene y Regina intentan que deje de híper ventilar, acariciándole la espalda y obligando a la morena a fijar la vista en el techo de la pasarela.
La puerta del avión se abre y un azafato con exceso de gomina en el pelo les mira con cara de palo.
— Permítannos unos segundos, pondremos unos enganches en el suelo para que puedan pasar sobre ellos, el avión no puede volver a tomar la posición inicial sin causar un accidente. Tendrán que andar por la plancha, pero no se preocupen que ha veces suceden estas cosas— dice el chaval mientras ellas parpadean incrédulas.
El rescate y subida al aparato de las chicas va sin más contratiempos, tienen que empujar del culo a Karol para hacerle caminar, pero consiguen cruzar la tabla y entrar al avión.
Todo el pasaje mira a las chicas como si fuesen delincuentes, gracias a ellas el vuelo se retrasará mínimo unos veinte minutos más. Ellas comienzan a recorrer el pasillo, ignorando las miradas de desprecio del resto del pasaje y con la frente muy alta se dirigen a los asientos asignados.
Después de todos los preparativos y de abrocharse los cinturones de seguridad, el avión emprende la marcha, despegando por la pista mientras que los trabajadores uniformados explican con precisión el funcionamiento de los chalecos salvavidas y las máscaras de oxigeno.
Una vez en el aire, Karol está tan pálida que parece haber dejado en tierra toda la sangre de su cuerpo, mientras deposita el contenido de su aparato digestivo en una bolsa de cartón blanco; Connie sonríe y mira por la minúscula ventanilla cómo el suelo se ve cada vez más lejano; Alicia sujeta a Karol el flequillo para que no termine dentro de la bolsa con tropezones; Irene intenta aguantar el vomito a causa del hedor que se respira por la zona, cerrando los ojos e intentando pensar en las playas de arena fina de su destino, Acapulco; So discute con Regina por ciertos utensilios de delicada procedencia y peores intenciones dentro de una de las maletas, cuando por megafonía se oye por primera vez la voz del piloto del avión:
— Bienvenidos pasajeros al vuelo MMI-3672. Soy el comandante Juan Ramírez Nicolai, les pedimos disculpas por la demora al despegar. Les recordamos que no se puede fumar dentro del avión y que tanto en el despegue como en el aterrizaje deberán mantener sus cinturones de seguridad debidamente abrochados y los asientos en posición vertical. La compañía “Tacones Airline” les desea un feliz vuelo con destino a Sidney y que disfruten de la experiencia.
— ¡¡¿Sidney?!! — Gritan las seis chicas— ¡Mierda, ya la hemos cagado otra vez!
CONTINUARÁ...



Y mañana viernes no os podéis perder las increíbles aventuras que sufre y disfruta nuestra Connie antes de los 30, esta mujer no tiene desperdicio....


                      

4 comentarios:

  1. Últimamente estáis peleonísimas, tanto que os equivocáis de vuelo. Los australianos son rudos y machos, dicen, y las playas son grandiosas, así que estará bien, supongo...

    Un beso :)

    ResponderEliminar
  2. Me esperaba uno de tus finales inesperados :-) Supongo las guiabas tu y en lugar de la puerta 26 era la puerta 6 pero tu le añadiste un nº más de regalo (jejeje)

    Los empastes no se, pero algunos piercing hacen sonar los controles cosa fina :-) Luego ya en esta epoca del año lo de las botas es un espectaculo, eso si no os da por poneros ropa con tachuelas que claro, todos los espectadores pensando "ahora el guardia le pide que se los quite" :-)

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias mis chicos, me alegra mucho que os haya gustado, a ver qué tal se lo montan estas mujeres con el cambio de destino, ains... si es que son un despiste con patas jejejejej (sí, Gustau, era yo la que dirigía al grupo, quién si no sería tan alelada jejejejej)
    Besos enormes y gracias por acompañarme siempre, si es que no os merezco, guapossss!!!!

    ResponderEliminar