miércoles, 16 de enero de 2013

Galletas de la suerte - Exposición


En fotografía se dice que una imagen está quemada cuando, debido a una sobreexposición, se pierde información en la zona de las luces altas. En el ejemplo de más abajo sólo se ven los labios oscuros, un poco de pelo, se esboza la posición de los ojos y el perfil del rostro de la modelo. El resto de la imagen es blanco. No aparecen más detalles.

Una fotografía subexpuesta, por el contrario, es la que pierde información en la zona de las sombras. Son imágenes más o menos oscuras en las que la parte iluminada cobra especial relieve. En el ejemplo, lo que destaca es la atmósfera, cierto ambiente de misterio o amenaza.

Como todo el mundo, los fotógrafos tienen reglas acerca de la exposición correcta. Se supone que una fotografía está expuesta en su punto justo cuando muestra toda la información que debe mostrar. Las luces no se queman, las sombras no se empastan y todo se ve estupendamente. Sin embargo, existe un buen número de grandes fotografías sobreexpuestas y el mismo número de grandes fotografías subexpuestas. Por supuesto, también hay muchas fotografías expuestas en su justa medida capaces de conmover al más pintado.


En cualquier caso, esto no es una lección de fotografía. Volvamos a la primera imagen, el retrato blanco de la chica: la luz ha impactado durante tanto tiempo en el sensor que no se ve nada excepto esos pocos rasgos que comentaba más arriba. El diafragma se ha abierto tanto… Está tan expuesta… Y es una buena foto. A mí me gusta. Me parece evocadora. Disfruto mirándola. Y no conozco más a la modelo a pesar de ese exceso de exposición. Precisamente porque es un exceso.

En el caso del bosque oscuro, todo se insinúa, todo está velado, se intuye más de lo que se ve y eso presta a la imagen un aura de misterio que quizá atraiga o quizá repela al espectador.

Hay quien odia la sobreexposición. Hay quien detesta la subexposición.

En fotografía y en la vida.

Hace unas semanas una amiga se lamentaba en su estado de Facebook porque había escrito algo –no decía qué- que alguien había malinterpretado –no decía quién-. La mayor parte de los comentarios que siguieron a aquel estado la instaban a no preocuparse, hablaban de las dificultades de la comunicación escrita… Lo normal. Uno decía que la culpa era suya, por exponerse demasiado, lo cual era un claro error que solo podía solventarse escribiendo estados como aquel, lo que en realidad constituía otro grave error.

Os exponéis mucho, decía. Y yo me sentí aludida porque, se mire como se mire, me paso las semanas hablando de mí. Que lo mismo podría hablar de la cría de la ostra tigre en un entorno hostil, pero eso conllevaría horas de investigación de las que no dispongo. Además, disfruto sobremanera investigándome a mí misma, descubriendo mis recovecos y estableciendo analogías o diferencias con los recovecos de otros.

Hablándolo con mi amigo de felpa –hay que tener de todo-, no conseguí explicarme bien, pero él sí. Yo me empeñaba en decirle que nada de malo había en ser honesta y decir la verdad; a lo que me contestó que claro que no, pero que no se trataba de mentir, sino de controlar cuánto dejabas ver de tu alma inconquistable; porque cuando uno deja los interiores más fuera que dentro, puede llegar algún desaprensivo y hacerlos fosfatina.

No seré yo quien niegue lo evidente. Mala gente hay en todas partes. Lo decíamos anoche: por cada gilipollas hay tres personas majas que merecen la pena. Lo que pasa es que los gilipollas hacen más ruido. Lo que sí creo, es que es más difícil hacer daño a alguien que muestra. En primer lugar porque no tiene mucha gracia pegarle una patada a nadie en una herida abierta salvo que seas un sádico de tres pares. La mayor parte de las personas que conozco, cuando saben cuáles son mis puntos débiles, o los obvian o tratan de hacerme las cosas más llevaderas. Eso es lo que hago yo con los que me rodean, también. La gente malvada que sabe que me duele y mete el dedo para ahondar en la llaga es muy poca. Además, he aprendido a hacerla desaparecer. En serio: nadie merece que se le soporte el dolor que causa a propósito. Aunque diga que lo hace por tu bien. NO ES VERDAD. El daño por el daño no tiene justificación. Así que borrón sin cuenta nueva para los malhechores (los que hacen el mal, vaya).

Por otra parte, los ocultadores, los que subexponen su imagen pública, no están libres de ser atacados por los villanos de la vida. Ningún sicópata en su sano juicio va a dejar sin investigar un perfil críptico. Ningún imbécil integral va dejar de tocar las narices a alguien solo porque no cuenta asuntos personales. De hecho, cuanto más cretino es el cretino, más tira de cualquier hilván en busca del meollo del asunto. Por fastidiar, que es un deporte muy de red social, muy de estar vivo.

Así que al final, igual que en fotografía, en la vida uno escoge de qué manera enfrenta su relación con los demás. Los hay que se mantienen tan al margen como pueden para que nadie les roce. Los hay que abren las puertas de sus casas para que todos vean que no hay mucho que rozar. La gente buena les respeta a ambos, la gente menos buena no respeta  a nadie y lo único que de verdad importa es que ni unos ni otros tienen razón, sólo su método particular.

Y aquí entroncamos con el ruego de Regina Roman, que hago mío: vive y deja vivir. No les digas a los demás que sean como tú, que vivan como tú. No les digas lo que deben pensar. O hazlo, pero atente a las consecuencias ¿Que es lo que hago yo semana tras semana? ¡De eso nada! O quizá sí. Por eso me planteo dejar las galletas de la suerte y comenzar con otra cosa… Ya veremos el miércoles que viene.

Como siempre. Enjoy!




Y mañana, al parecer con un poco menos de glamour que de costumbre...


6 comentarios:

  1. Estoy muy de acuerdo contigo. A veces creo que nos leemos la mente o algo así. Un poco creepy, lo sé. La exposición que tú elijas es la buena para ti. En las redes sociales hay demasiados que se aburren y analizan cada detalle y nunca están contentos. Si dices poco, porque dices poco; si dices mucho, porque dices mucho. La cuestión es la insatisfacción de siempre. Abrirte a los demás no es fácil, puedes salir herida. Pero una vez que le pierdes el miedo es lo mejor que te puede haber pasado porque te hace fuerte, te conecta contigo y te conviertes en alguien indestructible. Un beso.
    PS: Echaré de menos tus galletas!!

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  2. ¿Ves? Siempre hay alguien capaz de decir lo mismo que tú con menos palabras :)

    Abrirte a los demás no es fácil, puedes salir herida. Pero una vez que le pierdes el miedo es lo mejor que te puede haber pasado porque te hace fuerte, te conecta contigo y te conviertes en alguien indestructible.

    Grande, nena. Mu grande ^^

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  3. Pues entiendo a la persona que mencionas, pero lo que me gusta de este rincón y tus entradas de cada semana es la sobreexposición. O mejor dicho, el bajar los escudos y desnudar tu pensamiento como haces cada semana. Creo que es mi momento de mirarme al espejo y reflexionar, y por ello te estoy agradecido. Sabias palabras. Bellos textos, y la sensación de escuchar a un amigo tomando un café.
    Gracias

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    1. Eso es precioso. Yo las escribo con la mejor intención.

      Un beso, Manu.

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  4. Creo que lo que dice Manu es verdad, en el fondo no escribes galletas, en el fondo (y el engranaje hace click y todo cuadra) lo que haces es poner un espejo especial, uno en el que te muestras y con ello nosotros, de alguna manera, nos vemos reflejados en el espejo, y nos comemos la galleta y al digerirla cambiamos. Si no sigues con las galletas pásate a las magdalenas, pero mantén ese espejo.

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