jueves, 27 de diciembre de 2012

Encuentro en tacones. Comida de Navidad y secretos varios.




Después de la noche buena, de que todas las taconeras pasaran la noche con sus familias y salieran de fiesta, tenían ganas de verse. Habían quedado el día veinticinco para comer juntas, pero la cosa se les iba a poner difícil.
Las doce de la mañana y ya sonaba en la cadena de música el repertorio que Connie tenía para estas fechas, volviendo locas de remate a todas sus amigas.
So, descansaba en el sofá del salón con evidentes síntomas de resaca y un cabreo considerable, ya que le habían sacado de la cama a empujones.
— En serio, ¿no podríais quitar la dichosa música de una puta vez? Me va ha explotar la cabeza, cabronas— decía So enterrando la cara entre los cojines del sillón.
— Que poco navideña eres. Mira, mira, ahora viene mi canción favorita… “En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna, la virgen y….”—  contestaba Connie cantando cada vez más alto y dando saltitos por toda la habitación, con la mirada de So clavada en la nuca.
— ¡Alicia! ¡Como no la hagas callar, juro que la mato! — Gritó So al tiempo que hacía el amago de levantarse con un jarrón en la mano a modo de arma arrojadiza.
— Venga, que haya paz, ya sabes que ella se lo pasa bien con las dichosas canciones, para una vez que le dejamos ponerlas… — contestó Alicia, mientras avisaba a Connie para que bajara un poco el volumen.
— Jooooder, es que tenéis muy poca gracia, en estas fechas es cuando hay que cantar y estar felices, sois aburridas y sosas. Si So no se hubiese pasado la noche…— dijo Connie, sabiendo que si terminaba la frase perdería el pelo mientras dormía.
— No tenéis vergüenza, Regina lleva en la cocina preparando la comida toda la mañana y vosotras aquí haciendo el payaso, ¡ayudar un poco, coño! — Dijo Karol al entrar al salón con el delantal blanco lleno de manchas de salsa de tomate.
— Yo hice el postre ayer y os advertí que el día de Navidad estoy desconectada todos los años, así que no me jeringuéis más, que me duele la cabeza, ¡joder! — Bufó So con las manos presionando la sien.  
— A mí me da igual, me lo paso bien con la cabeza metida en la cacerola, descansad y poned la mesa que ya casi está todo listo. Tomaremos un pequeño aperitivo y luego nos sentamos a comer, os tengo preparada una sorpresa— contestó a voz en grito Regina desde la cocina, mientras removía una fuente de ensalada.
— Por cierto, ¿dónde se ha metido Irene? Ya debería haber llegado, la guarrona siempre con retraso— dijo Karol buscando el número de la rubia en la agenda.
— Esa siempre ha tenido retraso, pero mental. Seguro que se presenta con la mesa puesta y se queda dormida en el postre. Estuve hablando con ella anoche, me dijo que después de la cena con sus padres iría a una de esas fiestas raras que le gustan con su primo, ya veremos cuándo llega y en qué condiciones— aseguró So con cara de fastidio.
— No te pases mucho con ella, ya sabes cómo está últimamente. ¡Joder! Que no me coge el teléfono, lo usa para hacer bulto en el bolso— dijo Karol remarcando por tercera vez.
— ¡Ah! Esta si que mola… “…entre cortina y cortina, sus cabellos son de oro, y el peine de plata fina, pero mira como beben…” — canturreaba Connie con su gorrito de Papá Noel puesto.
— Os lo estoy advirtiendo, o la hacéis callar o la callo para siempre—amenazó So.
Alicia decidió no meterse más con el concierto de Connie, de todos modos no convencería a ninguna de las dos para ponerse de acuerdo. Sacó el mantel de las celebraciones y puso las sillas alrededor de la mesa, solo faltaba la cubertería y demás menaje. Se acercó a la cocina, Karol lo tenía todo dispuesto en la encimera, entre las dos dejaron la mesa lista para comer. Mientras, So y Connie se tiraban de los pelos sobre el sofá, So daba gritos horribles que pronto atraerían las visitas de varios vecinos quisquillosos, mientras Connie guardaba el mando de la cadena de música entre sus tetas, intentando que So no se hiciera con él.
En esos momentos Regina cogió la fuente de ensalada y se dirigió hacia el salón, toda orgullosa de la buena pinta que tenía. Tras haberla probado sabía ciencia cierta que estaba deliciosa. 

Karol y Alicia intentaban que la sangre no llegara al río con sus dos amigas, que empezaban a perder los nervios con la tontería de los villancicos.
Connie le dio un pequeño bocado en el brazo a So y ésta, para defenderse, le propinó un empujón, que hizo que la rubia trastabillara hacia atrás y tropezara con Karol. Alicia, al ver que sus dos amigas se darían un buen culetazo, se adelantó unos pasos para agarrarlas, pero en esos momentos Regina entraba al salón con la ensaladera entre las manos, que por el choque de cuerpos salió despedida hacia arriba, ocasionando una lluvia de rúcula, tomatitos Cherry y aceitunas por toda la habitación.
Connie se llevó las manos a la boca, ya que era la única que no había recibido los proyectiles vegetales. Estaba preocupada por la reacción de Regina, tanto trabajo en la cocina y ahora por unas estúpidas canciones se había arruinado todo, se sentía culpable por el accidente culinario.
So gruñó y miró a Regina con cara de susto, lo último que quería era que el día se jodiera por una tontería como aquella.
Alicia y Karol intentaban levantarse mutuamente, ya que Regina estaba bajo sus cuerpos, con el bol estampado en el pecho.
Todas miraron a Regina, su apariencia era ridícula, con todo el escote lleno de maíz y trocitos de pollo y rúcula, el pelo en la cara también cubierto de tropezones y las manos convertidas en puños, pegando la barbilla al pecho sin levantar la cara.
Antes de tenderla una mano para ayudarle a levantarse, todas echaron un paso hacia atrás, temiendo su reacción.
Pero Regina empezó a convulsionar, con espasmos ocasionados por un ataque de risa que hizo que todas se relajaran un poco.
— Sois unas cabronas, ahora os tocará comer sin ensalada y además quiero el salón limpio como los chorros del oro. Menuda pinta me habéis dejado, el año que viene nos vamos a comer a un chino— dijo Regina entre carcajada y carcajada.
Todas le siguieron la broma y empezaron a tirarse trozos de ensalada las unas a las otras, mientras que Regina se escurría y resbalaba con lo que había derramado por el suelo.
En esos momentos el timbre de la puerta sonó. Los vecinos vendrían a quejarse del barullo que tenían montado las taconeras, lo suyo no era pasar desapercibidas y aunque el bloque entero sabían que no podían hacer mucho, gracias a su forma de ser, siempre había algún incauto que intentaba acercarse a su casa para pedir explicaciones.
Connie, que era la que mejor parada había salido del estropicio, se acercó a la puerta para encarar al vecino malhumorado, de todos modos la conversación siempre terminaba pronto con un: “Lo sentimos, no volverá a pasar. Pero mejor no moleste, anda”
Cuál fue su sorpresa, cuando se encontró a Irene tirada en el suelo, sobre el felpudo y en posición fetal.  
Connie empezó a gritar y todas salieron rápidamente al recibidor, levantaron a la rubia del suelo y la llevaron hasta el salón, para ponerla con cuidado sobre el sofá cubierto de lechuga y aceitunas.
— ¿Qué coño te ha pasado, cariño? — Preguntó con desesperación Karol.
— Nena, joder, contesta, que nos tienes preocupadas— decía Regina cogiendo su mano y dándole unos pequeños toques en las mejillas. 

So salió de la habitación y volvió con un vaso de agua, ni corta ni perezosa se lo vertió en la cara para que espabilara, pero Irene hizo un gesto de desagrado con los ojos y se puso a llorar desconsoladamente.
— Dinos qué pasa, por favor, que nos estás preocupando, ¡joder! — Increpó Alicia zarandeando a la pobre Irene.
Cuando Irene levantó la cabeza y Karol le miró a los ojos, supo exactamente lo que había pasado, quedaron claras todas las dudas sobre dónde había pasado la noche su compañera rubia, su llaverito, como ella solía llamarla; supo a la perfección qué era lo que en esos momentos le hacía daño.
— Creo que deberíamos dejarla descansar un poco, luego nos contará todo lo sucedido, ¿verdad, nena? — Dijo Karol agarrando a Irene por los brazos con delicadeza y acompañándola hasta su dormitorio.
— Pero no nos puede dejar así, si hay que matar a alguien o dar una paliza a algún capullo, dínoslo ahora mismo que nos ponemos los guantes y el pasamontañas— soltó So realmente preocupada.
— No pasa nada, ya se me pasará— contestó entre hipos la aludida.
Connie recogió el bolso de Irene que, con todo el lío, se había quedado tirado en la entrada de la casa. Cuando lo tuvo entre las manos pudo ver lo que contenía, estaba abierto, mostrando parte del secreto.
Connie pasó al salón segundos antes de que Karol e Irene lo abandonaran, y con una voz fuerte y enérgica dijo:
— ¡Dime que no has estado con él, dime que no ha vuelto!

                                                                        ***

Después de un par de horas de sueño reparador, Irene se levantó de la cama y se dirigió al comedor, donde todas sus compañeras de piso y amigas, la esperaban para empezar a comer.
— Deberíais haber empezado sin mí, ya son las cinco de la tarde y estaréis muertas de hambre— comentó Irene al ver que los platos estaban vacíos y la mesa colocada.
— Creemos que antes de comer nos debes una explicación, ya quedamos en que no volvería a pasar y no has cumplido tu promesa— dijo Alicia en tono serio, cruzando los brazos bajo el pecho.
— Desembucha, cabrona, te vamos a dejar morada a golpes como sea lo que estamos pensando todas— siguió So.
La tarde sería movidita y aquella comida de Navidad recordada durante mucho tiempo. 




Y mañana viernes con sus increíbles relatos e historias, viene nuestra Connie, achuchable e imperdible, para no perdersela nadie....

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